Universidad Laboral de Tarragona: el cine, el teatro y algunas historias más

Una nueva entrega y viejos recuerdos. Porque lo etéreo, como la amistad y la convivencia, no necesita firma, solo permitir que lo grabado de una forma tan profunda encuentre una salida para volver. Incluso es posible que salga más fortalecido que entonces.

Como la Tarragona en lo alto de la colina mirando al mar junto a la desembocadura del Francolí. La Tarraco milenaria, romana y medieval o como dice una famosa frase: “Tarragona, reina y diosa de España, gloria del pueblo romano y émula de Cartago”. En el siglo V a.C. ya era un asentamiento importante de poblados íberos; después de las guerras púnicas, punta de lanza del ejército romano en su conquista de la Península Ibérica; y más tarde, en el siglo II a.C., ciudad amurallada y romana. A partir del año 45 a.C. Julio César le da un empuje grandioso. Se acuña moneda, se construyen templos, el foro, el teatro, el circo, el acueducto y muchos otros edificios y viviendas residenciales. Es después de derrotar a los cartagineses cuando se convierte en Tarraco, ciudad con más de 30000 habitantes en su época de esplendor, atravesada por la Vía Augusta, capital de la Hispania Citerior, y una de las dos provincias de la República Romana. Una capitalidad que no perderá en toda la vida del Imperio.

Exhibición de gimnasia en el Patio Central durante la celebración de un 1º de Mayo.

Y así siguió Tarragona en el transcurso del tiempo: creciendo y prosperando. Y así fue como nos conoció en los años 60. El Acueducto Romano de Las Ferreras, llamado también Puente del Diablo. El Paseo Arqueológico y la estatua de César Augusto. Las Murallas, rastro de varias civilizaciones, los mejores restos de la época romana con más de 1300 metros, tres torres y una puerta. El Foro Local y el Provincial, el más grande de los recintos forales de la Península. El Circo Romano, dentro del recinto amurallado, uno de los mejor conservados del mundo. Y frente al mar, el Anfiteatro. La Catedral, con sus vestigios entre el románico y el gótico. El Arco de Triunfo de Bara, fuera de la ciudad, en el trazado de la Vía Augusta. La Torre de Pilatos, desde donde se podía acceder a la cabecera del Circo a través de las Catacumbas; gran construcción y nexo de unión entre el Circo y el Foro Provincial. La Torre de los Escipiones, monumento funerario situado en las afueras. La Necrópolis Paleocristiana, en la que se excavaron más de 2000 tumbas. Las Ramblas. El Balcón del Mediterráneo. El Puerto. El barrio de los pescadores de Serrallo. Y sobre todo, el Mare Nostrum, el mar Mediterráneo. Todo eso y mucho más es la ciudad monumental de Tarragona.

Pero sobre todos estos adjetivos, Tarragona es la ciudad entrañable que nos acogió como algo suyo en la Universidad Laboral, crisol de nuestra Promoción y de tantas otras. Como dije en anteriores artículos, esto no es una crónica por capítulos, sino una evocación de las pequeñas cosas de entonces. Según vayan surgiendo, sin mucho orden, así, tal cual; tan solo será una traslación de vivencias en el tiempo, algo más idealizadas quizás al ser recordadas de nuevo.

Cuando uno entraba en el recinto de la Uni lo primero que encontraba era su espléndida plaza central, el Patio de Honor, semejante a un gran tablero de ajedrez. De hecho, allí se celebraron algunas partidas con los propios alumnos haciendo de figuras recorriendo las casillas al son que marcaban los equipos contendientes. Era el centro de la Universidad sin duda. Un sitio especial. Cuentan que hubo un tiempo en que con los alumnos cantando y alineados en una gran formación se procedía con rigor al izado semanal de las banderas. Su piso a cuadros en colores claro-oscuro, alternados, y la posición de firmes y actitud marcial en los vértices, ayudaban a que todo quedase perfecto. Un acto solemne que con el transcurso del tiempo se fue diluyendo poco a poco. Una magnífica plaza de mármol rodeada de jardines y palmeras. Hasta representaciones de teatro al aire libre ocuparon su lugar. Era el escenario perfecto de los grandes acontecimientos con el podio de autoridades al frente en la entrada principal del Comedor.

Partida de ajedrez humano en el Patio Central. Al fondo las aulas especiales.

