Los dichos populares, su origen y significado (II)

A veces, a lo largo de una conversación, para poner más énfasis en lo que decimos intercalamos dichos o frases hechas sin darnos cuenta. Muchos fueron ya utilizados por nuestros abuelos, otros bastante antes, parte han ido cambiando con los tiempos e incluso los hay muy recientes. Porque los dichos como fiel reflejo de la sociedad siempre están “vivos”, son un recurso fácil para ilustrar algo de manera impactante. Al contrario que los refranes no suelen traspasar fronteras y la mayoría pierden su significado si los sacamos de su entorno cultural. Su riqueza reside en que son propios y poco transferibles según la cultura y edad.

Dichos populares 01Los dichos de uso corriente proceden de una historia, una anécdota, un cuento, un personaje real o ficticio,… Su origen es muy diverso, pero todos tienen un motivo y un por qué. En un post anterior hicimos una pequeña selección que ahora completaremos con esta segunda entrega. Y sin más preámbulos, vamos a “meternos en harina” porque “el horno no está para bollos” y nos pueden “pillar con las manos en la masa”, tres dichos muy conocidos y con los que sin más arrancamos:

“La ocasión la pintan calva”
Dicho muy antiguo, aunque inexacto. Alude a la posibilidad inminente de alcanzar un logro y que por ninguna causa se puede desperdiciar la oportunidad.
Los romanos personificaban a la diosa Ocasión como una mujer hermosa, totalmente desnuda y con alas, como símbolo de la fugacidad con que pasan ante el hombre las buenas oportunidades. Situada de puntillas, sobre una rueda y con un cuchillo en la mano, tenía su cabeza adornada por delante con una cabellera abundante, mientras que por detrás era totalmente calva. Con ello se quería dar a entender que había que esperarla de frente porque se tendría la oportunidad de cogerla, mientras que una vez había pasado, al no tener pelos por detrás, sería imposible de agarrar. Con el tiempo, esta expresión perdió parte de su sentido original y comenzó a usarse para dar a entender que una cosa se logra más por suerte que por capacidad.

“Las cosas claras y el chocolate espeso”
Llamar a las cosas por su nombre.
Cuando el monje español fray Aguilar envió desde América las primeras muestras de la planta de cacao a sus compañeros de congregación del Monasterio de Piedra para que las dieran a conocer, al principio no gustó mucho por su sabor amargo, siendo utilizada solo con fines medicinales. Más tarde, a unas monjas del convento de Guajaca (luego Oaxaca, nombre que le dio Carlos V en 1532 por su extensa zona de árboles de guajes) se les ocurrió agregar azúcar al preparado de cacao, causando furor el nuevo producto en España y poco más tarde en toda Europa. Fueron tiempos en que la Iglesia se debatió entre si la bebida rompía o no el ayuno pascual, al tiempo que el pueblo discutía sobre cual era la mejor forma de tomarlo: espeso o claro. Para unos el chocolate se debía tomar muy cargado de cacao, chocolate espeso o “a la española”; mientras otros se inclinaban por la forma “a la francesa”, más claro y diluido en leche. Finalmente ganaron los que se inclinaron por el chocolate “cargado”, y la frase “las cosas claras, y el chocolates espeso” para llamar a las cosas por su nombre. No hace muchos años aún circulaba una variante en la que la palabra “cosas” se sustituía por “cuentas” para referirse a las deudas de las personas.

Las cosas claras y el chocolate espeso 01

“Las paredes oyen”
Señal de advertencia para que se tenga cuidado con lo que se dice en determinado momento y lugar.
Procede de Francia, del tiempo de las persecuciones contra los hugonotes que culminó en la histórica “Noche de San Bartolomé”, episodio sangriento de las luchas religiosas que asolaron en la segunda mitad del siglo XVI. Cuentan los cronistas que fueron la reina Catalina de Médicis, esposa de Enrique II, rey de Francia, desconfiada y perseguidora implacable de sus rivales, y el duque de Guisa, quienes instigaron a los católicos a llevar a cabo la matanza de hugonotes (seguidores de Calvino) la noche del 24 de agosto de 1572. Con el fin de poder escuchar a las personas de las que más sospechaba, mandó construir conductos acústicos secretos en las paredes de sus palacios y así prevenir cualquier conjura que se estuviera tramando en su contra.

