El Everest, la zona de la ‘muerte’ y el mal de altura

Se cumple un año del fatal terremoto, en realidad fueron dos pues ocurrieron en fallas distintas, acaecido en Nepal y la cordillera del Himalaya. Aparte de la enorme tragedia humana con más de 8000 muertos, 14000 heridos, y 8 millones de personas afectadas (la peor catástrofe natural del país en 80 años), dejaron tras de si una serie de movimientos sísmicos cuyas consecuencias aún siguen siendo analizadas. Además de determinados fenómenos que podrían dar lugar en el futuro a erupciones volcánicas o tsunamis, la NASA ha puesto en alerta sobre la posible alteración de la atmósfera por la penetración de las ondas de energía en la zona de la ionosfera. Hasta el propio monte Everest, situado muy cerca del epicentro, resultó modificado en su tamaño con una disminución en altura de casi 2,5 cm y un desplazamiento horizontal cercano a los 2 m. Las graves consecuencias que trajo para Nepal que analizaremos en un próximo post nos servirán de introducción para hablar de otros desastres acaecidos en la montaña más alta de nuestro planeta Tierra, y que son también como pequeños ‘terremotos’ a los que apenas se les da importancia.

Epicentros terremotos 02Situación epicentros de los dos terremotos sucesivos en Nepal en los meses de abril y mayo 2015.

Se trata de las muertes, demasiadas, provocadas por la proliferación de expediciones ‘comerciales’ en su intento de alcanzar la cumbre de la legendaria montaña. La subida hasta la cima del Everest situada a 8848 metros de altura se está convirtiendo en una ‘romería’ de gente muchas veces con fatales consecuencias. En medio de un clima extremo, con una temperatura media en lo más alto de -36 °C (en los meses fríos puede llegar a -60 °C y -20 °C en los mas cálidos), sin tener en cuenta la influencia del viento que provoca una sensación térmica menor, la mayoría de este tipo de ‘escaladas’ se concentran en los meses de abril y mayo, antes de que llegue el verano y la estación de los monzones. Para su ascensión se suelen utilizar dos rutas principales: una por la cara sudoeste desde Nepal, y la otra por la ruta noreste desde el Tíbet. La sudoeste, menos difícil técnicamente, y también la más usual, es la misma que recorrieron Hillary y su guía sherpa Tenzing en 1953 cuando consiguieron llegar a la cumbre por primera vez y luego regresar con vida.

Todas las rutas abiertas en el Everest tienen algo en común: a partir de los 7900-8000 m. de altitud se hace necesario atravesar la llamada “zona muerta” o “zona de la muerte”. Así definida en 1953 por el médico suizo Edouard Wyss-Dunant, es el lugar a partir del cual el hombre ya no puede aclimatarse. Tan solo puede adaptarse durante un período de tiempo muy limitado sin llegar a recuperar todo el gasto de energía mientras se encuentra en reposo. Allí, incluso por periodos cortos menores de un día, la vida humana es prácticamente imposible. Una situación que se torna todavía más difícil en el Everest donde las temperaturas pueden descender a niveles tan bajos que implican la congelación de cualquier parte del cuerpo expuesta al frío, aunque sea de forma mínima. Además, una nieve totalmente congelada, muy resbaladiza, que aumenta el riesgo de deslizamientos y caídas, y una velocidad del viento que puede soplar hasta 135 Km/h, hacen que el peligro potencial para cualquier montañero sea tremendo.

Zona de la muerte 02Situación de la “zona de la muerte” del Everest y los distintos campamentos base.

