La inteligencia artificial, Alan Turing, y los drones

La inteligencia artificial (AI) es una disciplina surgida al final de la 2ª Guerra Mundial, así denominada por ser capaz de generar una inteligencia parecida a la del ser humano. En la actualidad se encuentra muy extendida por todo el mundo. Un ejemplo, por llamativo, son los famosos ‘drones’ (‘vehículos aéreos no tripulados’, VANT por sus siglas en inglés). Pilotados por control remoto, con aspecto parecido al de un avión, su uso en una primera etapa era básicamente militar. Sin embargo, cada vez se está utilizando más su control autónomo mediante vuelos preprogramados. En los últimos tiempos se han desarrollo tanto que apenas guardan semejanza con su diseño inicial. Pero siendo estrictos, los aparatos dirigidos a distancia no se pueden calificar como ‘drones’, que por definición operan sin la intervención humana para realizar su misión. Es decir, pueden despegar, volar y aterrizar de forma automática.

Drones 02Los ’drones’ están capacitados para efectuar tanto misiones de ataque como de reconocimiento, siendo actualmente los preferidos para las misiones demasiado “sucias o peligrosas”, aunque su uso cada vez es más frecuente en funciones civiles: labores de lucha contra incendios, seguridad, vigilancia de oleoductos,… Ha sido tan rápida su evolución que ya existe tecnología para crear ‘drones’ del tamaño de un mosquito capaces de espiar, fotografiar, y hasta matar directamente por medio de inyecciones. Incluso se está trabajando en la posibilidad de colocar chips en mosquitos reales para ejecutar las mismas funciones. Puede sonar a ‘teoría de la conspiración’, pero no es así. Los americanos y los rusos, y hasta los chinos, llevan mucho tiempo en este campo logrando importantes avances; muchos aún no han salido a la luz por razones estratégicas.

Pero hagamos un poco de historia. El término “Inteligencia Artificial” (AI) fue acuñado de manera oficial en 1956 durante la conferencia de Darthmouth (EEUU) por el científico estadounidense John McCarthy, si bien desde años antes se llevaba trabajando sobre distintas definiciones sin llegar a ser aceptadas en su concepto global. Considerada como el germen inicial, la idea de la conferencia era reunir a un grupo de investigadores (10) que quisieran trabajar en la conjetura de crear máquinas que simularan los diferentes aspectos y características de la inteligencia. Fallecido dos años antes, las ideas de Alan Turing tuvieron una gran influencia en su desarrollo. Todos creían que lo que denominamos pensamiento podía tener lugar fuera de la mente humana, y el ordenador el mejor instrumento para hacerlo. Matemático y criptógrafo, principal artífice en descifrar el código de la máquina Enigma durante la 2ª Guerra Mundial, Turing está considerado uno de los pioneros de la inteligencia artificial. Muy interesado en la computación, ha sido fuente de inspiración para muchos, aunque no todos están de acuerdo en la utilidad de sus postulados sobre si una máquina puede ser un ‘ente pensante’. En cualquier caso, nadie duda que fue un hombre adelantado a su época. Allá por 1950, con los ordenadores en sus primeros pasos, ya se encontraba entregado a uno de los grandes dilemas de la informática: ¿Pueden pensar las máquinas? Y a pesar de no disponer de argumentos convincentes, solía afirmar: “Las conjeturas son muy importantes porque nos muestran líneas útiles de investigación”.

Fue precisamente Turing quien contribuyó a la idea de generar una inteligencia que pudiese funcionar como la de un ser humano. De hecho creó una prueba, lo que hoy se conoce como ‘test de Turing’, para conocer si una máquina es ‘capaz de pensar’. Se trata de una adaptación del conocido “juego de la imitación” que consiste en colocar en una sala a un hombre y a una mujer y en otra distinta a un interrogador. Este último, en base a una serie de preguntas que tienen que responder por escrito, debe adivinar quién es el hombre, que siempre tratará de engañarle, y quién la mujer, cuya misión es ayudarle. O lo que es lo mismo, ambos, hombre y mujer, intentarán convencerle de que son la mujer. En el ‘test de Turing’ el hombre es sustituido por un ordenador y la idea es que si la persona que hace las preguntas no puede diferenciar entre el ser humano y la máquina, ésta será considerada un ‘ente pensante’. Turing venía a decir: “Si la máquina te contesta y tu no sabes distinguir si es una máquina la que te está contestando es entonces inteligencia artificial”.

