Los dichos populares, su origen y significado (I)

En post anteriores hemos hablado de refranes y moralejas, ha llegado la hora de hablar de los dichos. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española las palabras dicho y refrán figuran como sinónimos (<> significado muy parecido), al igual que máxima o proverbio y otros términos similares. Dichos populares 01Tanto es así que el refrán se define como un “dicho agudo y sentencioso de uso común” envuelto en una frase que encierra una advertencia o enseñanza de tipo moral; siendo el dicho un “conjunto de palabras en las que se dice una cosa o se expresa una idea” con cierta gracia o en forma de sentencia, que no tiene por que coincidir con su sentido literal.

Los dichos suelen hacer referencia a los temas más diversos, desde aspectos cotidianos hasta los más existencialistas, y lo mismo que los refranes se transmiten de generación en generación. Según algunos especialistas, el conjunto de dichos que enriquecen la lengua española se ha ido precisando a lo largo de los siglos hasta alcanzar en la actualidad no menos de 1.500. A continuación reflejaremos algunos de los más utilizados. Como son tantos no estará de más comenzar con otra figura literaria menos conocida como el quiasmo, que consiste en repetir palabras o expresiones iguales de forma cruzada a partir de una idea central y con una cierta simetría. Genera un efecto sorprendente que induce a la meditación y su disparidad de sentidos resulta significativa. Por ejemplo, refiriéndose a los dichos podemos seguir con la explicación diciendo: “son todos los que están… pero no están todos los que son”.

“A buenas horas mangas verdes”
Se dice de todo aquel que llega a destiempo cuando ha pasado la oportunidad y resulta inútil su auxilio.
El origen de esta frase se remonta a los tiempos de los cuadrilleros de la Santa Hermandad creados por los Reyes Católicos, que como casi nunca llegaban a tiempo para capturar a los malhechores, los delitos quedaban impunes. Vestían un uniforme con mangas verdes y coleto, de ahí las palabras del dicho.

“Armarse la marimorena”
Se trata de una expresión que significa “armarse una gran riña o pendencia”.
Según parece, tuvo su origen en una trifulca que se armó en una taberna de la Cava Baja del Madrid de los Austrias del siglo XVI regentada por el matrimonio Alonso de Zayas y su esposa María Morena. No está claro si “Morena” era el apellido o un apodo por el color de su pelo. Fue famosa por un proceso judicial que se abrió contra ellos tras negarse a servir su mejor vino a un grupo de soldados, un caldo reservado para los clientes de mayor abolengo como los miembros de la Corte y funcionarios ilustres que a menudo visitaban la cantina. Tras su firme negativa, comenzó en el local una trifulca y, por lo que narran los escritos de entonces, fue la propia tabernera Mari Morena quien repartió más “leña”. Una mujer de armas tomar, de las que no se recataban a la hora de armar un follón a aquellos clientes que pretendían marcharse sin pagar o bebido más de la cuenta. Su fama la ha precedido hasta nuestros días, de ahí la famosa expresión “se armó o armarse la marimorena” como sinónimo de riña o bronca.

Armarse la marimorena 02

“A la vejez viruelas”
La frase alude a quienes se enamoran tardíamente o se embarcan en aventuras no usuales para su edad, siendo éstas más propias de la juventud. Actualmente se usa no solo para hablar de relaciones sentimentales, sino que también se aplica a cualquier actividad realizada de forma tardía y propia de años más jóvenes.
Esta expresión es el titulo de una comedia de 1817 escrita por el dramaturgo Manuel Bretón de los Herreros, una obra en prosa que narra las vicisitudes de dos viejos enamorados. Algunos creen que el dicho surgió a raíz de su estreno en 1824.
La viruela o viruelas era una enfermedad vírica contagiosa que afectaba principalmente a niños y adolescentes y que una vez curada dejaba cicatrices para siempre. Por tanto, no era una infección propia de personas de edad avanzada.