La gravedad del mal agudo de montaña (MAM), más conocido como “mal de altura”, mal de páramo, soroche, o puna, producido por falta de adaptación del organismo a la hipoxia (falta de oxígeno), está en relación directa a la velocidad de ascenso y la altitud, y lo más normal es que desaparezca a medida que se desciende. El riesgo de sufrirlo ya aparece a partir de los 2.400 metros, pudiendo provocar alucinaciones, incluso euforia, sin permitir al afectado ser consciente de su situación física real. Según los expertos, en la “zona de la muerte” del Everest una persona dispone entre 1 y 2 minutos de plenas facultades para tratar de solventar la situación una vez iniciados los síntomas, viniéndose totalmente abajo a partir de los 20-25 minutos. La presión atmosférica en la cima, alrededor de un tercio de la existente a nivel del mar, hace que la cantidad de oxígeno respirable esté en la misma proporción y por tanto, los alvéolos pulmonares (pequeñas ‘bolsas’ de aire) no son capaces de transportar a la sangre la misma cantidad que en una situación a mayor presión. Si una persona no se encuentra bien aclimatada, el “mal de altura” puede provocar edema cerebral y pulmonar, siendo ésta una de las principales causas de muerte en altura, aunque los síntomas más normales son mareos, dolor de cabeza, náuseas y agotamiento físico. Además, otros sistemas del cuerpo humano como el digestivo tampoco funcionan correctamente; lo hacen con mayor lentitud, generando a su vez un mayor consumo de energía. Por ejemplo, para poder dar un paso en la “zona de la muerte” los escaladores deben respirar unas 15 veces más de lo normal, y cuando alcanzan la cumbre, más o menos a las 10 horas de trayecto, llegan a gastar entre 12000 y 15000 calorías, es decir unas 8-10 veces de lo que requiere nuestro cuerpo en un día normal. Aunque es difícil prevenir el “mal de altura” en cierta  manera se puede hacer subiendo de manera lenta, pues la mayoría de las veces los síntomas son temporales y pueden reducirse conforme se realiza la aclimatación a la altura. Pero de lo que no existe duda alguna es que en casos extremos puede llegar a ser fatal.

A lo largo de la historia han sido muchos los alpinistas que han sucumbido en los últimos 850 metros que preceden a la cima del Everest, su “zona de la muerte”. Un equipo de investigadores dirigidos por médicos del Hospital General de Massachussets ha investigado las causas de cada una de las 212 muertes registradas entre 1921 y 2006 (a día de hoy se acercan a las 300) y los datos analizados revelan que la mayoría de los fallecidos mostraban síntomas como confusión, pérdida de coordinación física, e incluso pérdida de conocimiento. Todo apunta a un edema cerebral provocado por la ruptura de los vasos sanguíneos del cerebro a causa del exceso de altura. Aunque sorprenda, apenas figuran muertos por avalanchas o desprendimientos del hielo. Se ha comprobado además que el número de víctimas entre los guías sherpas (que viven en las zonas cercanas) es mucho menor; seguramente por estar mucho mejor aclimatados. Sin embargo, y a pesar de todas estas  dificultades, la ‘conquista’ del Everest se ha convertido en un gran peligro potencial por la cantidad de gente que lo sigue intentando. En muchos casos sin la necesaria preparación. Desde empresarios y altos directivos (con alto poder adquisitivo) a escaladores profesionales (que desean batir récords sin sentido) todo está mercantilizado. Las condiciones, y por tanto el riesgo, dependen del dinero, del viaje contratado, o de las directrices emanadas desde cada equipo ‘comercial’, y aunque la ruta de ascenso parte de un primer campamento base, pasando luego, por razones de seguridad y aclimatación, por otros situados a diferentes alturas, no siempre se cumplen los requisitos establecidos. Muchos ‘turistas’ con dinero suficiente, sin calcular el peligro que supone, ni importarles las reglas alpinas, están dispuestos a todo con tal de intenta alcanzar el techo más alto de la Tierra.

Excursión 01Cola de alpinistas intentando hacer cumbre en el Everest.

Uno de los aspectos más importantes que debería tener en cuenta todo aquel que lo ‘toma’ como una aventura es que a partir de los 8000 m. (antes también pues los problemas de falta de oxigeno se notan a partir de los 2400 m.) está exponiendo su vida. Por ejemplo, si cayese al suelo, y no se pudiese levantar por si mismo, es casi imposible que el grupo que le acompaña sea capaz de sacarle de la zona: ¡si lo intentasen estarían poniendo en peligro su propia vida! A esa altitud un montañero bien entrenado por cada paso que da necesita al menos tres respiraciones (incluso en reposo) para suministrar el oxígeno necesario, además del fuerte trabajo adicional que supone cargar con todos los útiles. Tampoco un helicóptero ‘normal’ podría acceder. Solo un Eurocopter ‘especial’ logró llegar a la cumbre en el año 2005 y mantenerse estable durante unos minutos. Pero sin llegar a posarse del todo, pues se hubiera hundido en la nieve. Por tanto, un escalador afectado por el “mal de altura” solo puede recibir asistencia médica muy limitada. En esa situación extrema, siempre que pueda hacerlo por si mismo, ¡la única solución eficaz es descender! De no ser así, el tiempo de permanencia en la “zona de la muerte” es tan limitado que los más probable es que sus compañeros (o los escaladores que haya acudido), ¡por muy duro que suene!, se vean obligados a abandonarle. El riesgo de intentar sacarlo hace que el trabajo sea prácticamente inviable. Es más, cuando alguien fallece en esa zona nadie se plantea mover su cadáver, quedando su cuerpo en el mismo punto donde cayó o se sentó, para terminar al final congelado o petrificado.

