Reinosa, San Sebastián, la fuente de vino y las ollas ferroviarias

San Sebastián, 20 de enero, patrono de Reinosa, “ciudad adelantada del mar en Castilla”, tal y como reza a su entrada. Siempre me ha sorprendido esta celebración en un mes de clima tan duro. En pleno invierno. Pero su gente no se arredra, están curtidos. Lo saben y además lo demuestran saliendo San Sebastián 02a honrar a su patrono en un día marcado por la tradición.

Los actos arrancan pronto por la mañana con los participantes en el concurso de ollas ferroviarias. Un certamen de gran éxito. Grupos de cuadrillas, que han llegado a superar el centenar, elaboran este plato típico a base de patatas con carne en la plaza del Ayuntamiento. Un manjar que impregna toda la calle con su aroma delicioso, mientras resuenan los cánticos campurrianos y el sonar de las panderetas. Si uno se da una vuelta por los alrededores podrá ver como los tempranos cocineros disfrutan con sus ollas y disfraces y demás parafernalia.

La olla ferroviaria es un invento de los antiguos maquinistas y fogoneros del Ferrocarril Hullero, más conocido como “Ferrocarril de La Robla”, que hacía el trayecto entre La Robla (León) y Valmaseda (Vizcaya). Cuando se inauguró en 1894, la idea era que uniera las cuencas mineras del norte castellano con la industria siderúrgica vasca. Sin embargo, en el siglo XX, con el desarrollo económico y de la sociedad, empezó a cubrir también otras necesidades transportando áridos, madera, productos agrícolas y manufacturados, además de paisanos castellanos que buscaban un horizonte mejor en la industria vasca o, en dirección contraria, vecinos del País Vasco que se iban de vacaciones a las merindades de Castilla.

Los viajes largos, muy largos, con jornadas entre 10 y 16 horas, hacían obligado un descanso prolongado de los trabajadores. Mataporquera fue el sitio elegido. Situada a mitad de recorrido, cerca de Reinosa, los trenes llegaban sobre el mediodía a esta pequeña localidad cántabra, que pronto se hizo muy popular en todo el entorno ferroviario. Su estación pasó a ser considerada de 1ª categoría y los maquinistas y fogoneros disponían de un dormitorio para poder pernoctar. Allí también “reposaban” las máquinas y se “encontraban” los únicos trenes de viajeros.

Entre tanto trasiego de viajes y estancias, uno de los problemas de los trabajadores era poder encajar las horas de la comida, pero enseguida dieron con la solución: ¡¡hacerlo sobre la marcha!! Al principio, la llevaban pucheros, ya hecha de casa, y para mantenerla caliente la arrimaban a la caldera, aunque luego fueron evolucionando hasta prepararla en el propio tren. ¡¡Bastó con su propia imaginación y los recursos de las máquinas!!, pues el paso siguiente fue utilizar el vapor de la locomotora mediante un tubo conectado a su serpentín, que aplicaron alrededor del puchero gracias a un recipiente que servía de “funda”. Así fue como nació la famosa “olla ferroviaria” a base de patatas, verduras y carne, lista para degustar al llegar a la estación de Mataporquera. Una idea que se fue perfeccionando hasta presentarla a la empresa en el año 1915 que la aprobó de forma “oficial” poniéndola en práctica entre todos sus operarios, algunos de los cuales pasaban más de una semana fuera de sus domicilios.

REINOSA LAS OLLASCuadrillas cocinando ollas ferroviarias en la plaza del Ayuntamiento de Reinosa.

Al principio, las ollas de vapor para los maquinista se fabricaron en los propios talleres del ferrocarril, quienes a su vez tenían que proporcionar el puchero de porcelana. Formadas por una carcasa de chapa de hojalata, de forma cilíndrica, hermética, tenían un agujero en el fondo para expulsar el vapor de agua. En su interior se colocaba el puchero que recibía el vapor por una tubería de cobre que se introducía en la cámara entre carcasa y puchero y mediante un grifo en la carcasa se controlaba la cantidad necesaria para la cocción de la comida. El método “evolucionó” con los avances del ferrocarril (algún intento ya se había hecho antes), se sustituyó el vapor por carbón de leña o vegetal, y la “cocina” pasó a ocupar el furgón de cola. Por tanto, a lo largo de la historia ha habido dos tipos de olla: la “olla a vapor” que se utilizó hasta finales de los años 50 cuando la tracción de vapor fue sustituida por diesel, y la “olla de carbón” hasta finales de los 80 en que mejoraron de forma notable las condiciones de todo tipo. De esa manera tan ingeniosa solucionaron los trabajadores del ferrocarril su problema culinario, creando todo un “arte” que ha llegado hasta nuestros días.