“A ojo de buen cubero”
Esta frase se refiere a algo que se hace de forma aproximada, sin precisión exacta, y sin usar ningún tipo de instrumento o herramienta de medición.
Antiguamente las cubas destinadas a contener agua, vino, aceite u otro líquido distinto eran fabricadas una a una por el cubero de forma artesanal y su capacidad variaba mucho en función de las medidas dictadas por los señores feudales. Todo dependía pues de la habilidad y el “buen ojo” del cubero para calcular su tamaño y que fueran todas más o menos iguales.

“A río revuelto, ganancia de pescadores”
Este dicho alude a los que medran aprovechando las revueltas y trastornos. En las situaciones confusas o cuando se producen cambios o desavenencias, hay quienes sacan beneficio aprovechando las circunstancias.
La experiencia demuestra que los pescadores cogen mucho más pescado en el agua turbia que en la clara, quizás porque cuando está turbia los peces no ven los peligros y caen más fácilmente.

Arrimar el ascua a su sardina 01“Arrimar el ascua a su sardina”
Se refiere a aprovecharse de las circunstancias favorables o hacer un uso egoísta de determinada situación. Denota la inclinación que todos tenemos a defender lo que nos pertenece o en ocasiones lo que nos acomoda, que no es lo mismo.
Según algunos, en otros tiempos se solían dar sardinas a los trabajadores de los cortijos andaluces, que luego asaban en la candela de la lumbre de los caseríos. Como la candela se apagaba cuando uno cogía ascuas (trozos de brasas ardiendo sin dar llama) para arrimarlas a su sardina, tuvieron que prohibir el uso de este pescado para evitar altercados entre los trabajadores.

“Atar los perros con longanizas”
Es una frase sinónimo de exageración en demostración de opulencia y derroche.
Este dicho nos remonta a principios del siglo XIX al pueblo salmantino de Candelario, cercano a Béjar, famoso por la calidad de sus embutidos, en el que vivía un afamado elaborador de chorizos llamado Constantino Rico, alias “el choricero”, cuya figura sería inmortalizada por el artista Bayeu en un famoso tapiz que hoy se exhibe en el Palacio de El Pardo. Tenía instalada su fábrica, en la que trabajaban varias obreras, en los bajos de su propia casa, y en una ocasión una de éstas, apremiada por las circunstancias, tuvo la peregrina idea de atar un perrito faldero a la pata de un banco, usando para ello a manera de soga una ristra de longanizas. Al poco rato entró un muchacho, hijo de otra operaria, a dar un recado a su madre, y al presenciar con gran estupor la escena se encargó de divulgar la noticia de que en casa del tío Rico “se atan los perros con longaniza”. Una expresión de inmediata aceptación en el pueblo, que se usó desde entonces como demostración ostensible de la riqueza.

“Como Pedro por su casa”
Dícese de la persona que se mueve con desenvoltura en un lugar que no le es propio. En ocasiones tiene un significado peyorativo para referirse a un intruso cuya actitud es impertinente, arrogante y excesiva. También se usa cuando alguien tiene mucha confianza y se comporta con toda naturalidad, saltándose a veces la prudencia que se supone.
Se desconoce quien era el tal Pedro al que alude el dicho, aunque algunos autores lo sitúan en Aragón donde existe una versión que dice: “Entrase como Pedro por Huesca”, que alude a Pedro I de Aragón (1070-1104), que en 1095 reanudó el sitio impuesto a Huesca por Sancho, encontrando muy poca resistencia para tomar la ciudad.

“Con la Iglesia hemos topado”
A veces se aplica a toda clase de asuntos o instituciones que ejercen cierto poder del que no es fácil librarse, y en un principio con un sentido crítico a la propia Iglesia.
Se trata de un tópico literario convertido más tarde en expresión coloquial, que se atribuye a Cervantes en uno de los pasajes de “Don Quijote de la Mancha”. No se trata de una cita literal pues cambia el original “dado” por el de  “topado”, lo que posiblemente incremente su connotación peyorativa. A menudo se añade “amigo Sancho”, en vez de solo “Sancho” que es como figura en el libro. Asimismo, el uso de la mayúscula o la minúscula en la palabra “iglesia” ha sido objeto de diversas interpretaciones.
En cualquier caso, la evidente ironía en el diálogo entre Sancho Panza y Don Quijote (Sancho sabe que no hay palacio de Dulcinea, pero hace como que lo busca, y Don Quijote ve como su idealismo choca con la realidad) ha permitido a algunos hacer una doble lectura anticlerical, fuera o no esa la intención del autor, al entender el texto como una denuncia de la subordinación de la sociedad y el Estado a la Iglesia.

