“Houston, tenemos un problema”. Apolo XIII: el éxito de un fracaso

Todos huimos del fracaso. Fallar no es algo positivo: implica no lograr lo que se pretende. Negativo casi siempre, en ocasiones es inevitable. Sin embargo, hay quien afirma que “el fracaso es el condimento que da sabor al éxito”. Por eso saber analizar nuestros fallos suele ser una de las claves para el triunfo. Desde hace algún tiempo en determinados entornos se viene ‘glorificando’ al fracaso como si elevase a un estado superior desde el que se pueden hacer cosas difíciles o ver aquellas que otros no ven. Incluso hablar de él sin mencionar las consecuencias negativas, que son muchas. En general no se aprende más del fracaso que de un éxito. Al contrario. La investigación llevada a cabo por Mark H. Histed, doctorado por el Instituto de Tecnología de Massachusetts, profesor de Neurobiología en la Universidad de Harvard, señala que “el cerebro es mucho más receptivo al aprendizaje después de un éxito que de un fracaso”. Nada pues lleva mejor al éxito que el propio éxito.

Exito y fracaso 01

Esta introducción viene motivada por lo que se ha calificado como el ‘fracaso más glorioso en la historia de la NASA’: la misión Apolo XIII. Pero antes hagamos una pequeña mención a la denominada ‘carrera espacial’ que duró desde 1957 a 1975. Resultado de la fuerte competencia entre EEUU y la Unión Soviética por explorar el espacio con sus satélites y naves tripuladas, si bien sus raíces se encuentran en las fuertes tensiones entre ambos países tras la 2ª Guerra Mundial, su comienzo real se produce con el lanzamiento por los rusos del primer cohete Sputnik 1 el 4 de octubre de 1957. A partir de entonces se convirtió en una parte importante de su rivalidad cultural y tecnológica en el período de la Guerra Fría. Una influencia que, además de efectos psicológicos, derivó hacia potenciales aplicaciones militares. Una ‘carrera’ cuyo auge se enmarca en la década de los años 60 del siglo pasado y el espléndido colofón de la llegada de la nave Apolo XI a la Luna el 20 de julio de 1969 y consiguiente paseo por su superficie de los astronautas Armstrong y Aldrin. Para muchos el cénit y al tiempo el inicio de su ralentización o final, a pesar de que más tarde se produjeron otros cinco alunizajes y los científicos soviéticos siguieron adelante con sus proyectos. A partir de ahí la NASA se empezó a marcar otro tipo de objetivos al considerar que con el paseo lunar ya habían ‘ganado’ la ‘carrera’. Aunque no todos están conformes con esa fecha final: son bastantes los que la fijan en el 17 de julio de 1975 con la misión conjunta o encuentro de las naves Apolo (última del programa) y Soyuz, cuyo acoplamiento durante 44 horas permitió a los astronautas de ambos naciones pasar de una nave a otra y participar en los distintos experimentos y maniobras. Se puede afirmar que el término ‘carrera espacial’ quedó entonces definitivamente aparcado.

Encuentro Apolo-Soyuz 1975Encuentro de las naves Apolo y Soyuz el 17 de julio de 1975, que para muchos marca el final de la ‘carrera espacial’.

La ‘carrera’ entre las dos grandes superpotencias por la conquista del espacio está marcada por grandes éxitos, pero igualmente de estrepitosos fracasos. No obstante, algunos de éstos en determinadas ocasiones, pocas, al final se convirtieron también en un éxito. Fue el caso de la misión Apolo XIII comandada por James Lovell con John L. Swigert y Fred W. Haise como pilotos, que a pesar de los muy graves problemas por los que pasó su tripulación ha sido calificada como ‘el fracaso con más éxito de la historia de la NASA’, y que quedó inmortalizada con la famosa frase: ‘¡Houston, tenemos un problema!’. Séptima misión tripulada del Programa Apolo USA y tercera con el objetivo de llegar a la Luna, tras su lanzamiento el 11 de abril de 1970 el viaje fue abortado dos días después a causa de la explosión de uno de los tanques de oxígeno que inhabilitó el módulo de servicio y afectó al módulo de mando obligando a los astronautas a utilizar el módulo lunar como ‘salvavidas’.