Según recuerdan algunos, en los primeros años se iba al Comedor en rigurosa formación desde los colegios, entonando canciones como la conocida “Montañas Nevadas” y otras muy parecidas. No hay que olvidar que, de las recién inauguradas, la Universidad Laboral de Tarragona era la única gestionada por personal civil del Frente de Juventudes; el resto lo estaban por órdenes religiosas. Y eso, como no, se notaba en las directrices. Con el tiempo, a medida que los alumnos se hacían mayores, cada uno iba más a su aire sin ningún otro tipo de problemas. A mí me tocó esta última fase, pero sin poder evitar más de una formación en el Patio de Honor durante alguna visita o celebración especial.

En el Comedor siempre nos esperaban las chicas de servicio, así se llamaban entonces, perfectamente organizadas, uniformadas, de punta en blanco. Deambulaban entre las mesas de bancos adosados con los carritos de la comida y las típicas jarras de agua, de aluminio y asa negra, listas para servirnos el esperado menú. La calidad no era mala, aunque no siempre fue así. Hubo momentos peores que no viví, que quizás marcaron un antes y un después. Fue en los primeros años 60. Los alumnos mayores, a los que se sumaron el resto y parte de los profesores, protagonizaron una huelga de hambre que duró dos o tres días. Aparte del mal trago, nunca mejor dicho, que supone, aún se sigue recordando alguna anécdota. Ocurrió que el director del Magisterio de Costumbres, también jefe de los directores de Colegio, reunió en el hall del colegio Balmes a sus alumnos, los mayores, para hablarles de la huelga. Con muy poco preámbulo, empezó su discurso diciendo: “Yo tengo un hijo que se llama Julito y un día no se quiso comer la butifarra que su madre le puso para almorzar”. En ese momento, todos gritaron: ¡¡Bien Julito, bien!! Y continuó: “Para cenar, Julito también tuvo butifarra y se negó de nuevo a comerla”. Y dijeron otra vez: ¡¡Bien Julito, bien!! Dándose cuenta del cachondeo, añadió a continuación: “Cuidado conmigo, que yo soy muy blando, pero cuando me pongo duro, ¡¡jodo!!”. Y todos a coro repitieron: “El pene, el pene,…” Entonces si que se armó el gran follón. Por fortuna, no tuvo consecuencias mayores salvo una buena reprimenda. ¡¡Y es que hasta los propios educadores se lo estaban pasando en grande!!. La huelga fue un pequeño trauma para toda la ciudad de Tarragona que no estaba acostumbrada a noticias de este tipo. Cuentan que lo que más molestó no fue el alcance de la noticia, importante, sino la versión que se dio, muy deformada, a través de las radios clandestinas que aún emitían allende los Pirineos.

Fotograma película de vídeo. Se pueden apreciar las mesas del Comedor del primer piso con su clásica jarra de agua.

Las vivencias con nuestros profesores son interminables, al menos en añoranzas y evocaciones. Recordadas por otros compañeros, añadiremos algunas pinceladas más a la pequeña historia iniciada en otro post

Gonzalo Ferreró, “El Twist”, era nuestro profesor de Matemáticas, personaje ínclito donde los haya. Muchos, muchísimos, recuerdos y muchos chascarrillos, alguno ya contado, sucedieron en su clase. Uno de los más comentados fue el siguiente:
Un día, puede ser cualquiera, era lo normal en Ferreró, estaba anotando unas fórmulas en la pizarra para luego explicar en clase. Se encontraba de espaldas concentrado en la tarea, cuando de pronto, sin volverse, se dirigió a un alumno por su apellido y le dijo: ¡¡Castro, cállese!! Al escuchar ese nombre, se oyó desde el fondo una voz que decía: ¡¡Castro no está, está en la enfermería!! Entonces, Ferreró, siguió de espaldas escribiendo en la pizarra y sin inmutarse lo más mínimo le contestó: ¡¡Pues que se calle el de al lado!!. Genio y figura.

A los profesores de la Escuela de Peritos, como es lógico, los veíamos mucho menos, poco más que en los exámenes. Sin embargo, también se provocaron algunas escenas curiosas. Como la que sucedió con el profesor de Termodinámica, apodado Polifemo por tener los ojos muy juntos. Antes de iniciar un examen teórico, el citado Polifemo le recordó a un compañero de un curso anterior que aún tenía pendiente de aprobar la parte de problemas de su asignatura. Y éste, ni corto ni perezoso, le dijo sin alterarse: “No importa, seré un Perito… sin problemas”. De momento… no pasó nada. Pero más tarde, en el transcurso del examen, ese mismo compañero al oír el enunciado de una de las preguntas: “discusión entrópica del principio y el fin del Universo”, contestó de nuevo, sin cortarse lo más mínimo y en voz alta: “¡¡Eso solo lo sabe Dios!!” Por suerte, a Polifemo la repuesta le hizo gracia y le dijo: “¡¡Venga, venga, empiece ya de una vez!! A lo que el interpelado, sin arredrarse, le preguntó: ¿Puedo coger la Biblia para copiar?  En ese instante todo el mundo enmudeció, pensaban que se lo “cargaba”: su insolencia, más que una gracia, había llegado al límite. Sin embargo, contra todo pronóstico… otra vez no ocurrió nada. Eso sí, la nota del examen cada uno se puede figurar cual fue. No es muy difícil.