“Más feo que Picio”
Utilizamos este dicho cuando queremos destacar la fealdad de alguien.
Se cuenta que Francisco Picio, un zapatero natural de Alhendín (Granada), fue condenado a muerte injustamente en la primera mitad del Siglo XIX. Narra la leyenda que estando en la capilla recibió la noticia de su indulto. Fue tal la impresión que recibió que le cayó el pelo, cejas y pestañas y su cara se llenó de pústulas y granos. Su visión era tan espantosa que a partir de entonces se ocultó con un pañuelo para evitar las reacciones de la gente. Murió en Granada excluido por todos, hasta el punto que el párroco cuando fue a darle la extremaunción ató el crucifijo a la punta de un palo para no acercarse a su rostro. Es muy posible que esta explicación proceda más de un relato folklórico que de un personaje real.

Mandar a la porra 01“Mandar a la porra”
Expresión que encierra un matiz totalmente despectivo.
Su origen viene de muy antiguo cuando los regimientos militares tenían un encargado de tocar el tambor con un largo bastón con el puño de plata al que llamaban “porra” que se clavaba en un lugar alejado del campamento. Si algún soldado era arrestado, durante el tiempo de castigo se le solía mandar al lugar donde estaba hincada la “porra”, al tiempo que el oficial le decía: “Vaya usted a la porra”. Más tarde estas formas cambiaron y la expresión pasó a usarse en el lenguaje del pueblo como un matiz de desprecio. Circula también otra versión que dice que el sargento mayor de cada tercio dirigía los compases de sus hombres con un gran garrote a modo de batuta y cuando paraban hincaba la “porra” para señalar el sitio donde se iba a hacer la guardia y enviaba a los soldados arrestados para que se sentaran a su alrededor.

“Meterse en camisa de once varas”
Expresión coloquial que señala la poca conveniencia de complicarse la vida innecesariamente.
Tuvo su origen en la Edad Media durante la ceremonia de adopción de un niño. El padre debía meter al niño adoptado dentro de la manga de una camisa grande, hecha muy holgada para la ocasión, sacando al pequeño por la cabeza, al tiempo que le daba un fuerte beso en la frente como prueba de su paternidad aceptada. La “vara” (835,9 mm) era una barra de madera o metal que servia para medir y la alusión “once varas” de la frase era para exagerar la dimensión de la camisa que, si bien era grande, no podía medir tanto (mas de nueve metros). En algunas regiones de Europa la ceremonia continúa vigente pero en este caso con la madre para simular el parto.

“Ni chicha, ni limonada”
Equivale a decir no vale para nada, no tener un valor específico, ser una media tinta. También se usa en el sentido de no ser una cosa ni otra.
La chicha según el diccionario, además de la voz que desde antiguo se emplea en el lenguaje infantil para llamar a la carne comestible, es la bebida alcohólica resultante de la fermentación del maíz en agua azucarada; mientras que la limonada, bebida mucho más conocida, está hecha a base de limón. El dicho “ni chicha ni limonada” surgió en ciertas reuniones festivas de algunos países de Latinoamérica para advertir a los concurrentes que no hay o no quedaban ni bebidas alcohólicas ni refrescantes.

“No hay tu tía”
Se utiliza para hablar de algo que no tiene solución o esperanza de cambio.
El dicho “no hay tu tía”, modificación de no hay atutía, remedio que se usaba para todos los males, se decía para señalar que una enfermedad no tenía solución ni siquiera aplicando el virtuoso preparado. Una de las personas que lo hizo suyo, aunque algo deformado, fue Manuel Fraga Iribarne cuando después de salir elegido José María Aznar con su beneplácito como referente del Partido Popular mostró a los compromisarios de su partido una carta manuscrita de Aznar en la que presentaba su dimisión y se sometía a la voluntad del fundador. A lo que Fraga respondió diciendo: “Aquí no hay tutelas, ni tu tías, aquí está el líder del partido, que ya solo por este gesto merece serlo”.

