“El testamento final”. Sam Bourne

El testamento final 02“El testamento final” es el clásico thriller, Su argumento gira alrededor del conflicto israelí- palestino y una curiosa historia sobre el legado del patriarca Abraham. Con Jerusalén y su Muro de las Lamentaciones de telón de fondo nos ayuda a comprender, aunque sea de manera superficial, como a veces los intereses de las grandes potencias confluyen con el poder y la ambición personal bajo la apariencia del bien común.

Sinopsis
Jerusalén, año 2003. Un asombroso hallazgo arqueológico puede cambiar el rumbo de las negociaciones de paz entre Israel y Palestina. El profesor Guttman, un arqueólogo fundamentalista israelí, ha hallado, proveniente del saqueo del Museo Arqueológico de Irak, la tablilla que contiene el testamento de Abraham, donde se indica cómo palestinos e israelíes deberán repartirse las tierras. Una tablilla escondida por el arqueólogo poco antes de ser asesinado descifra su contenido. Ahora, su hijo y una intrépida mediadora de paz estadounidense deberán encontrarla para dar una solución definitiva a uno de los conflictos más persistentes de nuestro tiempo. Pero no son los únicos que la buscan. Ambos vivirán una apasionante aventura perseguidos por los servicios secretos de sus respectivos países”.

Sam Bourne (1967) es el pseudónimo del periodista inglés Jonathan Freedland, autor de destacadas novelas de suspense como “El juicio final” o “Los 36 hombres justos”, que algunos han querido comparar con Dan Brown y su simbología religiosa y apocalíptica. En “El testamento final” (2007) aporta su gran conocimiento del Oriente Medio por su dilatada experiencia como periodista durante más de 20 años en esa conflictiva región. Tras una corta puesta en escena nos traslada sin más al conflicto israelí- palestino y su proceso de paz tan deseado por unos y sin querer resolver por otros de ambas partes. Nos sumerge en el oscuro mundo de las presiones políticas, las cloacas del poder, que para conseguir sus objetivos, muchas veces contrapuestos, son capaces de llegar al asesinato.

“Yo, Abraham hijo de Teraj, ante los jueces doy testimonio de lo siguiente: la tierra adonde llevé a mi hijo para sacrificarlo al Altísimo, el monte Moria, esa tierra se ha convertido en fuente de discordia entre mis dos hijos, de cuyos nombres dejo constancia: Isaac e Ismael. Así pues, ante los jueces declaro que el monte sea legado como sigue…”. Así comenzaba el contenido de una tablilla en escritura cuneiforme encontrada por un niño durante el saqueo del Museo Arqueológico de Bagdad en la última guerra de Irak. Un tipo de escritura aceptada como una de las formas de expresión más antiguas, muy conocida en la época de Abraham (2150 a 2000 a.C.), y realizada en tablillas de arcilla húmeda con un tallo vegetal biselado en forma de cuña, de ahí su nombre.

Muro de las Lamentaciones 04Muro de las Lamentaciones de la ciudad de Jerusalén

Para situar un poco en contexto el hallazgo de la tablilla con las últimas disposiciones del patriarca Abraham, entre ellas el reparto de la Tierra Prometida, quizás convenga realizar una pequeña referencia sobre este personaje histórico (con ciertos añadidos legendarios para algunos), cuyo conocimiento el autor, con cierta lógica, da por supuesto.

Según la Biblia, Abraham nació hacia el siglo XV a.C. en Ur de los Caldeos, antigua Mesopotamia, en la desembocadura del río Éufrates, y murió en Hebrón, localidad de la actual Cisjordania en territorio palestino, a 30 Km. de Jerusalén. Su padre Teraj, décima generación descendiente de Noé, se desplazó más tarde con su familia hasta llegar a Jarán, ciudad estratégica situada al oeste de la actual Turquía, cerca de la frontera con Siria, en el cruce de Damasco y Nínive.

