La inteligencia emocional y el cociente intelectual: conceptos complementarios

La inteligencia emocional, como la gestión del conocimiento y otras técnicas de gestión tan de “moda” en los últimos años, es un tema que siempre me ha interesado por razones profesionales y de desarrollo personal.

Algunas veces nos preguntamos: ¿Por qué un alumno, en ocasiones el más “inteligente” de la clase, no tiene luego el mismo éxito en su trabajo? O al contrario, ¿Por qué algunas personas, no precisamente las más destacadas por su “inteligencia”, parecen tener un don especial para prosperar en la vida profesional? Es decir: ¿Por qué unos son más capaces que otros para enfrentar contratiempos, superar obstáculos y ver las dificultades bajo una óptica distinta?

En los últimos siglos la sociedad siempre ha valorado un ideal: la persona inteligente. En la escuela, el niño inteligente era aquel que dominaba sobre todo las Matemáticas. Un referente que más tarde se identificó con el cociente intelectual (CI), mal llamado todavía por muchos “coeficiente intelectual”, cuando en realidad se trata de un cociente, de una división, y no de ningún coeficiente. Y más en concreto con obtener la máxima puntuación en los siempre recordados “test de inteligencia”. Se decía que existía, y es verdad, una relación positiva entre el CI, parámetro de comparación de los estudiantes, y su rendimiento académico. Algo que motivó sin razón que muchos de los jóvenes con un CI más bajo del requerido para continuar con los estudios no fueran apoyados en superar esas limitaciones, creando un futuro de vacíos personales muy difíciles de llenar.

Un grave error. Por un lado, porque hasta las personas más “deslumbrantes”, con un elevado cociente intelectual, pueden ser unos pésimos conductores en su vida personal o profesional. Y por otro, porque no nos damos cuenta que el niño clasificado pronto como “torpe”, puede perder la motivación necesaria para realizar el esfuerzo que le exigen los estudios. Le basta con una pequeña autojustificación para poner en práctica lo que le transmitimos: “Es igual, de todos modos no lo conseguiré porque dicen que soy tonto, torpe y voy siempre un poco retrasado”. Y, en el lado contrario, también sirve para aquellos padres que hacen creer a sus hijos que son más inteligentes que la media y que si no consiguen resultados brillantes es porque son muy “vagos”. En este caso el joven se llega a creer su “superioridad” y deja de esforzarse, piensa que lo conseguirá de todas formas. Un grave error, y en ambos casos por creer que el cociente intelectual es el único que garantiza o no el éxito.

Aunque ya a partir de los años 1920-40 algunos investigadores comenzaban a reconocer la importancia de cualidades integradas en lo que denominaban “inteligencia social” como la habilidad para comprender y motivar a las personas, desde siempre se había considerado la inteligencia más relacionada con aspectos del conocimiento como la memoria y la capacidad para resolver problemas. Insistían, con poco éxito, en que los modelos de inteligencia existentes no serían completos si no incluían este tipo de influencias; es decir, aquellos factores no relacionados con el intelecto que conforman el llamado “comportamiento inteligente”.

Aunque el término inteligencia emocional se había ya utilizado en varias tesis relacionadas con las emociones, parece que no fue hasta 1990 cuando el psicólogo Peter Salovey, Universidad de Yale, y John Mayer, Universidad de New Hampshire, le dieron el gran impulso. Más tarde, en 1995, David Goleman, psicólogo por Harvard y redactor científico del New York Times, fue quien sugirió que el cociente intelectual era menos importante que lo que en su día se llamó carácter. Las emociones y el cociente intelectual podrían ser la base de la inteligencia humana. En su conjunto no tienen por que ser conceptos opuestos. Precisamente, lo que los investigadores intentan hacer entender es cómo se complementan el uno al otro, cómo la capacidad de control de una persona afecta al uso de su inteligencia.

Para comprender el gran poder de las emociones es necesario conocer la evolución de nuestro cerebro. La vida emocional se desarrolla en la zona del cerebro llamada sistema límbico, y más en concreto  en la amígdala, donde se originan el goce y el asco, el miedo y la ira. Hace millones de años se les sumó el neocórtex, conocido también como el cerebro “pensante”, que permitió a las personas aprender y recordar. Cuantas más conexiones haya entre sistema límbico y neocórtex, más respuestas emocionales son posibles. El deseo sexual procede del sistema límbico; el amor del neocórtex. El hecho de que el cerebro emocional sea muy anterior al racional, y que éste sea una derivación de aquél, revela con claridad las auténticas relaciones existentes entre el pensamiento, el sentimiento y las emociones. El neocórtex aumenta la complejidad de la vida emocional, aunque no la gobierna totalmente porque descarga muchas veces en el sistema límbico.

