Síndromes, síntomas y causas y algunos nombres curiosos- Moncloa, Estocolmo,…

Síndrome es un término médico cuyas connotaciones estuvieron claras durante mucho tiempo (más o menos los dos últimos milenios). Sin embargo, desde hace años, el desgaste sufrido por un uso incorrecto ha llevado a que se aplique a cualquier estado patológico más o menos complejo, y si está provisto de cierta notoriedad… mejor. Es lo que ha ocurrido por ejemplo con el mal llamado “síndrome de la Moncloa”, que desde que se implantó la democracia en 1977 “ataca” a la mayoría de nuestros presidentes de Gobierno.

El síndrome de la Moncloa 02Cuentan que a casi todos les cambia el carácter. Según los “entendidos” por el aislamiento que “sufren” al vivir “encerrados” en su nueva residencia del palacio de la Moncloa; algo que no ocurre en otros países donde sus gobernantes mantienen domicilio y lugar de trabajo en ambientes muy distintos. Si la solución fuera tan fácil: ¡¡que cambien de residencia!! Ya está bien de aplicar algo tan serio como es padecer un síndrome a situaciones más bien grotescas.

La que sucede en realidad con la mayoría de líderes de gobierno no tiene nada que ver con el “síndrome de la Moncloa”, sino más bien con el mejor llamado “síndrome de Hubris” (héroe griego, quién ensoberbecido por el poder se aleja de la realidad) descrito con acierto por Lord David Owen, neurólogo de profesión, en su libro “En el poder y la enfermedad”, donde tras de su paso por el gobierno británico interrelaciona la política y la medicina y explica como la causa principal de ese cambio de comportamiento radica sobre todo en la soledad. Son los presidentes de los gobiernos quienes en los momentos más delicados tienen que tomar las últimas decisiones y además lo hacen convencidos de que son los “únicos” que pueden, porque “tan solo ellos” conocen todos los pormenores. En ningún momento Owen lo relaciona con el sitio en que viven, ni con nada que se parezca. Menciona, eso sí, la “enfermedad” y un poco la “locura” que provoca el poder. Algunos hasta se creen invencibles y ver enemigos por todas partes suele ser bastante común. Llegan al cargo con la convicción de haber alcanzado una meta colectiva, pero también personal. Condenados a no equivocarse, incluso creen que aciertan cuando no lo hacen. ¡¡Casi todo lo envuelven en una burbuja!! Tanto es así que al final se acaban aislando del entorno para el que gobiernan, y por el que han sido elegidos, y optan por una simplificación de la realidad. Además, nunca les faltan asesores que elogien sus tropiezos, ni tampoco quienes los fomenten. ¡¡Están solos y no lo saben!!

En medicina, un síndrome (del griego συνδρομή, syndromé, simultaneidad) es un conjunto de síntomas observables (signos), generalmente más de tres, que suelen aparecer a la vez, en los que la causa u origen puede ser diversa y que caracterizan a una enfermedad o un trastorno físico o mental con cierto significado. Al principio, la utilización de la palabra síndrome solía tener un carácter provisional con la esperanza de que una vez confirmado se remplazaría por un término más preciso. Es uno de los términos más antiguos del vocabulario médico con mayor frecuencia utilizado y muchas veces mal empleado. Su significado apenas varió desde los tiempos de Hipócrates hasta bien avanzado el siglo XVII, cuando Thomas Sydenham, apodado el “Hipócrates inglés”, llegó a la conclusión de que síndrome y enfermedad eran sinónimos. A partir de entonces desapareció de la literatura médica, al menos de forma virtual, durante casi dos siglos por considerarse una denominación superflua. No es hasta finales del siglo XIX cuando resurge de nuevo al ver que para designar determinados estados patológicos mediante la combinación de nombres de los órganos afectados con prefijos y sufijos no era lo más adecuado para trastornos complejos.

Síndrome 04Aunque no todos los profesionales médicos del siglo XX aceptaban utilizar otra vez el término síndrome, sin embargo, varios acontecimientos vinieron a modificar su uso y significado. Uno fue la excesiva acumulación de síndromes con nombres de médicos, distintos, que tenían los mismos apellidos; otro, quizás fundamental, el argumento de que los términos descriptivos son mucho más importantes que el nombre del médico que descubre un síndrome. Esto hizo que algunas prestigiosas revistas médicas reemplazasen una práctica nominal que se estaba volviendo confusa. Bastante lógico por otra parte, pues había médicos que tenían hasta quince denominaciones con su nombre para síndromes diferentes. El cambio trajo consigo una reducción significativa en la cantidad de nombres de médicos para asignar nuevos síndromes, que en cierta manera se vio contrarrestado con otros apelativos en los que cualquiera puede ser un candidato potencial con nombres tan curiosos como apellidos de pacientes, temas de pinturas (síndrome Mona Lisa), personalidades, lugares geográficos (síndrome de Tangier), personajes bíblicos (síndrome de Job), históricos (síndrome de Diógenes)…

En todo síndrome la cuestión más importante es unir correctamente los síntomas con la causa. No siempre es fácil, aunque en algún caso como en el llamado “síndrome de Estocolmo” sea evidente. Muchos siglos antes de que éste se conociera como tal, ya las víctimas se enamoraban de sus captores, pero en nuestro afán por etiquetarlo todo tal parece como si no hubiera existido. Los “nuevos” síndromes son un reflejo de la sociedad en que vivimos y de nuestras relaciones con los demás. Desde una perspectiva psicológica, el “síndrome de Estocolmo” está considerado como una de las respuestas emocionales que puede presentar un secuestrado a causa de su extrema indefensión en un cautiverio. Debe su nombre a lo acontecido en 1973, hace ahora 40 años, durante el atraco a un banco en la capital sueca, y en el que en cierta manera se rompieron algunas de las reglas o etiquetas establecidas. Basado en la complicidad del secuestrado hacia su secuestrador, causó un gran desconcierto entre los psicólogos que entonces acuñaron un nuevo término en su lenguaje.

Era un 23 de agosto cuando el banco Kreditbanken, en pleno centro de Estocolmo, fue asaltado por Jan-Erik Olsson, un preso en libertad condicional. Armado con una pistola automática, al verse acorralado por la policía tomó como rehenes a tres mujeres y un hombre, exigiendo la entrega de tres millones de coronas suecas, un vehículo y dos armas, además de traerle a Clark Olofsson, uno de los criminales más peligrosos del país que en aquel momento estaba cumpliendo condena. Durante los cinco días que duró el secuestro, Suecia y el resto del mundo permanecieron pendientes de la televisión. A pesar de las amenazas contra su vida, los rehenes se identificaron hasta tal punto con sus captores que llegaron a colaborar con ellos durante las negociaciones para protegerles de la policía. Una de las rehenes, Kristin Enmark, tras su liberación manifestó que en ningún momento sintió temor por lo que Clark podía hacerles: “Confiaba plenamente en él”, declaró, al tiempo que confesaba que de quien si había tenido miedo era de la policía: “¿Ustedes comprenden? Créanme o no, aquí hemos pasado muy buenos momentos”.

La sorpresa fue mayor durante el juicio cuando los secuestrados, además de negarse a colaborar con las autoridades, defendieron a sus raptores. El término “síndrome de Estocolmo” se ha popularizado tanto desde entonces que cualquier persona que acepta una situación de violencia o sumisión puede ser tachado de sufrirlo. El psiquiatra y criminólogo Nils Bejerot, asesor de la policía sueca durante el asalto, fue quien primero definió el término para referirse a la reacción de los rehenes. Más tarde, a Frank Ochberg, una autoridad mundial en psiquiatría, primer médico en escribir un tratado clínico sobre el síndrome de estrés postraumático (secuelas que deja una experiencia extrema), le intrigó tanto el fenómeno que ayudó al FBI y Scotland Yard a desarrollar estrategias contra este tipo de incidentes con rehenes en casos de terrorismo.

Asalto al banco. Estocolmo 1973Francotiradores de la policía en la azotea situada enfrente del banco Kreditbanken de Estocolmo que intentó robar Jan-Erik Olsson el 23 de agosto de 1973

El “síndrome de Estocolmo” es una reacción psicológica en la que la víctima de un secuestro, o una persona retenida contra su voluntad, desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con quien la ha secuestrado. Las víctimas interpretan la ausencia de violencia contra su persona como un acto de humanidad por parte del secuestrador. Según el FBI, alrededor del 27 % de las víctimas de secuestros experimentan esa reacción, donde los rehenes tratan de protegerse de situaciones que les resultan incontrolables procurando cumplir los deseos de sus captores. Incluso hasta los propios delincuentes se suelen presentar como sus benefactores; de ahí que pueda nacer una relación emocional de las víctimas en señal de agradecimiento.

Este síndrome se define por tres criterios: atracción, incluso amor, del rehén por su secuestrador; reciprocidad de parte de éste y finalmente desprecio de ambos por el mundo exterior. Por lo general, las tomas de rehenes comienzan de manera brutal: éstos quedan tan paralizados que solo piensan en su muerte. ”Muy pronto se les niega el derecho a hablar, a moverse, ir al baño, y a comer. Cuando luego se les ofrecen esas posibilidades, y las obtienen, experimentan lo que se siente cuando somos recién nacidos y cercanos a nuestra madre”, explica Ochberg. Aquellas personas víctimas de algún tipo de abuso, como rehenes, miembros de sectas, niños forzados psíquicamente, víctimas de incesto o prisioneros de guerra, son más vulnerables a sufrir este síndrome. Para superar el trauma, la víctima debe recibir tratamiento terapéutico, siendo el pronóstico para su recuperación generalmente bueno, aunque el tiempo varía dependiendo de la situación anterior al secuestro, el período que han permanecido encerrados, y la manera de afrontarlo.

Ha habido más casos famosos relacionados con el “síndrome de Estocolmo”. En 1974, Patricia Hearst, nieta del magnate de la comunicación estadounidense William Randolph Hearst, fue también secuestrada por el Ejército Simbiótico de Liberación, un grupo californiano que abogaba por una revolución socialista y el sexo libre. Tras cumplir con las exigencias de los secuestradores no hubo noticias suyas hasta que dos meses después fue detenida junto a otros miembros de la guerrilla cuando intentaban robar un banco. La joven había terminado enamorándose de uno de sus secuestradores y unido al grupo, participando en varios atracos armados. Este caso le dio aún más popularidad al término “síndrome de Estocolmo” al intentar ser utilizado por la defensa durante el juicio. Sin embargo, no fue aceptado y Patricia Hearst resultó condenada.

Otro caso bastante reciente ha sido el de la austriaca Natascha Kampusch. Rescatada en el año 2006 después de permanecer retenida durante ocho años, al conocer la muerte de su captor rompió a llorar. ”Una vez liberada, la persona puede sentirse más allegada a su secuestrador que de quienes eran sus amigos y su familia antes”, comenta el psiquiatra Ochberg. Se dice que Kampush lloró cuando escuchó que había muerto y encendió una vela por él. Aún hoy, los rehenes que sufrieron el encierro en el banco de Estocolmo continúan diciendo que sintieron mucho más miedo por lo que la policía pudiera hacer que por los asaltantes del banco.

Síndrome de Estocolmo 01Desde un punto de vista psicológico, reacciones similares al “síndrome de Estocolmo” son una de las posibles respuestas emocionales que puede presentar un secuestrado. Aunque no sea la respuesta usual, es importante entenderla, sobre todo porque en ocasiones su término ha sido tan mal aplicado que se ha llegado a pensar que se trata de una “enfermedad” que padecen todas las personas en esas circunstancias, y también, equivocadamente, a creer que la persona que lo padece es un “enfermo”. Según los expertos en psiquiatría, este síndrome sólo se presenta cuando la persona se identifica inconscientemente con su agresor. Si se establece de forma consciente y voluntaria para obtener una cierta “ventaja” en su situación no hay problema. Sin embargo, es cierto que en bastantes casos se observa una especie de gratitud consciente hacia los secuestradores por haberles dejado salir con vida.

Un trabajo realizado a finales de los años noventa por el psicólogo Emilio Meluk sobre los efectos psicológicos en las víctimas (“El secuestro, una muerte suspendida”), centrado en las experiencias de ochenta personas secuestradas, revelaba que la expectativa por saber si padecían el “síndrome de Estocolmo” era una de sus mayores preocupaciones. Estaban ansiosas por conocer si su comportamiento durante el secuestro, y también después, podría ser una secuela del mismo. Los expertos aseguran que para que este síndrome se pueda desarrollar es necesario que el secuestrado no se sienta agredido. De lo contrario, el trato negativo se transforma en una barrera defensiva que hace imposible la identificación con sus raptores.

Durante un secuestro casi todas las víctimas fingen para poder sobrevivir. Basta comparar su actitud durante el cautiverio y la forma con que se refieren a sus secuestradores una vez libres. La mayoría lo hacen de un modo negativo y con rencor, lo que refleja no una identificación sino un anhelo por sobrevivir. Son conscientes del daño recibido y rechazan asumir como propias las razones de su secuestro. Sin embargo, el “síndrome de Estocolmo” sirvió para bautizar ciertas conductas que demuestran afecto entre rehenes y secuestradores en situaciones de gravedad extrema, y que durante la angustia vivida en aquel banco sueco en 1973 dio paso a sensaciones menos conocidas por los psicólogos, causando cierta sorpresa en sus teorías “etiquetadas”.

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