Abraham se casó con Sara que, además de ser su media hermana, era estéril. Obedeciendo un mandato de Dios, se marchó con ella y todo su séquito a Canaán, para llevar una vida nómada en el encinar de Siquem, dándole tierras para él y sus descendientes. Luego, siguió viajando hacia el sur, hasta el desierto de Neguev, en el límite con Egipto, y más tarde, a raíz de una época de hambre, hasta el interior de este país. Tras diversas vicisitudes decide regresar y se traslada al encinar de Mambré, cerca de Hebrón, donde construye un altar al Señor y tiene un hijo, Ismael, de Agar, esclava de Sara, considerado el padre de los ismaelitas (beduinos nómadas), pues su esposa no había podido concebir hasta entonces. Poco después le vuelve a visitar Dios en Mambré y le promete un hijo de la propia Sara. Esta, al oirlo, se rió, pues tenía ya noventa años, pero Dios cumplió su promesa y Abraham fue padre de Isaac, su nuevo vástago. Tenía noventa y nueve años cuando el Señor se le apareció y confirmó su pacto con él: “Sara dará a luz a un hijo que será llamado Isaac y la casa de Abraham deberá, a partir de entonces, circuncidarse”. En ese momento Agar es expulsada de la casa y se tiene que marchar con su hijo Ismael a vivir en el desierto.

El personaje de Abraham es muy conocido por el relato del sacrificio a Dios de su hijo Isaac. Tiempo después de su nacimiento, el Señor le ordena que le ofrezca a su hijo en la región de Moria (Moriah, en hebreo), viajando durante tres días hasta encontrar el túmulo (montón de tierra y piedras levantado sobre una tumba) que Dios le muestra. Mientras le ordena al siervo que espere, Abraham sube a la montaña acompañado tan solo por Isaac, quien lleva la leña para el sacrificio. A lo largo del camino, Isaac pregunta una y otra vez a su padre donde se encontraba el animal para la ofrenda, a lo que éste le responde que el Señor les proporcionaría uno. Justo cuando Abraham iba a sacrificar a su hijo, un ángel se lo impide diciendo: “No extiendas tu mano contra el niño, ni le hagas nada; pues ahora conozco que eres temeroso de Dios”, dándole a continuación un carnero que ofrece en lugar de su hijo. Como recompensa por su obediencia Abraham recibió la promesa de una numerosa descendencia y prosperidad; y así se cumplió a pesar de su avanzada edad.

Sacrificio de Isaac 02. Oleo de Paolo VeronesSacrificio de Isaac por su padre Abraham. Óleo de Paolo Verones.

Abraham, que murió a los 175 años, su hijo, Isaac, así como el hijo de éste, Jacob, son tenidos por patriarcas. Jacob, al que Dios renombró más tarde como Israel, tuvo doce hijos que llegaron a ser patriarcas de las tribus de Israel. Según la Biblia su familia creció y se convirtió en una gran nación. Es difícil valorar el trasfondo histórico de Abraham, pero no hay duda de su importancia tanto para la religión cristiana como judía, que siempre lo han tenido como modelo de hombre justo. Durante las épocas oscuras de la historia de Israel, los profetas hebreos siempre han intentado devolver la confianza a su pueblo recordando a Abraham y su alianza con Dios: “Considerad la roca de que habéis sido cortados, la cantera de donde habéis sido extraídos. Mirad a Abraham, vuestro padre”. Pero Abraham no sólo es una figura importante para la religión judía, también lo es para la religiones cristiana e islámica. Tanto San Juan Bautista como San Pablo se oponen a la creencia de que solamente sus descendientes carnales están llamados a la salvación en el día del Juicio Final. Según ellos, la promesa que le hizo Dios no se limitaba solo al pueblo judío, sino a todos. En la religión islámica Ibrahim (Abraham) es una figura central del Corán a quien se le describe como un profeta, un amigo de Dios, y el que se encuentra entre los justos. De ahí que judíos y árabes demanden su descendencia.

“El testamento final” se inicia en Jerusalén con los judíos y palestinos a punto de firmar un acuerdo de paz bajo la mediación de Estados Unidos, lo que aprovecha el autor para hacer un breve repaso de la historia de Israel, sus lugares emblemáticos y los acontecimientos bíblicos que marcaron el destino del pueblo judío. Todo gira en torno al testamento de Abraham, una tablilla capaz de cambiar el rumbo de las negociaciones, justo en el momento en el que el patriarca va a morir y se despide de sus hijos Isaac e Ismael. Una disputa que se centra en los derechos sobre el Monte Moriah, el lugar donde la fe de Abraham fue puesta a prueba y sobre el que se asienta la ciudad. Una tablilla que resolvería el dilema sobre quiénes son sus propietarios legales. En realidad, “El testamento final” no deja de ser un intento más por aportar serenidad y equilibrio a una situación tan conflictiva y de difícil solución. De lectura un poco lenta al principio, enseguida mantiene un buen ritmo. Acción e intriga, y una correcta documentación, son sus valores. Aunque, eso sí, visto desde el lado occidental y judío, algo simplista para una realidad tan compleja. No se le puede pedir mucho más a una novela que busca el entretenimiento.

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