Otro hecho simpático, por llamarlo de alguna manera, sucedió durante un examen de Topografía. El profesor, que llevaba gafas de espejo, reflectantes, no se le veían los ojos, tenía la costumbre de decir: “si cojo a alguien copiando tendrá un cero en junio y otro en septiembre”. Cuando ya casi se estaba terminando el examen, al mismo compañero de antes, un lince como estamos viendo, pues estaba en todos los fregados, le agarró con el libro abierto entre las piernas, y le dijo: “ya sabes que tienes un cero”. A lo que éste le contestó: “si, pero si no me pilla tengo un 10”. Por supuesto que tuvo un cero.

Aulas especiales. A la izquierda los Colegios.

En las Universidades Laborales las actividades culturales, también las lúdicas, eran muy importantes. Y entre ellas, el cine y el teatro ocupaban un lugar preferente. Estaban muy potenciadas. Los fines de semana se esperaba con ganas la hora del cine, una forma de romper con la obligación diaria del estudio. En un pequeño edificio independiente de dos plantas, al lado del colegio d’Ors, se desarrollaban las dos actividades. En el piso superior con entrada por la parte trasera estaba el cine. Una sala larga y estrecha, de pendiente pronunciada, y techos bajos adornados por una especie de mosaicos atravesados. Las sillas, muy bien colocadas al principio (las habían ordenado antes, si no ¡¡de que!!), al no estar ancladas al suelo quedaban al final hechas un “cristo”. Entre los “vapores” condensados por un público entusiasta que abarrotaba el recinto, los continuos movimientos en busca de la mejor posición, que nunca se encontraba, la propia incomodidad del asiento, y las prisas por salir todos a la vez una vez acabada la película, lo dejaban todo hecho un guirigay.

Edificio cine y teatro

A la derecha, en primer término, el edificio del cine y el teatro. Se puede ver la entrada al teatro situado en la planta baja. La entrada al cine se encontraba en el primer piso de la parte trasera.

En general, la calidad de las películas era buena. Muy pocas recibieron “música de viento”. No era lo normal. Alguna sí, como aquellas que obligaban a pensar, a lo que muchos no estaban dispuestos: ¡¡para eso ya está el cine-Club!!, decían con razón, pues se buscaba sobre todo pasar un buen rato. Con relativa frecuencia ocurría que los más atrevidos, a los que la película no les importaba mucho, se “pasaban” un poco con las escenas más emotivas o excitantes. En especial durante las luchas encarnizadas entre los bandos rivales. A la voz de ¡¡a la carga!!, similar al célebre grito futbolero de ¡¡A mí, Sabino, que los arrollo!!, cualquier circunstancia era propicia para intentar “armar el belén”. También, ¡¡como no!!, cuando los protagonistas ponían gran “ardor” en sus pasiones. En más de una ocasión, el educador de turno amenazaba bastante soliviantado con suspender la película, lo que servía para que la cosa no pasase a mayores… de momento. En fin, un rato estupendo, una forma de romper la monotonía, quitar la melancolía, y a la vez de diversión.

Para ponernos serios y sesudos teníamos el cine-Club. Una oportunidad para los cinéfilos empedernidos que necesitaban de mucha “concentración”, ¡¡eso decían!!, para “entender” algunas películas, sobre todo las de “blanco y negro” o de “tesis” como también las llamaban. Aunque luego sus explicaciones convencían a muy pocos. El cine-Club, una actividad que empezaba a estar de moda, era algo que hasta entonces estaba restringido a unos pocos. Tenía una cierta mística provocada por aquellos que interpretaban la película según su propia historia… a veces “imaginada”. Más de una “aclaración filosófica” había que aguantar en la cena. Incluso al regreso a nuestras actividades normales seguían insistiendo en que…  ¡¡era lo previsto por el director!! Y se quedaban tan anchos. ¡¡Faltaría más!! Una cantinela que duraba unos días hasta que… poco a poco se olvidaba. Única manera de ponerle solución. Eran explicaciones para lo inexplicable.

