“La Dama del Nilo”. Pauline Gedge

La dama del Nilo 04Hacía tiempo que no me “sumergía” en el Antiguo Egipto, un mundo tan fascinante como misterioso. Una civilización de más de 3000 años surgida de los asentamientos en las riberas del cauce medio y bajo del río Nilo, que tuvo tres períodos de esplendor: el Imperio Antiguo, el Medio y el Nuevo. Entroncada con este último, “La Dama del Nilo” es una interesante novela que narra la vida de Hatshepsut, primera mujer faraón, cuyo reinado abarca de 1490 a.C. a 1468 a.C., una época en la que el hombre era la cultura dominante. Su padre, el faraón Tutmosis o Tutmés I, recordado por los egipcios como uno de los reyes más poderosos de todos los tiempos, la había designado como única heredera en una decisión insólita, que al final pudo salir adelante en un mundo lleno de intrigas palaciegas.

Sinopsis
Mil seiscientos años antes que Cleopatra reinó en Egipto Hatshepsut, una mujer extraordinaria no sólo por su inteligencia y su belleza, sino también por ser la primera mujer en la historia que gobernó con plenos derechos en un mundo dominado por los hombres.

Según la tradición secular, los faraones de Egipto sólo podían gobernar si se casaban con una mujer de sangre real que, mediante el matrimonio, le otorgaba al hombre la condición de soberano. Tan arraigada costumbre iba a romperse por primera vez hace treinta y cinco siglos, cuando el faraón reinante dictaminó que su hija Hatshepsut, de quince años, fuera consagrada primera mujer faraón de la historia de Egipto.

Hábil en la administración, audaz en la guerra y, sobre todo, entregada a su tierra y a su pueblo, la “Dama del Nilo” supo defenderse de los celos y la insidia de sus enemigos y mantener el poder del Imperio en el apogeo de su gloria.

Una azarosa vida llena de apasionados amores y brillantes éxitos militares es la que nos narra Pauline Gedge (Auckland, Nueva Zelanda), una escritora que cultivó también la poesía durante muchos años, aunque nunca llegó a publicar sus trabajos. Fue ya bastante tarde cuando se dedicó a la novela histórica inspirada en el Antiguo Egipto con alguna incursión en el campo de la ficción contemporánea. “La Dama del Nilo” es precisamente su “opera prima” con la que ganó el concurso de nuevos novelistas de Alberta en 1977. Otras conocidas obras suyas son “El águila y el cuervo”, premio Jean Boujassy de la Société des Gens de Lettres en France, y “El Faraón”, mejor novela del año de la Asociación de Escritores de Alberta.

Presentación1

De acuerdo con la tradición, los faraones sólo podían ser descendientes directos del faraón o bien un noble desposado con una “divina consorte” (hija del faraón y su primera esposa). Tan solo el casamiento con una mujer de sangre real le otorgaba al hombre la condición de soberano. Una arraigada costumbre que se rompió cuando Tutmes I, el faraón reinante, eligió a su hija Hatshepsut para tan alto cargo ante el grave dilema que presentaba la sucesión por su hijo varón, que además de serlo de su segunda esposa y concubina, lo que le obligaba a casarse con una de las hijas de su primera esposa para poder gobernar, era un amante de los vicios y un verdadero pusilánime. Estaba seguro que, al tener que dejar el control del gobierno en manos de los sacerdotes, que le manipularían fácilmente, su subida al trono haría peligrar el gran poderío de Egipto. Su única esperanza era Hatshepsut, su hija pequeña, inteligente, audaz, constante, pero con un grave inconveniente:… ¡¡era una mujer!!, algo impensable para las ancestrales costumbres de la época. Pero Tutmes I no se dio por vencido y comenzó a tejer su estrategia. Convirtió poco a poco a su hija en una hábil guerrera y administradora y llegado el momento dictaminó que a su muerte sería consagrada como la primera mujer faraón de la historia de Egipto. Una decisión nunca aceptada por sus enemigos, ni tampoco por su hermanastro, que llevó a que los deseos de Tutmes I no fueran cumplidos a su muerte después de una conjura palaciega encabezada por el chaty (el más alto funcionario del Antiguo Egipto) y arquitecto real, el poderoso Ineni, quien consiguió sentar en el trono a Tutmosis II, el hijo nacido de la segunda esposa, tras verse obligada Hatshepsut a casarse con su hermanastro y ser tan solo la “gran esposa real”. Sin embargo, fue un reinado muy breve, con “golpe de Estado” incluido, que desembocó finalmente en la subida al trono de Hatshepsut tras autoproclamarse, con el beneplácito, esta vez si, de todos los sacerdotes, hija primogénita del dios Amón. ¡¡Un golpe de efecto magistral!!