Ya durante el despegue se produjo un pequeño incidente al apagarse el motor central de la segunda fase dos minutos antes de lo previsto, lo que forzó a los cuatro restantes a estar más tiempo encendidos para compensarlo. No fue impedimento para que la nave pudiera seguir hasta la órbita de estacionamiento donde se efectuó la inyección translunar con éxito, pero volando directos hacia la Luna a unos 320000 Km. de la Tierra, cuando desde el control de Houston se solicitó a la tripulación que pusieran en marcha los ventiladores de los tanques de hidrógeno y oxígeno, transcurridos solo 93 segundos los astronautas escucharon una gran explosión que en principio achacaron al impacto de algún meteorito con la nave. ¡La realidad era mucho peor! Uno de los dos tanques de oxigeno del módulo de servicio era el causante. El deterioro del aislamiento de los cables del termostato había provocado un cortocircuito, incrementando el fuego la presión hasta romper la cúpula del tanque, lo que unido a otros problemas en cadena obligaron a la tripulación a apagar el módulo de mando y pasar al módulo lunar. Una medida que, sugerida en el entrenamiento previo, nunca había sido considerada como un posible suceso.

Apolo XIII 02La nave Apolo XIII formada por los módulos de mando ‘Odyssey’, de servicio, y lunar ‘Aquarius’.

El director de vuelo, Gene Kranz, canceló de inmediato la misión con una primera orden: ¡restablecer la trayectoria! El problema se presentaba con los suministros del módulo lunar previstos solo para mantener a dos personas dos días y no a tres durante cuatro. Al estar impulsado por baterías, la energía eléctrica y el agua eran suministros críticos; no así el oxígeno diseñado para las necesidades de presurización de cada paseo lunar. También se dieron cuenta de que el aire se saturaba de dióxido de carbono (CO2) y solo tenían una cantidad limitada de hidróxido de litio para su eliminación. ¡Un problema serio! Aunque en el módulo de mando disponían de más cantidad, sus sistemas no eran compatibles en principio. Si querían salir del apuro necesitaban sustituir los extractores circulares (ya sucios) por los del módulo de mando de diseño cuadrangular. ¡Era como encajar un cuadrado en un círculo! Algo bastante difícil.

En un tiempo record los ingenieros de tierra se vieron obligados a crear un adaptador improvisado con los elementos disponibles en la nave por muy raros que pareciesen, utilizando desde ¡la tapa de un manual de vuelo hasta… unos calcetines! De esa manera tan ingeniosa, transportando el aire por una manguera, lograron acoplar los extractores en forma de cubo del módulo de mando a las entradas cilíndricas del módulo lunar. Un ‘invento’ al que los astronautas llamaron ‘buzón’ (‘mailbox’), que fabricaron siguiendo las instrucciones de la unidad de Houston y con el que pudieron sobrevivir hasta su reentrada en la atmósfera. Una ‘aventura’ culminada felizmente con el amerizaje en el sur del océano Pacífico, aunque antes tuvieron que pasar 4 largos minutos de espera, tiempo que en todo vuelo espacial se interrumpen las comunicaciones con el centro de control. Conocido como ‘velo negro’, en esta ocasión duró 33 segundos más de lo previsto llevando al límite la preocupación hasta que por fin el módulo ‘Odissey’ restableció el contacto por radio tras haberse desprendido antes en órbita del módulo lunar ‘Aquarius’, su ‘salvavidas’, que se quemó en la atmósfera para reducir las posibilidades de contaminación de un generador nuclear en miniatura que llevaba a bordo en su caída al océano.

Modulo de mando 01
Modulo de mando ‘Odyssey’ en el momento de ser izado a bordo del buque USS Iwo Jima tras su amerizaje en el océano Pacífico.

Así fue como la lista de accidentes mortales en el interior de una nave del programa espacial USA, que se había iniciado en 1967 con el fallecimiento de la tripulación de la nave Apolo I tras un incendio en su cápsula en una prueba en tierra, estuvo a punto de incrementarse tres años más tarde como consecuencia de la explosión de uno de los tanques de oxígeno de la nave Apolo XIII a unos 320.000 Km. de la Tierra. Su tripulación vivió durante casi cuatro días uno de los dramas más épicos de la historia espacial. Calificado por  Gene Kranz, director de vuelo de la NASA, como “el fracaso más exitoso”, una serie de fallos humanos desencadenó una crisis de incalculables consecuencias. Por suerte todos se solucionaron gracias a la profesionalidad del personal involucrado en la misión, pero también, todo hay que decirlo, por una cierta dosis de fortuna.