“Pagar el pato”
Padecer o sufrir un castigo no merecido o que ha merecido otro, o lo que es lo mismo, cargar con las culpas ajenas siendo inocente.
Frase muy antigua que tiene su origen en la actitud intransigente e intolerante hacia el pueblo judío de la sociedad cristiana española de los siglos XVI y XVII, después de siglos de convivencia entre las dos religiones. Tiempos en que los hebreos españoles eran tomados a menudo como chivos expiatorios y se les atribuían todos los males reales o imaginarios para los que no se encontraba mejor explicación. Los judíos, relegados en sus barrios y limitadas sus libertades, sufrían continuos acosos de sus vecinos cristianos. Como hacían profesión pública de su fe manifestando que su pueblo tenía un “pacto con Dios”, los cristianos se burlaban y amenazaban diciéndoles que “pagarían el pacto” cuando estuviesen reunidos en sus sinagogas, en una clara referencia a que las quemarían con todos ellos dentro. Más tarde, desprovista ya de toda connotación religiosa o racista, la frase se hizo tan popular que quedó “marcada” en el lenguaje hasta nuestros días. Hay quienes varían ligeramente su procedencia señalando que era una frase utilizada por los cristianos para burlarse de los judíos españoles cuya fe se mantenía a través del “Pacto”, vocablo utilizado para referirse al “Concierto de Dios”. En cualquier caso, perseguidos por su fe y obligados a pagar unos impuestos especiales por el hecho de ser judíos, a su alrededor se constituyó la frase de “pagar el pato” con un sentido irónico y burlesco.

Para tí la perra gorda 01“Para ti la perra gorda”
Frase utilizada cuando hartos de discutir con alguien y vista su cabezonería, se le da la razón aún sin querer dársela o tenerla.
En 1870 se acuñó en España una moneda de 10 céntimos que tenía en uno de sus lados un león sosteniendo el escudo de la nación. Como parecía tan raquítico el tamaño del animal la gente lo llamó popularmente “perra gorda“. Fue una moneda (junto a la de 5 céntimos, “perra chica”) que tuvo un papel muy importante en la economía española hasta que fue eliminada en 1941 y sustituida por otra nueva también de 10 céntimos acuñada en aluminio con distintos anagramas, a la que muchos siguieron llamando igual. El apelativo de “perras”, en plural, todavía se sigue hoy utilizando como sinónimo de dinero.

“Pasar la noche en blanco”
Cuando una persona es incapaz de conciliar el sueño por un dolor, una preocupación u otro motivo, se dice que ha pasado la noche en blanco.
Su origen viene de cuando ciertas órdenes de caballería durante el medievo exigían al aspirante, como ritual, pasar una noche de vigilia velando armas antes de ser nombrados caballeros. Lo hacían vestidos con una túnica de color blanco como único atuendo (“pasar la noche en blanco”), que simbolizaba la pureza espiritual y les honraría como caballeros. El color blanco de la ropa y lo larga que se hacía la espera hasta el amanecer dio origen al citado dicho.

“Poner en tela de juicio”
Indica que se está poniendo en duda un logro o una certeza.
Para explicar su procedencia debemos ir de nuevo a la época medieval y a uno de los significados de la palabra “tela”: valla que dividía en dos partes un terreno llamado “liza”, empleada para las justas de los antiguos caballeros y que evitaba que los caballos en su carrera frente a frente se toparan entre sí. Si bien los torneos servían como espectáculo de los grandes eventos usando armas simuladas normalmente, en su origen la razón de ser de las justas era impartir justicia en caso de una disputa y en ese caso si se utilizaban armas auténticas para determinar el vencedor. “Poner en tela de juicio” consistía en trasladar un litigio a la “liza” para conseguir la razón por las armas. En el antiguo Derecho Procesal también significaba que un caso se encontraba pendiente de las averiguaciones previas para más tarde poder resolverlo.