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Enseguida aparecieron las primeras críticas, muchas basadas en motivos éticos y religiosos. Sobre todo de aquellos que consideraban que ninguna máquina podría acercarse a las capacidades del ser humano. Una de las objeciones más importantes era su falta de conciencia. Se decía que, además de generar sentimientos positivos o negativos sobre la información que le llega o acciones que realiza, para que una máquina tuviese capacidad mental debería tener conciencia. A pesar de todo, Turing estaba convencido de que los ordenadores podrían desarrollar tareas como las personas y que las dificultades de diseñar ‘máquinas pensantes’ eran básicamente de programación. Sugirió que para considerar válida la prueba de su test, la máquina debía convencer a un interrogador el 70% del tiempo tras 5 minutos de conversación. A día de hoy sus predicciones siguen siendo un desafío, aunque últimamente las películas de ficción nos están mal acostumbrando con robots letales indestructibles, capaces de tener conciencia de sí mismos y esclavizar a sus creadores. A pesar de que se ha avanzado mucho en el campo de la inteligencia artificial, aún se encuentra lejos de esas situaciones. Una de las mayores limitaciones es su imposibilidad de planificar como una mente humana. Por muy inteligente que sea, todavía no es capaz de prever algo inesperado para lo que no haya sido programada.

Donde si se ha producido un gran desarrollo es en el campo de los drones. Como hemos dicho, existe tecnología para crear drones del tamaño de un mosquito. Su capacidad para detectar a un enemigo e ir a por él cada vez es mayor. No solo eso, en el campo civil su evolución también está siendo muy fuerte. Por ejemplo, la firma Amazon ya dispone de un sistema de drones para repartir sus productos. Aunque lo tiene en período de prueba está funcionando bien. Sin embargo, no todo son parabienes, se han levantado bastantes voces críticas con la marcha o dirección de esta tecnología. El prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) ha alertado sobre el uso de drones señalando que no se puede ‘jugar’ con un tema que se puede escapar de las manos. Por ejemplo, si equipamos un ejército con inteligencia artificial con capacidad de decisión por si mismo: ¿qué puede pasar? Odisea del espacio 01Si hacemos lo mismo con nuestra vida o nuestras máquinas al final podría ocurrir como en la famosa película “2001: Una odisea del espacio” (1968) de Stanley Kubrick cuando el ordenador Hal 9000 (Heuristically Programmed Algorithmic Computer) se termina rebelando contra los hombres. Encargado de controlar las funciones vitales de la nave espacial Discovery, al estar programado para no recibir respuestas que tengan dudas su inteligencia artificial le hace cambiar drásticamente de comportamiento. Pese a ser una computadora heurística (muy semejante al pensamiento humano), ha sido planificado para cumplir sin objeciones las instrucciones originales recibidas, eliminando a los que dudan o son escépticos pues les considera “mecanismos fallidos”. En realidad lo que hace Hal es volverse contra sus creadores porque teme que lo desenchufen.

Reconocidos expertos en inteligencia artificial o la propia Universidad de Cambridge, que ha creado un seminario sobre el tema, apoyan esa posibilidad. No es ciencia ficción. De hecho existen estudios no solo para ver como utilizar los algoritmos (forma de usar la lógica) o las matemáticas para que las máquinas sean inteligentes, sino también como deben relacionarse para interpretar a los hombres. Por ejemplo ya se dispone de un software capaz de leer las emociones en el rostro de las personas con un acierto más que notable. Es posible que estemos más adelantados de lo que parece. Echando la vista atrás, basta recordar el caso de la máquina Enigma citado al inicio cuya historia real no se contó por muy diversas razones hasta la década de los 70. Una de ellas, no la única, porque tanto los americanos como los británicos siguieron vendiendo las máquinas a terceros países para de esa forma, como grandes conocedores de su técnica, poder intervenirlas y disponer de la información. A saber por un motivo similar cuantas de nuestras conversaciones estarán siendo interceptadas. Sin ir más lejos aún están recientes los últimos enfrentamientos entre Alemania y EEUU, teóricos aliados, por esta causa. En cualquier caso, en estos momentos el problema más preocupante de la inteligencia artificial se encuentra en su posible capacidad de reprogramación sin necesitar de las personas para tomar decisiones.