De los escaladores fallecidos en el Everest (más de 250) alrededor de 150 nunca han sido encontrados, y del resto más de 50 aún se pueden ver desperdigados a lo largo de las rutas más utilizadas; han quedado al descubierto en el mismo lugar donde cayeron, siendo necesario en ocasiones sortear sus cuerpos a medida que se asciende. Es el caso de Peter Boardman desaparecido en 1982 que fue encontrado 10 años más tarde en la misma posición de sentado como si estuviera durmiendo. Algunos hasta son utilizados como puntos de referencia en la escalada recibiendo distintos nombres por su posición. Uno de los primeros en ‘encontrar’, quizás el más famoso, es el ‘saludador’, así llamado porque su cadáver quedó petrificado con un gesto de saludo en sus brazos. El segundo más conocido es el “botas verdes” por el vistoso color fosforito del calzado que llevaba. Corresponde a Tsewang Paljor que pereció de frío durante el desastre de 1996 y sus restos se hicieron populares porque todo montañero que accede por la ruta sur siguiendo la cordada establecida tiene que pasar por su lado a menos de un metro, casi apartándose para evitarlo.

El saludador y botas verdesA la izquierda, “el saludador”, el más famoso y uno de los primeros cadáveres que se encuentran durante la ascensión al Everest. A la derecha el “botas verdes”, el segundo cuerpo más conocido. Pertenece a Tsewang Paljor y pereció por el frío durante el desastre de 1996. Su cuerpo fue encontrado postrado en la llamada “cueva de roca” y todo aquel que accede por la ruta sur tiene que pasar por su lado, a menos de un metro.

Uno de los mayores desastres ocurridos en el Everest sucedió en 1996. El 10 de mayo de ese año, 33 personas intentaban subir a la cumbre cuando una tormenta se adelantó a los pronósticos desencadenando la mayor tragedia de su historia. Tres expediciones coincidieron en el intento, ocho personas fallecieron ese día durante el descenso de la cima, entre ellos los directores y guías de montaña de las más importantes compañías del mundo, y cuatro más al mes siguiente como consecuencia de las lesiones producidas. El día de hacer cima ya había tenido un mal comienzo, pues las cuerdas fijas no estaban instaladas provocando un retraso de varias horas, al que se sumó una desesperante lentitud e inexperiencia de la mayoría de los clientes que hasta entonces no habían ascendido ninguna montaña ocho mil. Una ética comercial que fue muy criticada a pesar de que había tres guías por expedición, un sherpa por cliente, cuerda fija (no instalada a tiempo), y oxígeno (que al ralentizarse la ascensión se acabó antes de lo previsto). También fue objeto de gran controversia la decisión de Anatoly Boukreev, uno de los guías, experto escalador, de los más fuertes del momento, de no usar oxígeno mientras abría huella y guiaba la ascensión. Mientras estuvo esperando en la cumbre por el resto comenzó a sentir mucho frío, decidiendo entonces bajar por su cuenta al Collado Sur para preparar líquido y ayudarles cuando descendieran. Recibió tremendas críticas por no utilizar oxígeno en el ascenso, pues así hubiera podido estar en la cima apoyando a sus clientes en apuros sin necesidad de subir de nuevo a por ellos cuando la tormenta se había desencadenado. Aunque luego consiguió salvar tres vidas, para algunos su mala decisión (que consultó con su jefe al cruzarse) contribuyó a la tragedia.