La idea de la “olla ferroviaria” caló tan hondo en el personal que con ella se daba de comer a toda la brigada del tren, además de convertirse en un rito, no solo por la exquisitez de su guiso, sino también por el hermanamiento que provocaba en unos viajes tan largos. Una invención a la que se le añadió otra función nada desdeñable: ¡¡servía también de calefacción por el calor que emanaba!! Y más en los meses de invierno por unos parajes tan duros. En la olla ferroviaria se puede cocinar cualquier guiso o cocido tradicional, pero el más típico, el que le dio fama, es el guiso de patatas con carne de ternera; aunque también las alubias y los garbanzos estaban muy solicitados por la energía que aportaban, y más para aquellos viajes. Lo que empezó como un rudimentario artilugio de metal fue mejorando, y mucho, con el paso de los años, y en la actualidad se compone de dos partes: un recipiente metálico de tres patas construido en chapa, para el fuego con el carbón vegetal, y un puchero de porcelana esmaltada o de barro, donde se cocina el guiso.

Olla ferroviaria 06. ReinosaLa propuesta de cocinar una “olla ferroviaria” para celebrar la fiesta de San Sebastián siempre tuvo una gran acogida en Reinosa. Desde su inicio, con más de 40 ollas en concurso, la participación ha ido creciendo año tras año hasta alcanzar la cifra de 160 ollas en alguna de sus ediciones, sobre todo si su celebración coincide en fin de semana y además el tiempo acompaña. 

En Reinosa no puede faltar honrar a su patrono en su fiesta con una Misa Mayor en la Iglesia Parroquial a las doce del mediodía. Concelebrada por más de una docena de sacerdotes, muchos desplazados expresamente de toda la comarca de Campoo, ha sido presidida en más de una ocasión por el propio Obispo de la Diócesis. Una vez acabada la liturgia religiosa se inicia otro acto de los más esperados: ¡¡la “inauguración” de la fuente de vino!! A la una de la tarde, con la misma puntualidad que en las corridas de toros, la fuente de la Plaza del Ayuntamiento empieza a manar vino por un día para todos los asistentes que lo deseen. Por un caño vino “tinto” y por el otro “blanco”. A elegir. Seguido de cierta expectación, el alcalde es el encargado de accionar el grifo por primera vez y repartir jarras de vino entre los presentes. Un momento especial que permite comprobar como a su alrededor (del alcalde y del vino) merodean los políticos de turno, muchos venidos de fuera de Reinosa, que atraídos por la fama de su fiesta en estas ocasiones nunca faltan.

Una costumbre que data de finales del siglo XVIII (1774). Justo cuando finalizaron las obras de restauración de la iglesia de San Sebastián, el párroco, en señal de agradecimiento al pueblo por sus donaciones, y para festejarlo, invitó a beber vino a todos los reinosanos. Ni corto, ni tampoco perezoso, obsequió con varios odres para ser libados por sus vecinos. Dicen que fue tal la correspondencia con el regalo que algunos dieron “buena” cuenta del contenido, creándose a partir de ahí una leyenda que no vamos a a referir porque aún no se ha podido comprobar con hechos. La tradición de beber vino en la fuente-surtidor se remonta a finales de los años 80 con la remodelación de la céntrica plaza y así ha seguido hasta hoy. Cada 20 de enero, Reinosa siempre lo celebra con vino, además de forma gratuita, excepto algún año por problemas “logísticos” en el ingenioso artilugio, como conmemoración y honra a su patrono.

REINOSA LAS OLLASMomento en que el alcalde de Reinosa sirve las primeras jarras de vino a las autoridades de la región.

De los muchos reinosanos y visitantes que acuden todos los años a celebrar la fiesta de San Sebastián, son bastantes los que a lo largo del día siempre encuentran un hueco para beber su correspondiente jarra de vino con galletas, o, si la hora elegida lo permite, una buena ración del cocido preparado por los concursantes de las ollas ferroviarias. Si el buen tiempo acompaña, no siempre está asegurado, la fiesta se reparte aún más y muchas cuadrillas se animan a cocinar sus ollas, fuera del concurso oficial, por diferentes puntos de la ciudad. Una razón de peso que ha “obligado” al propio Ayuntamiento (normalmente al día siguiente) a habilitar el pabellón polideportivo o bien un hotel para celebrar una gran comida popular y de hermandad, a base de cocido de garbanzos (“cocido campurriano”) y postres típicos, con todos los participantes en el certamen como agradecimiento a su desinteresada labor. Pocas fechas son tan importantes para Reinosa como el día de San Sebastián, un santo que año tras año seguirá obrando el “milagro” de manar vino por la fuente, y un día marcado por la gastronomía y la tradición en el que la ciudad honrará a su patrono.

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