El cine-Club estuvo dirigido al inicio por Ángel G. de Avilés, jefe del departamento de Filmología, gran impulsor de la actividad. Pequeño de estatura, delgado, chaqueta a cuadros, experto conferenciante fuera de la Uni, lo sabía presentar muy bien. La realidad es que se proyectaron películas muy interesantes, entre otras: “Días de vino y rosas”, “Sed de mal”, “Matar a un ruiseñor”, “Juicio universal”, “El Presidente”, los famosos ciclos dedicados a Ingmar Bergman (“El manantial de la doncella”, “El séptimo sello”,…), que algunos vimos más de una vez, y muchas otras más.


Representación de la obra de teatro “El divino impaciente”. En el centro de la imagen el gran actor del teatro español actual José Mª Pou.

El teatro era también una actividad cultural muy apreciada. Motivos había de sobra. Muchas obras se representaron en el mismo edificio que el cine, en su planta baja con entrada independiente como se puede apreciar en la foto. También se montaron grandes escenificaciones al aire libre. Como “La venganza de Don Mendo”, detrás de la Jefatura de Talleres, en la plaza donde se jugaba al balonmano; o “El gran teatro del mundo”, con la parte delantera del Comedor de escenario, y el Patio Central y las escaleras de entrada de gran marco central. Una actividad que tuvo un gran impulso con nuestra promoción. No en vano, algunos compañeros eran parte importante del TEU (Teatro Español Universitario) de Tarragona. Salieron muy buenos actores aficionados. Sin olvidar a aquellos que no teniendo esas cualidades, con su afición colaboraban como regidores de escena, encargados del decorado, electricistas, mantenimiento,… Hasta creadores de “efectos especiales”, que en alguna ocasión casi cuestan más de un disgusto. ¡¡Menos mal que para evitar consecuencias mayores siempre había alguien que estaba al quite!!

Nuestro educador en el colegio Balmes, Virginio Olivares, fue uno de los artífices del gran éxito obtenido. Dirigió muchas de las obras más importantes. También Miguel Méndez. Ya en aquellos años destacaba uno de los mejores actores de la escena española actual: José María Pou. Suyos fueron los papeles principales en obras como “La venganza de Don Mendo” o “El divino impaciente”. Precisamente durante la representación de esta última, a uno de los protagonistas, el que hacía el papel del “malo” Álvaro de Atayde, las monjas siempre se lo recriminaban, se supone que con humor, a la hora de comer. Le traían a mal traer. A pesar de que siempre comía de “régimen” (no se sabe como se las arreglaba), cuentan que durante un tiempo le tuvieron… a “pan y agua”. Hasta las señoras del costurero le decían: “¡¡pero como puedes ser tan malo!!”. Sin embargo, tanto José María Pou en el papel de Ignacio de Loyola, como el tercer protagonista en el de Francisco Javier, que eran los “buenos”, en esa época comieron de maravilla. Otras obras destacables fueron “La casa de la Troya”, que se representó detrás del comedor, “Proceso a Jesús”, con algunos de los actores interviniendo sentados entre el público, “La Vida es sueño” o “En la red”.


Representación de la obra de teatro “La venganza de D. Mendo”. Se puede ver a José Mª Pou, sentado, a la derecha de la imagen. A su lado Virginio Olivares, educador del colegio Balmes, gran impulsor de la actividad teatral.

Entre mis recuerdos de la Universidad Laboral de Tarragona, el cine y el teatro dejaron una huella que aún sigue fresca. Todavía hoy se pueden ver por su gran calidad bastantes películas de entonces. Lo mismo se puede decir de las obras de teatro, de las que tan buenos actores aficionados salieron y un actor profesional de primer orden: José María Pou. Las actividades extraescolares siempre fueron muy importantes en nuestra formación. En próximos artículos seguiré hablando de ellas.

5 respuestas a Universidad Laboral de Tarragona: el cine, el teatro y algunas historias más

  1. José Pérez Cobos dice:

    Una chulada…me ha hecho recordar unos buenos tiempos, por cierto salgo en alguna foto.
    Animo y que no pare….UN FUERTE ABRAZO A TODOS.

    • eltrasterodepalacio dice:

      Me alegro que te haya gustado. Sin duda fueron unos años espléndidos.
      Por email aparte te envío contestación más amplia.

  2. Martín Calleja Parte dice:

    Preciosa rememoranza amigo Palacio. Me ha encantado leerlo

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