Araceli Segarra, que precisamente ese año 1996 se convirtió e la primera mujer española en subir al Everest, formaba parte del equipo de rescate. En una entrevista para el programa de radio “Al primer toque” contaba como vivió aquellos momentos integrada en otra expedición, coincidiendo en el campo base y también en la montaña con dos de las expediciones comerciales. Extraemos algunos párrafos:

“Nosotros fuimos para rodar un documental en formato Imax con cámaras gigantes, éramos una expedición internacional. Había 10 expediciones más en el campo base, para la época era bastante, pero comparado con la actualidad era poco. Dos de esas expediciones eran comerciales e importantes. Hasta la fecha había habido muy pocas de este estilo. Tenían marcadas las fechas de cumbre, así que tuvimos una reunión y acordamos que el equipo Imax iría delante porque no queríamos filmar a una multitud de gente”.

“En el campamento 3 (C3) pasamos una noche de perros y decidimos que aquello no estaba en condiciones y nos bajamos. En el descenso nos cruzamos con las expediciones que subían y les dijimos: ‘nosotros no lo vemos’, pero ellos decidieron seguir. Pasaron la noche en el C3, hubo un accidente y tuvimos que subir a rescatar un taiwanés (que falleció) y retirar su cuerpo de la ruta. Las expediciones siguieron al C4 y luego llegó el día de cumbre. Eran tres, las dos comerciales y la del taiwanés, que en el fondo también era comercial porque iba una persona con guía, no un alpinista puro y duro. Se juntaron las malas decisiones y la mala suerte. Aclaro esto porque las malas decisiones no siempre implican desastre. Además, las circunstancias eran complicadas, algunas personas estaban enfermas, otras no sabían demasiado de montaña, aunque había gente que sí”.

“De repente llegó una tormenta que sorprendió a gente bajando demasiado tarde de la cumbre. Una serie de personas desaparecieron, otras murieron, a otras se las dio por muertas, como a Beck Weathers, pero no se habían muerto. Fue un desastre, había mala comunicación y mala organización. Nosotros estábamos en el C2 viendo y escuchando lo que pasaba. Cuando vimos que se necesitaba más gente de apoyo ofrecimos oxígeno, comida, tiendas y todo lo que teníamos en el C4 para nuestro hipotético ataque a cumbre”.

“Subimos, intentamos hacer el rescate, alguien convenció a un piloto nepalí para que fuera hasta ahí y nosotros llegamos justo para meter en el helicóptero a Beck Weathers y al taiwanés que quedaba con vida. Sacamos a varias personas y nos fuimos a descansar. Diez días después hicimos cumbre”.

“Durante el ascenso, en la cima sur, encontramos el cuerpo de Rob Hall, éramos los primeros que lo veíamos. Durante el descenso también vimos a Scott Fischer y a la japonesa Yasuko Namba. Da pena, mucha pena y te replanteas por qué haces las cosas. Luego, gracias al compañerismo, ves que lo estás haciendo bien y que formas parte de un equipo de gente que lo da todo, que decide no filmar todo aquello porque antes hay que ayudar. Eso te da la certeza de que estás con las personas correctas. Hemos hablado con muchos alpinistas, y al final siempre surge la misma pregunta: ¿la montaña te insensibiliza? ¿Hay que insensibilizarse a esa altura para poder sobrevivir tanto física como mentalmente? Yo no me insensibilizo, todo lo contrario, subía pensando en ellos y con mucha pena. Cuando bajé me puse a llorar. Lo que sí te insensibiliza es cuando tienes que actuar rápidamente ante una emergencia, te planteas lo que puede ser un rescate, una tragedia. No sabes cómo actuar, ni si podrás hacer algo. Al final reaccionas, de alguna manera tu mente está preparada para actuar de manera efectiva, rápida y precisa en esos momentos. Cuando ha pasado, no haberme vuelto insensible creo que es una gran victoria. En el momento que esto me resulte frío creo que habré dejado de ser la persona que siempre he sido, y no quiero”.