Hay quien sitúa el origen de la explosión del tanque de la nave Apolo XIII años antes de su lanzamiento cuando a la empresa encargada de la construcción de los módulos de mando y de servicio (bajo supervisión de la NASA) se le exigió que el sistema eléctrico, diseñado en principio para funcionar a 28 V c.c., fuese también compatible con los 65 V. c.c. de las instalaciones del Centro Espacial, Era una manera de simplificar los procedimientos y pruebas a realizar en tierra. Sin embargo, como en todo proceso donde se incrementa el número de variables de intervención, al final fue una de ellas la causante de lo que pudo ser una gran catástrofe: ¡los contactos del termostato con el calentador de los tanques de oxígeno! a los que nadie dio importancia en esa etapa de diseño.

También fue una curiosa (y fatal) coincidencia que uno de los tanques el año anterior al lanzamiento sufriese una caída desde una altura muy baja (apenas 5 cm.) durante una operación simple, pero suficiente para dañar uno de los componentes del sistema de llenado. Un pequeño accidente, en si el origen del problema no detectado en el aislante de los cables del termostato, agravado a posteriori por las distintas pruebas de simulación al estar sometidos a una mayor tensión (65 V.) que para la que estaban diseñados (28 V.). Sin saberlo, tras el llenado el tanque de oxígeno se ‘convirtió’ en una ‘bomba de relojería’. Si bien los tanques de misiones anteriores se fabricaron con la misma anomalía sin incidencias, lo cierto es que a ninguno le había ocurrido en tierra el percance del Apolo XIII que terminó dañando a uno de sus componentes. Un error provocado por la mala maniobra de un operario para el que no se había establecido ninguna norma o procedimiento de comprobación o control posterior. Por lo general en toda obra de ingeniería, si es compleja con más razón, se establecen una serie de prácticas para disminuir los riesgos inherentes en aquellos sistemas que se consideran esenciales para la vida de la tripulación y el buen éxito de la misión, elementos cuyo diseño se prevé en condiciones extremas. También se establecen, a pesar de su mayor coste, protocolos de emergencia, entrenamiento del personal para situaciones críticas, etc. Pero no todo se puede controlar. Hay un punto a partir del cual para conseguir los objetivos marcados las medidas de autocontrol empiezan a no tener sentido. Incluso puede ser contraproducente introducir más variables de control.

Astronautas Apolo XIII 01Foto oficial de la tripulación del Apolo XIII formada por James Lovell (comandante), John L. Swigert (piloto del módulo de mando) y Fred W. Haise (piloto del módulo lunar).

En el procedimiento operativo ‘normal’ en vuelos lunares, el sistema que remueve el oxígeno líquido de los tanques debe ser activado con cierta frecuencia para evitar que se estratifique. De hecho la tripulación del Apolo XIII lo hizo en dos ocasiones durante el vuelo antes de que se produjera la explosión de uno de ellos. En el fondo hubo suerte, pues si lo hubiese hecho antes la nave no habría podido almacenar la energía eléctrica suficiente para regresar a la Tierra, y si hubiera sido más tarde, por ejemplo en órbita alrededor de la Luna o en la propia superficie lunar, tampoco habría tenido suficiente combustible. Análisis posteriores demostraron que si debía ocurrir una explosión, el lugar idóneo era donde realmente sucedió: a unos 320000 Km. de la Tierra. Por tanto, fue también… ¡una explosión con suerte! En cualquier caso, está claro que el riesgo cero no existe, ni tampoco la garantía del éxito. El propio Lovell, comandante del Apolo XIII, lo asumió diciendo: “… debemos aceptar un cierto riesgo y ser conscientes de que los imprevistos siempre estarán ahí… debemos tener presente que en algún momento en el futuro volveremos a oír estas palabras ‘Houston, tenemos un problema’… la aversión total al riesgo significa no despegar”.

“Houston, tenemos un problema”, esas fueron las palabras pronunciadas por Jack Swigert, uno de los pilotos de la nave Apolo XIII, que dieron paso a la frenética actividad entre tripulantes, ingenieros y demás miembros del equipo en Tierra para intentar resolver el grave problema en que se encontraban. Si bien el diálogo completo, en el que no vamos a entrar, aunque parecido fue un poco distinto, esta es la frase que se ha hecho más popular. Hasta el punto de usarse de manera informal cuando nos surge algún imprevisto. La misión Apolo XIII quizás sea la mayor odisea ocurrida en la ‘carrera espacial’. Pocos o nadie se imaginaban que los astronautas iban a vivir una aventura que casi acaba en tragedia. Sin la disponibilidad del módulo lunar como ‘salvavidas’ el accidente habría sido fatal. De ahí aquello de… “Houston tenemos un problema” que por suerte ¡al final acabó en un éxito!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: