El verano en Reinosa. Desde Villacantid a Riaño

Hasta hace poco tiempo, las comunicaciones entre Santander y Reinosa no eran tan fáciles como ahora con la autopista A-67. No hay que olvidar que Cantabria llega a los años 80 con un acceso a la meseta a través de una pésima carretera nacional, la N-611, una vía estrecha, con muchas curvas y además peligrosa. Durante mucho tiempo el trazado se mantuvo sin grandes cambios salvo escasos arreglos en el firme, algunas barreras de seguridad en los márgenes más peligrosos, un segundo carril de subida en las Hoces de Bárcena y poco más. Una ruta que ahora, recorrida sin prisas, hasta permite fijarse en el bello paisaje que antes pasabas de largo por necesidad. No hay más que ver que lo que hoy se tarda 40 minutos en recorrer 75 Km. antes se tardaba bastante más de 1 hora.

Por esa y otras razones, muchas gentes de Reinosa, cuando llegaba el verano, preferían disfrutar de los parajes más cercanos en vez de ir con más frecuencia a la playa. Y no era muy difícil porque, siempre que el tiempo acompañase, los había y muy atractivos. Entre los sitios más concurridos estaban los que bordeaban el río Hijar o bien el pantano del Ebro. Siempre hubo cierta predilección por las praderas de Villacantid y Riaño con el río al lado y Corconte y Arija con el pantano como reclamo. Hoy dedicamos este capítulo a Reinosa y el río Hijar, sin olvidar al río Ebro que nace en Fontibre y atraviesa la ciudad, pero del que hablaremos en otro momento.

Iglesia románica de Santa María la Mayor en Villacantid

En Reinosa el invierno es muy duro y el verano muy corto, aunque no tanto como dicen los más exagerados: “El verano comienza en Santiago (25 de julio) y termina en Santa Ana (26 de julio)” o “Reinosa tiene dos estaciones: el invierno y la de la RENFE”. Pero hay un hecho cierto y es que sus gentes salen a disfrutar de los beneficios del clima en cada momento, que los tiene y muchos.

Por eso cuando se acerca el mes de junio muchos reinosanos ya están pensando en disfrutar del buen tiempo que se avecina. Uno de los lugares más frecuentado era Villacantid, un pequeño pueblo que pertenece al municipio de la Hermandad de Campoo de Suso y cercano a Suano, Barrio, Paracuelles, Fontibre, Salces e Izara. Está a solo 6 Km. de Reinosa lo que permite ir dando un paseo, aunque lo normal, si tienes niños pequeños y quieres “soltarlos” en medio del campo para que disfruten, es utilizar el coche. Allí te reúnes con los amigos y pasas una tarde espléndida en contacto con la naturaleza, olvidando por un momento las preocupaciones cotidianas. Y a tu lado, muy cerca, el río Hijar, en el que te puedes dar un chapuzón sin ningún riesgo.

El río Hijar a su paso por Villacantid. Justo a la derecha de la foto está la zona de baño.

Las zonas más comunes eran unas praderas comunales, próximas a la ermita de Los Cagigales, a las que se podía acceder en coche, bajando por los laterales del puente que salvaba el río. El terreno, muy extenso, sin mucho arbolado, pero con el aliciente del baño, las caminatas por las sendas de los alrededores y el pueblo, muy cerca. Si además, los aficionados al futbol podían practicar su deporte favorito, la tarde era completa. Era un ritual diario celebrar un partido en una explanada cercana a la orilla del río, donde se mezclaban profesionales (del Naval y otros equipos) y no tanto, veteranos (siempre competitivos recordando épocas no lejanas) y jóvenes (algunos jugaban en los equipos juveniles de la zona), todos buenos practicantes de ese deporte. Con bastante frecuencia saltaba alguna “chispa” pero al final todo se olvidaba con un refrescante baño en un remanso delicioso, situado justo al lado. Luego, la charla y las tertulias hasta casi el anochecer.