“El tema de la competición entre las dos agencias lo desconocía, nunca tuve esa sensación mientras estaba ahí. Hasta un punto, el que haya dos expediciones comerciales es bueno porque cada uno hace una parte del trabajo y no queda toda la responsabilidad sobre una de ellas. Siempre es así, hasta cierto punto cuanta más gente haya, mejor. Así los trabajos, la carga y el gasto se distribuyen. Esa es la parte sobre la que necesito recabar información porque yo no lo sabía ni lo sentí”.

“Anatoli Bukreev era una bestia, era tan fuerte sin oxígeno como lo podíamos ser nosotros con oxigeno. Hay un libro escrito por su mujer que creo que no se ha traducido al español y en el que, por lo visto, ella es capaz de expresar mejor y ser más concisa con los conceptos. Transmite mejor la realidad sobre como era él y sus capacidades. Él fue el único que subió hasta donde estaba Scott, fue el único que salió dos veces de la tienda para rescatar a Sandy Pittman y a su grupo. Iba sin oxígeno, pero hizo mejor trabajo que algunos de los que lo llevaban. Yo no me atrevo a juzgarlo y no lo haré nunca”.

Rutas ascenso Everest 01Vías de ascenso al monte Everest. En rojo la ruta de Hillary y el guía sherpa Tenzing por la vía Sur, la más utilizada.

El uso de botellas de oxígeno durante la ascensión al Everest siempre ha sido un tema controvertido. Aunque parece que al final lo utilizó, George Mallory, escalador británico que tomó parte en las tres primeras expediciones a la mítica montaña (1921-1922-1924), lo consideraba antideportivo. Desaparecido junto con su compañero de cordada Andrew Irvine a más de 8000 m., su cuerpo no fue encontrado hasta 75 años después (1999). Todavía hoy persiste la duda sobre si llegaron a hacer cumbre. De ser cierto se habrían adelantado en 29 años al primer ascenso ‘oficial’ realizado por Edmund Hillary y Tenzing Norgay en 1953, que también lo usaron. Durante los siguientes 25 años su empleo fue considerado normal en cualquier intento de escalada. Hasta 1978 en que Reinhold Messner y Peter Habeler lograron ‘pisar’ la cima sin utilizarlo. ¡Fueron los primeros en realizar toda la escalada sin oxígeno!

El desastre de 1996 intensificó aún más el debate. Bastantes ‘puristas’ dijeron que el uso de oxígeno embotellado permitía intentar la ascensión a escaladores poco cualificados, lo que conllevaba a situaciones difíciles, incluso más muertes. Sin embargo, gran parte de la tragedia se debió al excesivo número de escaladores que intentaron hacer cumbre el mismo día (33) provocando fuertes atascos en el denominado ‘escalón de Hillary’ que retrasaron demasiado la escalada. Muchos alcanzaron la cima pasadas las 2 de la tarde, una hora de regreso más tardía de lo habitual con el riesgo que ello suponía. Fue a partir de entonces cuando algunos expertos propusieron la prohibición del oxígeno excepto para casos de emergencia, argumentando que, además de evitar la contaminación de la montaña por la gran cantidad de botellas tiradas en sus laderas, de esa manera los montañeros menos cualificados ni siquiera lo intentarían sabedores de los riesgos.

Gracias a la mejora de la técnica y del material de escalada, a partir de la década de los 90 se puso de moda subir a las montañas más altas de nuestro planeta, siendo el Everest uno de los destinos más codiciados. Hasta el punto de llegar a masificarse. El propio Gobierno de Nepal contribuyó a propiciarlo pues suponía una gran fuente de ingresos (del orden de 10000 dólares por alpinista solo por el permiso de escalada). Turistas acaudalados, sin calcular riesgos ni respetar los cánones establecidos, con tal de llegar a la cima más alta de la Tierra podían permitirse pagar importantes cantidades de dinero. Se calcula que desde la primera ascensión realizada en 1953 por Hillary y Tenzing el número de intentos para hacer cumbre supera los 10000. Muchos sin éxito. Pero lo más grave es que cerca de 300 montañeros han perdido su vida en el intento. La mayoría abandonados en la “zona de la muerte”.

A estas alturas, y nunca mejor dicho:
¿Se habrá convertido el Everest en una especie de ‘circo’?
¿Se retirarán algún día los cadáveres de sus laderas?
¿Se empezarán a respetar los cánones alpinos?
¿Se luchará contra la masificación de las montañas más altas del planeta?

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