“El enigma de la Santa Espina”. Fernando de Artacho

Una sorpresa muy agradable. Eso ha sido descubrir a Fernando de Artacho, un escritor al que no conocía. Hacía mucho que no encontraba una novela con descripciones tan ricas y precisas, y al mismo tiempo tan entretenida, como “El enigma de la Santa Espina”. Es una delicia ver como nos lleva por vivencias, lugares y situaciones, invitándonos a disfrutar de la atmósfera que rodea a los personajes sin que el aburrimiento aparezca. Con una parte histórica descrita de forma rigurosa, nos sitúa en los años de la acción sin esfuerzo, imaginando cada rincón sin perder ningún detalle. Es realmente brillante.

Para documentarse, a Fernando de Artacho le sirvieron de gran ayuda sus estudios de Genealogía y Heráldica. A pesar de tratarse de una trama ficticia, el ambiente, incluso alguno de los personajes, es real. Una historia que mezcla aventureros, militares y espadachines, con amor, viajes e intrigas, en un mundo inescrutable de misterios y secretos de la ciudad de Sevilla y su río Guadalquivir, en esa época puerto de Europa y de Indias. Amores, aventuras y batallas de una sociedad donde se mueven grandes aristócratas y caballeros hidalgos escasos de fortuna, ricos comerciantes y pobres que mendigan por las calles, son la base de este relato vibrante. Una aventura que comienza en Segovia, con un extenso recorrido por las tierras de la Peña de Alájar, cerca de Aracena, Toledo, Valencia, Mallorca, Nápoles y Roma, y con Sevilla, centro de aquel mundo de ensueño, siempre al fondo.

Un ejemplo de la capacidad narrativa de Fernando de Artacho son las escenas de la batalla naval entre los piratas berberiscos y la nave que desplaza a los buscadores de la medalla de la Santa Espina hasta Roma. Desgrana el teatro de la contienda de forma tan minuciosa, con tal amplitud de miras, que “obliga” a recrearte en las mil y una peripecias donde el ritmo trepidante, la emoción y el deseo de conocer el desenlace te impide dejar su lectura.

Sinopsis
La muerte en extrañas circunstancias del rector del Colegio Universitario de Sevilla revela la existencia de tres reliquias, una verdadera y dos falsificaciones idénticas, a las que se atribuye el poder de proporcionar a su poseedor éxitos, riquezas y honores sin límite. El jesuita Gonzalo de Ayala, acompañado de dos militares curtidos en los Tercios de Flandes, recibe el encargo de reunir las reliquias, diseminadas por España e Italia, y devolverlas a la Iglesia. Pero otros grupos al servicio de oscuros intereses también están dispuestos a todo por hacerse con ellas. El enigma de la Santa Espina es un emocionante relato de misterio y aventuras ambientada en la España de principios del siglo XVII.

Dársena de Nápoles siglo XVII, obra de G. Vanvitelli

Una Sevilla del siglo XVII muy bien reflejada en el artículo:
“El hampa sevillana en La Edad Media”, del que extraemos unos párrafos que sirven para encajar a alguno de los personajes de la novela:

En la España del siglo XVII, muchas personas vivían al margen de la ley dedicadas al crimen, el fraude o la prostitución. Podía encontrárselos en todas las partes y ciudades, pero fue en Sevilla donde alcanzaron más notoriedad. La capital andaluza que hasta entrado el siglo XVII fue el boyante centro del comercio con las Indias, aparecía como un foco de atracción y refugio de maleantes.

Se la llamaba Nínive, Babilonia, El Cairo, y también Guzmán de Alfarache, protagonista de la novela del mismo título escrita por Mateo Alemán, que la describió como la mejor tierra del mundo. “Es patria común, dehesa franca, nudo ciego, globo sin fin, madre de huérfanos y capa de pecadores, donde todo es necesidad y ninguno la tiene”.

La gente de mala vida constituía casi una raza en medio de la población, una comunidad aparte con sus propias normas y costumbres. A sus miembros se les daba el nombre de Hampa, en el sentido de la vida maleante, vida holgazana, escoria, o bien de germanía, término derivado de “hermandad”. Un rasgo característico de las comunidades de maleantes de la época era la posesión de un lenguaje específico o jerigonza, la “lengua de Germanía”. Su habla es uno de los patrimonios más importantes del Siglo de Oro, expresión de un submundo singular y muy bien organizado.

Las asociaciones delictivas se dedicaban a múltiples actividades, desde la prostitución hasta el robo o los asesinatos a sueldo. Había jerarquías y niveles por los que se podía ascender desde el puesto más bajo hasta el más elevado. Cada nivel o grado tenía sus tareas determinadas, sus deberes y sus derechos, y para pasar de un escalón a otro era preciso cumplir ciertas condiciones.

Vista de la ciudad de Sevilla en el siglo XVI, obra de Alonso Sánchez Coello, pintor de cámara de Felipe II. A través del río Guadalquivir llegaba la Flota de Indias, galeones que conectaban a la ciudad con los virreinatos americanos

En Sevilla los jóvenes pícaros se iniciaban en las cercanías del puerto, donde trabajaban como porteadores de las mercancías llegadas de las Indias. El uso de las armas confería una categoría más elevada. Era éste el grupo de los valentones, encargados del trabajo sucio. Entre ellos destacaban los espadachines, término que en un diccionario de la época se define como el valentón que anda con su espada levantada, la punta en alto y el brazo izquierdo puesto sobre ella, que es amigo de pendencias, y cuyo trato es propio de rufián o de matasiete. En un estadio superior estaban los jaques y los jayanes, a los que se respetaba por ser superiores a todos los demás. Solían ser rufianes ya retirados que se ocupaban en velar por el cumplimiento de las normas que regían esta particular sociedad, y otorgaban ayudas y favores a los necesitados o a los que estaban en apuros.

Los ladrones tenían una organización autónoma. Contaban con un jefe máximo, prior, bajo el que se encontraban personajes de menor categoría, los cónsules, rufianes o valentones de cierto nivel. Llegaron a ser dueños de ciertas mancebías y socios de algunas personas de la nobleza. Todo lo robado se guardaba en un arca de tres llaves, que constituía el fondo común con el que sobornaban a alguaciles y escribanos, y lo necesario para el gasto diario de los cofrades.

Fernando de Artacho es un escritor sevillano, licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y doctorado en Historia, ganador en el año 2007 del I Premio Ateneo de Novela Histórica con la obra “La gubia del alumbrado”. Además de “El enigma de la Santa Espina”, finalista del XXXVII Premio Ateneo de Sevilla, ha publicado varios libros entre los que destacan “Manuscrito sevillano” y “Los Caballeros Veinticuatro del Puerto de Santa María”’. Quizás influido por sus estudios de abogacía, sus obras se caracterizan por la minuciosidad con que trabaja los acontecimientos históricos. Es también un asiduo colaborador en revistas especializadas y medios de comunicación escritos.

“El enigma de la Santa Espina” es una novela de aventuras, emocionante, entretenida, ambientada con gran rigor en la España del siglo XVII y muy fácil de leer. Lo ideal para pasar un buen rato.

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