Poner en tela de juicio 01

“Poner la mano en el fuego”
Se utiliza para manifestar respaldo total a alguien o algo.
Su procedencia se remonta a la época en la que se practicaba el llamado “Juicio de Dios”. Conocido también como Ordalía, ésta era una institución jurídica que atendiendo a supuestos mandatos divinos dictaminaba la inocencia o culpabilidad de una persona o cosa acusadas de quebrantar las normas establecidas o cometer un pecado. Esta costumbre pagana se ejecutaba de formas muy diversas, casi todas consistentes en pruebas de fuego (sujetar hierros candentes, introducir las manos en la lumbre,…). Si la persona salía de la prueba con pocas quemaduras significaba que Dios la consideraba inocente y por tanto no debía recibir ningún castigo. En su concepción más actual (“respaldo total”) todavía se recuerda cuando el presidente Felipe González “puso la mano en el fuego” por la honestidad de su entonces amigo, y vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, cuando la oposición pedía su cabeza después de que su hermano Juan pusiera una “oficina” en la propia Junta de Andalucía para tramitar “debidamente” el tráfico de influencias. Hace muy pocas fechas ha vuelto a realizar la misma afirmación a cuenta de Magdalena Álvarez y su imputación en el famoso caso de los ERE de Andalucía.

“Poner pies en polvorosa”
Se usa para decir que alguien ha escapado con precipitación o ligereza.
Según algunos la frase proviene de la nube de polvo que se formaba en los caminos antiguos cuando alguien pasaba rápidamente por ellos. Otros, sin embargo, fundan el dicho en el modo de hablar de los gitanos, en cuya jerga la palabra polvorosa significa calle. Existe una tercera posibilidad, también muy defendida, basada en el siguiente hecho histórico: “Viendo Alfonso III, el Magno, los progresos que en las fronteras de sus reinos hacían los moros, acudió con sus tropas a contener los adelantos del sarraceno. Presentó a los enemigos la batalla cerca del río Órbigo, provincia de Palencia, en los campos de Polvorosa, y allí el valor de nuestros soldados, unido al temor que infundió a los moros un eclipse de luna, hizo que Alfonso III consiguiese una completa victoria, dispersando en precipitada derrota a los moros que pudieron sobrevivir a la derrota. Desde entonces se hizo proverbial Polvorosa, encerrando primitivamente dicha frase una amarga ironía por todo ejército fugitivo, y aplicándose después a la persona que se ausenta apresuradamente de algún lugar”.

Ponerse las botas 01“Ponerse las botas”
Se usa para indicar que se ha comido mucho o como sinónimo de enriquecerse o aprovecharse de algo, también de forma abundante.
En la antigüedad los pobres iban descalzos o calzados con alpargatas y los ricos llevaban botas, entre otras razones para montar a caballo. De aquí que el hecho de “ponerse las botas”, generalmente de cuero, se relacione con algo bueno y provechoso, que en sus inicios era de uso exclusivo de las clases más altas y pudientes, mientras el pueblo llano y sin recursos usaba como calzado las sandalias, alpargatas o zapatos sencillos, en el mejor de los casos.

“Salvarse por los pelos”
Cuando alguien ha podido librarse de una situación comprometida o arriesgada en el último momento o por muy poco.
Para hablar de su origen hay que remontarse al año 1809 en el que reinaba en España José I Bonaparte, hermano de Napoleón, quien promulgó una ley para fomentar la uniformidad e higiene entre los marineros de la Armada, y en la que se exigía, entre otras cosas, el corte del pelo siguiendo un patrón igual para todos. Hubo muchas protestas y algún motín porque muchos marineros no sabían nadar (no era requisito para enrolarse) y cuando caían al agua la mayoría eran rescatados cogidos por los pelos de su larga cabellera.

“Ser un cafre”
Se aplica a toda persona o situación que encarna lo opuesto a la civilización y la cultura.
En realidad, se llaman cafres a los habitantes de Cafreria o País de los cafres, grupo de pueblos bantúes que habitaban la región oriental de África del Sur, en El Cabo Natal. Cafrería es un nombre de origen árabe con el que los geógrafos de los siglos XVII y XVIII denominaban a la parte de África situada al sur del ecuador poblada por infieles (no musulmanes).