“Hallemos… el alcázar -replicó don Quijote-… Y advierte, Sancho, o que yo veo poco o que aquel bulto grande y sombra que desde aquí se descubre la debe de hacer el palacio de Dulcinea”.
“Guió don Quijote, y habiendo andado como doscientos pasos, dio con el bulto que hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:
“-Con la iglesia hemos dado, Sancho-“

Se puede comprobar como después de esta lectura Don Quijote no se refiere a la Iglesia como institución, sino a la iglesia del pueblo y no dice “hemos topado amigo Sancho” sino “hemos dado Sancho”.

Con la Iglesia hemos topado 01

“Dar gato por liebre”
Engaño malicioso por el que se da alguna cosa de inferior calidad, bajo la apariencia de legitimidad.
Antiguamente, las hospederías, posadas y fondas gozaban de una dudosa fama, sobre todo en materia de viandas y calidad de sus comidas; algo que ha mantenido la tradición con el paso de los siglos. La literatura universal está llena de alusiones, muchas de ellas irónicas, acerca del valor de los alimentos ofrecidos en ellas. Era tanto el descrédito de estos lugares que llegó a hacerse usual entre los comensales la práctica de un conjuro, previo a la degustación, en el que parados frente a la carne recién asada recitaban: “Si eres cabrito, mantente frito; si eres gato, salta al plato”.
Por supuesto, este “exorcismo” nunca sirvió para demostrar la veracidad de la fama de la posada, pero dio origen a la expresión dar “gato por liebre”, que con el tiempo se incorporó al lenguaje popular. Entre otras acusaciones, los venteros a menudo eran sospechosos de echar un asno en adobo y venderlo como ternera, y también de servir platos cuyo contenido no se sabía si era conejo, liebre, cabrito o gato. Una de las estafas más comunes era dar carne de gato en lugar de liebre. De ahí que este dicho se utilice cuando se intenta engañar en la calidad de una cosa, ofreciendo otra inferior que se le parece.

“Darle un cuarto al pregonero”
Reprobar la divulgación de algo que, por su particular naturaleza, debiera callarse.
La figura del pregonero existe desde hace mucho tiempo, hay quien lo lleva a la época de los romanos. En España, se sabe que existían pregoneros por lo menos desde el siglo XIV, estando en vigencia hasta el siglo XIX. Se dividían en tres clases: los oficiales (estaban al servicio de la Administración) que se encargaban de difundir de viva voz todas las noticias importantes (bandos municipales, leyes, dictámenes reales…) que afectaban a los ciudadanos; los heraldos que marchaban delante de los nobles anunciando su paso, y los voceadores mercantiles, quienes por encargo de cualquier particular pregonaban todo tipo de noticias (bodas, bautizos, fallecimientos, ventas de terrenos,…). La tarifa usual de estos últimos era un cuarto, que equivalía a cuatro maravedíes. Coloquialmente enseguida se comparó la propagación de noticias por los pregoneros con el acto de difundir chismorreos, naciendo así la expresión ”lo mismo es decírselo a Fulanito, que dar un cuarto al pregonero” en el sentido de que, según que cosa, si se la contabas a determinada persona conocida por su indiscreción era lo mismo que encargar que fuese difundida por el pregonero a cambio de una moneda.