La carta firmada por miles de científicos contra los robots militares autónomos presentada el pasado mes de agosto en Buenos Aires en el mayor congreso del mundo sobre inteligencia artificial, liderada por Stephen Hawking, reconocido físico, y Toby Walsh, gran experto en el tema, es una clara señal de la gran preocupación que el asunto suscita entre la élite científica. Una actitud que se está extendiendo ante la posibilidad de abrir caminos muy peligrosos. Tras la pólvora y la bomba atómica, algunos lo han calificado como “la tercera revolución” en el arte de la guerra. Todos creen que ha llegado el momento de pararlo y fijar unas restricciones claras. Para muchos países este tipo de robots son una tentación muy fuerte. Como dice el propio Walsh: “Son mucho más baratos y eficaces que un soldado, no necesitan dormir ni comer, no sufren el frío ni el calor, y los podemos hacer tan pequeños que se pueden meter en cualquier parte”. La carta en ningún caso va contra los drones, porque al final de la cadena siempre se encuentra un ser humano que toma la decisión de disparar o no. Pero sí contra las armas autónomas como los llamados “robots asesinos”, y con más razón si pueden caer en manos de grupos terroristas que sin dudar los utilizarían para aterrorizar a la población. ”Un ‘robot asesino’ es mucho más sencillo de programar, una vez que se invente solo necesitas un buen hacker que sepa hacer el software o robarlo”, añade Walsh.

Es curioso que sean los propios especialistas en inteligencia artificial quienes hayan enarbolado la bandera de poner límites. Conocedores de sus enormes posibilidades para facilitar la vida de las personas, también son conscientes del gran peligro que supondría unos robots que puedan tomar decisiones de forma autónoma. Se sabe como programarlos para que maten, pero no como introducir una ética. Y no solo estas entidades virtuales están planteando este tipo de problemas, también otras aplicaciones de las que se comienza a hablar. Como los coches que se conducen solos, y en un momento determinado tendrían que tomar decisiones si otro vehículo en dirección contraria les viene encima. Y otras que poco a poco se están abriendo a la luz. Como resume Walsh: ”Tenemos que ir hacia adelante. La tecnología ha favorecido el enorme bienestar que tenemos. El cambio que llega con la inteligencia artificial es similar al de la revolución industrial. La gente dejó la agricultura por la industria, el campo por la ciudad. Ahora, los robots están destruyendo miles de puestos de trabajo. Y va a ir a más. Pero se crearán nuevos trabajos. Y aquí la clave es la educación. Una persona con mucha formación es mucho más difícil de reemplazar por un robot que alguien que solo cumple tareas mecánicas”.

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En realidad el concepto de inteligencia artificial no ha cambiado mucho desde sus inicios allá por los años cincuenta del siglo pasado con Alan Turing: “Sistemas de computación capaces de realizar tareas reservadas desde siempre a la inteligencia humana”. Sin embargo, en los últimos años se ha establecido una carrera por desarrollar los drones más letales, incluso robots asesinos y otras aplicaciones, que empieza a ser preocupante. Hasta el punto que han puesto a la comunidad científica en alerta. Ahora mismo, la inteligencia artificial es un ‘software’ que expresa emociones, pero no las siente; no surgen como tal, sino de un algoritmo matemático. Aún nos encontramos lejos de los robots con conciencia, pero el debate está ahí. Voces autorizadas han encendido la alarma. Hace pocos meses Bill Gates lo advertía en una entrevista: “No entiendo por qué no hay más gente preocupada por esta cuestión: la inteligencia artificial es una amenaza real”. Y poco antes, Stephen Hawking, posible candidato al premio Nobel de Física 2015, también decía: “De seguir así podría ser el final de la raza humana: los robots podrían empezar a rediseñarse a sí mismos a una velocidad a la que nosotros, los humanos, no podríamos competir”.
¡¡Ha llegado pues el momento de establecer límites!!

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