A mediados del mes de julio siempre se producía un fenómeno curioso: una gran mayoría iniciaba el éxodo hasta Riaño. A 12 Km. de Reinosa en dirección al Alto Campoo, y al lado de La Lomba, Entrambasaguas y Hoz de Abiada, dispone de un microclima con una temperatura algo más alta que la normal de la zona, y donde la niebla, fenómeno muy común que en cuanto se mete te fastidia el día, no suele hacer de presencia. No sólo eso, sino que se puede ver como la mayoría de las veces queda retenida en el vecino pueblo de Espinilla, mientras en Riaño se finaliza la jornada saboreando hasta la puesta de sol.


El bar “La Felisina” en primer plano. Al fondo las praderas donde muchas familiasacudían a pasar su tiempo libre. Allí también se celebraban los partidos de futbol.

Al igual que en Villacantid, se podía acceder con el coche hasta el lugar que más te apeteciese porque, a diferencia de lo que ocurre ahora, no se ponía ningún impedimento por parte de los dueños de las fincas. Para algunos, los mejores sitios eran los más cercanos al bar de “La Felisina”, centro de reunión de la zona. Si estaban ocupados, que era lo más normal, debías irte más lejos, río arriba, aunque muchos lo preferían si lo que se venía buscando eran otras alternativas más bucólicas como poder oir el ruido del agua o el sonar de los “campanos” de las vacas, o sea la tranquilidad necesaria para una tarde de descanso. Eso sí, si querías ir al bar a pasar un rato o ver la etapa del Tour de Francia, algo que no se perdonaba, te tenías que desplazar dando un agradable paseo.

La hora del baño era algo esperado con ansia por los más jóvenes y atrevidos que se tiraban desde el puente romano hasta caer a un pozo de reducidas dimensiones, pero muy profundo. Para aquellos que deseaban algo más tranquilo lo que sobraban eran magníficos remansos a lo largo del río, algunos con pequeñas cascadas que te dejaban tan relajado que daba pena marcharse.

El río Hijar a su paso por Riaño. En muchos de sus recodos se formaban pequeños remansos para el baño.

Los fines de semana era muy normal llevarse la comida y pasar el día completo al aire libre. Había tiempo para todo, largos paseos por la mañana por alguna de las muchas sendas existentes; al regreso, la comida, con un rato de siesta a la sombra de algún árbol, adormecido en los brazos de Morfeo. Luego, los juegos, las charlas y más tarde, a los que les gustaba jugar al futbol, un partido en toda regla. Allí se intentaban solucionar las diferencias aun pendientes de Villacantid, cosa que muy pocas veces se lograba, pero si no era así el baño final siempre actuaba como un bálsamo hasta el día siguiente.

También se podían hacer preciosas excursiones a pie, adentrándose por el río de alta montaña en dirección a los Picos de Europa. En poco tiempo, caminando poco más de media hora, te encontrabas en el paraje de Las Cervalizas con su puente antiguo, una zona recóndita y poco frecuentada. Su cascada y el pozo de aguas frías te invitaban a una parada obligada que después de la caminata te sentaba de maravilla. Su paisaje, inigualable, con sus grandes arboledas alrededor de la orilla y los caminos encajonados entre la montaña, te hacía creer que estabas en otro mundo distinto.

Cascada y pozo de Las Cervalizas

Pero en estos últimos años las costumbres han cambiado, las comunicaciones con Santander son muy cómodas, el acceso a las praderas es más difícil, los dueños las han cerrado, y las personas nos movemos en todas las direcciones. El hecho es que, aunque la zona se ha potenciado mucho con el turismo rural, ha perdido el carácter que quizás mejor la definía: los baños veraniegos en el río y un lugar de encuentro social. Sin embargo, Riaño sigue siendo un lugar de gran interés, ligado a un turismo foráneo y no tan exclusivamente local.

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