Daniel Goleman puso de “moda” en España el concepto de “inteligencia emocional” (IE), en un libro publicado en 1995 que tuvo una gran publicidad. Desafiaba con fuerza al “cociente intelectual” (CI), que era entonces para muchos la garantía del éxito. Argumentaba que las emociones de una persona juegan un papel esencial en su pensamiento, toma de decisiones y por tanto en su futuro. Para Goleman este nuevo concepto de la inteligencia “real” de las personas, al que define como un conjunto de habilidades que incluyen el control de impulsos, motivación, empatía y capacidad para relacionarse con los demás, tiene una gran importancia. Sostiene que la conciencia individual o de “uno mismo”, junto al entorno de cada persona, es la clave para ser “realmente” inteligentes. El correcto ejercicio de esta función mental, a la que algunos llaman instinto de supervivencia, permite a las personas ejercer su autocontrol y una mayor creatividad. Para Goleman, esta “conciencia” es quizás la capacidad más relevante porque nos permite ejercer un autocontrol. La idea no es reprimir los sentimientos sino hacer lo que decía Aristóteles en su Ética a Nicómaco, uno de los primeros tratados conservados sobre ética y moral de la filosofía occidental, sin duda el más completo de la ética aristotélica: “Cualquiera es capaz de enfadarse, eso es fácil. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado adecuado, en el momento adecuado, con el propósito adecuado y de la forma adecuada, eso no es tan fácil”. Precisamente con esta frase es como arranca el libro de Goleman: con el grado exacto de enfado y su adecuación a cada momento.

Los conocimientos por si solos no son suficientes para desenvolverse bien en la vida. Es necesario encauzarlos y aplicarlos de la manera, como dice Aristóteles, más adecuada y esa capacidad depende de la inteligencia emocional de cada persona, de su manera de enfocar cualquier situación y tomar la decisión correcta. No está relacionada con el cociente intelectual, son dos conceptos diferentes, aunque como es lógico mientras mayor sea el grado de conocimiento del individuo más fácil será aplicar los conceptos de la inteligencia emocional, y por tanto mayores garantías de conseguir el éxito.

Según Goleman, la inteligencia emocional es la capacidad para reconocer sentimientos en uno mismo y en los demás, y además saber “gestionarlos” en nuestra vida cotidiana o profesional. De acuerdo con los estudiosos de la materia, la inteligencia emocional se basa en cinco principios o competencias principales: el conocimiento de las propias emociones, la capacidad de controlarlas, la capacidad de motivación propia, la empatía o reconocimiento de las emociones ajenas y el control y la habilidad en la gestión de esas relaciones.

Goleman nos viene a decir que las personas desarrolladas emocionalmente, disfrutan de una situación más ventajosa en todos los órdenes de la vida; suelen sentirse más satisfechas, son más eficientes y más capaces de dominar los hábitos mentales que determinan la productividad. Las emociones son muy importantes para el ejercicio de la razón. Entre el sentir y el pensar, la emoción guía nuestras decisiones, excepto cuando éstas se desbordan y el cerebro emocional asume el control completo de la situación. En cierta manera, tenemos dos cerebros y dos tipos de inteligencia: la racional y la emocional, y al final, nuestra forma de proceder queda determinada por ambas.

Antes de la publicación del libro de Goleman existía el convencimiento de que el concepto tradicional de inteligencia no era suficiente para explicar las cualidades de un individuo, ya se sabía que las emociones eran más relevantes que el cociente intelectual de las personas. Pero, el término inteligencia emocional no se hizo “popular” hasta que la famosa revista Time publicó un artículo de Nancy Gibbs en el que hacía una extensa referencia al libro. Se puede decir que Time fue el primer medio de comunicación interesado en propagar este concepto a todos los niveles. No hay duda que la inteligencia emocional nos permite tomar conciencia de nuestras emociones, comprender los sentimientos de los demás, tolerar las presiones y frustraciones que soportamos en el trabajo, y adoptar una actitud empática y social que nos brindará mayores posibilidades de desarrollo personal. La inteligencia “académica” no es suficiente para alcanzar el éxito profesional. El cociente intelectual no forma parte del equilibrio emocional y los mejores profesionales no son necesariamente los más “inteligentes” de su promoción escolar. Los que triunfan y permanecen en cualquier ámbito social son los que conocen sus emociones y saben cómo manejarlas.

Al igual que con el cociente intelectual, cada una de estas concepciones alternativas de la inteligencia ha sido objeto de críticas. Y en este caso, los críticos del concepto “inteligencia emocional” argumentan que no mide la capacidad: ¿Quién puede asegurar cuando la ira o la tristeza (o cualquier emoción de otro tipo) de una persona es o no apropiada para una situación particular? Los escépticos de la “inteligencia emocional” también señalan que los estudios científicos no han logrado encontrar un vínculo convincente entre un aumento de la autoestima y un mejor rendimiento académico. A diferencia de lo que ocurre con los test que miden el cociente intelectual, no existe ninguna referencia capaz de determinar el “grado de inteligencia emocional”. Si se sabe que en sus rasgos más sobresalientes difiere ligeramente entre mujeres y hombres. No vamos a entrar en ellos, al menos por el momento. En cualquier caso está claro que cualquier persona es el resultado de la combinación en distintas proporciones entre el cociente intelectual y la inteligencia emocional.

3 respuestas a La inteligencia emocional y el cociente intelectual: conceptos complementarios

  1. PORFIRIO REYES DE JESUS dice:

    Excelente Articulo.!!!

  2. Yerg dice:

    Muy bien este artículo. Es claro.. y sencillo.. se entiende con facilidad. Gracias.

  3. ROSALBA ECHEVERRIA ROSAS. dice:

    Gracias por la claridad de las explicaciones y conceptos.

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