“Ser un chivo expiatorio”
Significa que un solo individuo cargue con las culpas de algo que ha sucedido cuando en realidad la responsabilidad debería recaer sobre un grupo más amplio de personas, pudiendo incluso suceder que dicho individuo ni siquiera haya participado en el acto punible y sea inocente.
Este dicho proviene de una práctica ritual de los antiguos judíos para celebrar el “Día de la Expiación” (“purificación de las culpas por medio de un sacrificio”) en la que el Gran Sacerdote, purificado y vestido de blanco, elegía dos machos cabríos (chivos) y echaba a suerte el sacrificio de uno de ellos para ofrecerlo a Yahveh con todos los honores en nombre del pueblo de Israel. Poniendo las manos sobre la cabeza del animal elegido, llamado Azazel, al que se le imputaban todos los pecados y abominaciones, se rociaba con su sangre el Propiciatorio (Arca de la Alianza). Finalizada la ceremonia, el otro chivo era devuelto al campo y abandonado a su suerte en el valle de Tofet, donde la gente lo perseguía entre gritos, insultos y pedradas. De esta forma se consideraba que el sacrificio elimina, borra y limpia los pecados. Existe una gran controversia sobre el término Azazel que aparece en las escrituras, ya que no hay acuerdo sobre si se refiere al macho cabrío ofrendado, si representa la entrega del mismo a un ángel caído (incluso al mismo Satán) o simplemente designaba el lugar a donde se enviaba el chivo, siendo en este caso asociado el desierto como lugar en el que vivían seres malignos como los demonios.

Tener más cuento que Calleja 01“Tienes más cuento que Calleja”
Se usa para indicar que alguien muestra excesiva imaginación relatando un hecho o se queja en demasía de una situación, tendiendo a exagerar las cosas o incluso inventárselas.
Saturnino Calleja Fernández (Burgos 1853-Madrid 1915) era un editor, pedagogo y escritor español muy conocido por los giros que les daba a los cuentos populares. Así por ejemplo, el “soldadito de plomo” cobraba vida por su devoción a la Virgen del Pilar, el “Barón de Munchausen” pasó a llamarse el “Barón de la Castaña”, etc. A la famosa coletilla “comieron perdices y fueron felices” Calleja le añadió: “y a mi no me dieron porque no quisieron”. Era también el dueño de una editorial con la que revolucionó el mundo de la publicación de finales del Siglo XIX insertando dos novedades: lanzó al mercado muchas de sus ediciones con un margen de beneficio muy bajo, al alcance de las personas con menos recursos, y contrató a grandes dibujantes para ilustrar las obras, orientándolas al sector infantil en forma de cuentos, muchos de ellos escritos de su puño y letra. Publicó más de 3000 obras que sumadas a su gran difusión social han dado lugar al famoso dicho que ha llegado hasta hoy.

“Tener muchas ínfulas”
Expresión cuyo significado es tener mucho orgullo o vanidad desmedida, por lo general, despreciando al prójimo.
En la Antigüedad se llamaban “ínfulas” a unas tiras o vendas de las que pendían dos cintas, una a cada lado de la cabeza, conocidas como “vittae”. Las “ínfulas” se usaban arrolladas a manera de diadema o corona y solían lucirlas los príncipes y sacerdotes paganos como señal distintiva de su dignidad. Solían ser anchas, de color blanco y púrpura, retorcidas a manera de guirnalda, y con ellas se cubría toda la parte de cabeza hasta las sienes, atándolas finalmente por detrás con las “vittae”. Con las “ínfulas” se adornaban también los altares y, en ocasiones, las víctimas que eran llevadas al sacrificio. Cuantas más eran las “ínfulas”, y mejor la calidad de su confección, más importante era considerada la persona que las portaba. De ahí que fuese muy común escuchar hablar de una víctima de muchas “ínfulas”.

“Tirar la casa por la ventana”
Se utiliza para calificar un derroche o gasto sin medida.
Su origen nos lleva al establecimiento del juego de la lotería instaurado en España por el Rey Carlos III, que importó la idea de la ciudad italiana de Nápoles. Un juego muy popular cuyo primer sorteo data del 10 de diciembre de 1763. Organizada por el Estado que se encargaba de pagar los premios, fue tal la alegría de los primeros afortunados que pronto cundió la costumbre de arrojar cosas inservibles por la ventana de sus casas como forma de celebración.

“Todos los caminos llevan a Roma”
Señala que la solución de un problema se puede encontrar por diferentes caminos.
Existen diferentes interpretaciones en cuanto a su origen. Hay quien considera que surge al comienzo del imperio romano en el año 20 a.C. con la colocación por el emperador Augusto del Miliarium Aureum en el Foro. Una gran columna donde se encontraban inscritos los nombres de las principales ciudades de sus provincias y la distancia que había hasta ellas; lo que daba a entender que todos los caminos llevaban a Roma aún desde los sitios más alejados. Otros piensan que viene de la existencia de mapas como la Tabula Peuntingeriana, s.IV d.C., donde se describen las distintas rutas entre Roma y sus colonias.
Sobre lo que no existe duda es que en aquellos tiempos Roma era el epicentro del mundo occidental, y como dueña del Imperio era vista como origen y final de todos los caminos entonces existentes. Más tarde, con el establecimiento de la Iglesia Católica y los Papas en Roma se reforzó esa situación como centro de la cristiandad y destino de peregrinaciones y jubileos.

“Tomar las de Villadiego”
Huir, salir a escape de algún sitio o desentenderse de una situación a toda prisa, sin ánimo de regresar.
Si existe un dicho popular de origen español cuyo origen sea controvertido es este. No hay dudas respecto a su antigüedad, pues ya se le menciona por primera vez en “La Celestina”, célebre tragicomedia de Calixto y Melibea escrita en parte por Fernando de Rojas y donde se hace referencia a las “calzas de Villadiego“. Frase muy usada por nuestros clásicos, sin embargo no hay mucho acuerdo sobre su procedencia. Existen varias teorías. Para unos, alude a un tipo de calzones que se confeccionaban por entonces en el pueblo burgalés de Villadiego muy utilizados para salir de viaje; para otros, evoca la figura de un aventurero que llevaba ese apellido, quien por alguna razón que se desconoce se vio obligado a escapar precipitadamente de determinado lugar o fue enviado a una misión de la que no regresó. Circulan también versiones no menos contradictorias, una de las cuales sostiene que se refiere a las alforjas que se fabricaban en la ciudad de Villadiego, aludiendo a que son lo primero que se toma cuando se huye de un lugar. Aún así tampoco existe mucho acuerdo, pues hay quien sostiene que en todo caso serían las calzas, que es lo primero que uno toma en una huida.

Tomar las de Villadiego 01. Expulsión de los judíos

La explicación más verosímil parece que está relacionada con las persecuciones a los judíos durante la Edad Media. En pleno furor antisemita, el rey Fernando III “El Santo” (1199-1252) promulgó un decreto prohibiendo que se persiguiese a los judíos de Villadiego, a los que por algún motivo deseaba proteger y puso bajo su protección y custodia. De ahí que los judíos considerasen a esta villa como su santuario y cuando se sentían amenazados… “tomaban las de Villadiego” apresurándose a buscar refugio y seguridad en dicha población, donde vestían con una especie de calzas amarillas que servían para identificarles como judíos protegidos del monarca, y por tanto no sometidos a vejaciones o maltratos.

En relación a este dicho, en una de las columnas de entrada al Ayuntamiento de Villadiego existe una imagen en piedra de San Pedro encarcelado junto a un soldado (Villadiego) y al lado la siguiente inscripción:

Villadiego era un soldado
que a San Pedro en ocasión
de estar en dura prisión
nunca le faltó del lado.
Vino el espíritu alado,
y lleno de vivo fuego
le dice a Pedro: Sal luego
toma las calzas. No arguyas
Pedro por tomar las suyas,
tomó las de Villadiego.

Sea como fuere, el significado de la frase “tomar las de Villadiego” tiene en todos los casos el mismo sentido: huir, salir en estampida por efecto de una contingencia súbita e imprevista.

Los dichos populares son una fuente inagotable de sabiduría y verdad. Con energía y buen humor, diferentes generaciones han ido imprimiendo su huella sobre como se vive y se piensa a través de sus dichos, refranes y moralejas. A lo largo y ancho de nuestro país cuando la gente habla muchas veces parece que dicta sentencia. Son los dichos que han pasado a formar parte de nuestra herencia cultural.
En un próximo post publicaremos una tercera entrega

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