Y hasta aquí el inicio de una historia llena de amores apasionados y brillantes éxitos militares a través de una entretenida lectura mezcla de realidad y ficción (algunas partes de la vida de Hatshepsut aún hoy son desconocidas) que nos transporta al Antiguo Egipto por un mundo político lleno de intrigas, traiciones y asesinatos. Sin destripar el argumento, más bien al contrario, tan solo como complemento, merece la pena citar algunas importantes singularidades que rodearon a su reinado de más de 22 años, como fueron su asunción de la Teogamia y las grandes obras de construcción y embellecimiento del país.

Mapa Tebas Oeste 01Mapa de los monumentos más importantes del Antiguo Egipto situados en Dehir el-Bahari, al oeste de Tebas, en una de las orillas del Nilo, entre los que se encuentra el gran templo funerario de Hatshepsut. (Fuente: Atlas ilustrado del Antiguo Egipto. Arte, historia y civilización. MC Guidotti, V. Cortese. Susaeta Ediciones).

Está claro que Hatshepsut, a pesar de los designios de su padre, no habría podido acceder al trono de no haber contado con el apoyo total de los sacerdotes. Con su ayuda se autoproclamó hija carnal del dios Amón, acto que se conoce como Teogamia o nacimiento divino (boda o unión sexual entre dioses o entre éstos y los mortales). De esa manera pudo declarar al pueblo egipcio que su verdadero padre no era Tutmes I, sino el propio Amón quien una noche visitó a la “gran esposa real”, su madre, permitiendo su concepción con el beneplácito de los demás los dioses. A Amón, representado por un hombre de piel rojiza o azul o en forma de un animal con cabeza de carnero, con un tocado de dos plumas sobre su cabeza, se le consideraba una deidad del aire, aunque más tarde se le asoció también a Ra, divinidad solar, bajo el nombre de Amón-Ra, convirtiéndose en la principal divinidad egipcia. Después de la asunción de la Teogamia, Hatsheput pasó a ser considerada una figura sagrada como se puede contrastar en algunos textos y efigies de los templos edificados durante su gobierno. Por ejemplo, en la Capilla Roja erigida por la propia Hatshepsut en el interior del Templo de Karnak existen referencias al oráculo de Amón que la confirma como faraón.

Son muy pocos los faraones que han recurrido a la Teogamia para validar su derecho al trono. En el caso de Hatshepsut tuvo que pagar un alto precio para asegurarse un reinado tranquilo con espléndidas donaciones y privilegios a los sacerdotes, dedicando gran parte de su tiempo y dinero a la restauración de los templos y el embellecimiento de Egipto. Aunque no fue en Karnak, uno de los lugares más venerados, donde desplegó su gran obra, sino en la orilla oeste de Tebas, la actual Luxor, la necrópolis de entonces. En aquella época, los faraones hacían construir, además de su propia tumba, un templo funerario algo más alejado que sirviera al tiempo para proteger y recordar al difunto. Hatshepsut escogió el paraje de Deir el-Bahari cerca del Valle de los Reyes para edificar el suyo. La tarea se la encargó a su arquitecto real Senenmut, y el resultado final fue una de las mayores joyas que aún se conservan del Antiguo Egipto. Conocido como el Dyeser-Dyeseru (“Sublime de los Sublimes”, “Maravilla de las Maravillas”), su estructura en forma de largas terrazas y rampas de suave inclinación se funde a la perfección con la roca del entorno. Uno de sus misterios radica en un sector sellado en la pared donde se puede observar por un lado a Hatshepsut en actitud amatoria y por la otra cara a Senenmut como receptor de la pose de la reina, lo que hace deducir un vínculo íntimo (prohibido por su linaje) entre el arquitecto y la reina faraón. Juntos iniciaron la remodelación de Tebas, la gran capital del sur de Egipto. Senenmut era un arquitecto que dominaba no solo su propio arte, sino también ciencias como la geometría y la astronomía. Así lo demuestra un habitáculo subterráneo del templo de la reina en Deir el-Bahari, que en principio se creía era su segunda tumba, que recoge en el interior de una de las cámaras el techo celeste más antiguo del mundo, donde se encuentran representadas todas las constelaciones y planetas conocidos.

Templo de Hatsheput 02

Templo de Hatshepsut en Dehir el-Bahari.

“La Dama del Nilo” fue para Pauline Gedge su primera incursión en la novela histórica con uno de los personajes más desconocidos y enigmáticos del Antiguo Egipto. Un relato llevado a través de las costumbres de una sociedad donde el politeísmo era el sistema religioso imperante, con unas descripciones espléndidas de la vida diaria en una comunidad de ritos ancestrales. Si bien no se puede decir que sea una gran obra, ofrece una espléndida visión de lo que significó ser la primera mujer en un mundo jerárquico dominado por hombres. Una entretenida historia que no defrauda, que nos adentra en una cultura milenaria, y con citas muy interesantes, algunas atribuidas a la propia Hatshepsut, como la llamativa y acertada: “No permitas que tu lengua escape a tu control”.

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