Darle un cuarto al pregonero 01

“Dar la lata”
Molestar y fastidiar al prójimo con cosas inoportunas.
Aunque se cree que proviene de los antiguos dichos “dar la tabarra” o “dar la murga”, son muchas las versiones que circulan sobre su procedencia. Hay quien opina que se refiere al fastidio ocasionado por aquel que golpea instrumentos de percusión como zambombas, palos y cencerros para festejar las segundas nupcias de una viuda o un viudo. Es posible también que al aparecer en el mercado la hoja de lata (luego hojalata) como producto de uso común, los recipientes vacíos de ese material se incorporasen como equipo “sonoro” de las “cencerradas”. De manera que la expresión “dar la lata”, o sea percutir sobre ella, no hizo más que extender el concepto tradicional de “dar la murga”. También está documentado que esta frase podría provenir de la ciudad de Málaga, en cuya cárcel los presos solían comprar una lata de mosto condimentado con sobras de vino, licores y aguardientes que provocaba en los detenidos una intensa borrachera y en consecuencia un deseo incontenible de hablar. Para el profesor Fernando Lázaro Carreter, miembro de la Real Academia Española, este dicho tiene una génesis más castrense. Explica que su origen puede estar en la expresión: “daban la lata los soldados viejos que, en el siglo XVII, andaban de despacho en despacho mendigando compensaciones a sus cicatrices y a las proezas que certificaba aquel rollo de documentos metidos en un tubo de lata”, señalando que de esta costumbre militar pudo surgir “la equivalencia, hoy perfecta, de latazo y rollo”.

“Dársela a uno con queso”
Se utiliza para referirse a uno mismo cuando ha sido estafado o engañado.
En la Edad Media, los vinos de la Mancha disfrutaban ya de una merecida fama y muchos taberneros y bodegueros de toda España ya acudían a tierras manchegas para comprar un buen caldo. Antes de pagar, todos tenían la buena costumbre de probar la mercancía. Entonces, para dar salida a las partidas de vino picado o de baja calidad, los dueños de las bodegas recurrían a un arte especial: agasajaban a los posibles compradores con un sabroso plato de queso manchego, pues su fuerte sabor hacía que el paladar del incauto no distinguiera entre un buen vino y otro echado a perder o malo. Así fue como nació la expresión “dársela a uno con queso”.

“Dejar en la estacada”
Dejar a alguien abandonado o en peligro.
La “estacada” era el campo de batalla construido con estacas donde se celebraban los desfiles solemnes, torneos y demás competiciones entre caballeros. De ahí salió la frase “quedarse en la estacada” tras ser vencido en una disputa o perder en una determinada empresa; y figuradamente “dejar a alguien en la estacada” es abandonarle en un momento delicado o peligroso.

Dejarle en la estacada 01

“Despedirse a la francesa”
Cuando alguien se marcha de un lugar sin despedirse de los presentes.
Su origen viene de una costumbre que se popularizó en el siglo XVIII entre la alta sociedad y burguesía francesa. La llamaron “sans adieu” (“sin adiós”) y consistía en retirarse de un lugar sin despedirse, ni saludar a los anfitriones, siendo de muy mala educación hacerlo o indicar siquiera el deseo de marcharse. Con el tiempo, todo volvió a la normalidad y el uso del saludo para despedirse volvió a ponerse de moda, viéndose entonces con malos ojos y falta de educación el irse de un lugar sin decir nada. A partir de entonces en el lenguaje coloquial español se comenzó a aplicar la expresión “despedirse a la francesa” como reprobación al comportamiento de alguien que, sin despedida ni saludo alguno, se retiraba de una reunión. Resulta cuando menos contradictorio que los franceses utilicen la expresión “filer à l’anglaise” (“marcharse a la inglesa”) para referirse a los que huyen o escapan de un lugar. Todo hace suponer que las continuas enemistades históricas entre franceses e ingleses fueron origen y causa de su uso de un modo despectivo.

“Dormirse en los laureles”
Referente a alguien que se ha relajado, descuidado, ha dejado de hacer algo que debería hacer o lo está haciendo pero con desgana y poca eficiencia.
Para conocer la procedencia de esta expresión tenemos que remontarnos a la época del Imperio Romano o incluso antes. Antiguamente, a los poetas, emperadores y generales victoriosos (incluso aquellos gladiadores que se ganaban la libertad en la arena o los atletas triunfadores en los juegos) se les coronaba con guirnaldas confeccionadas con hojas de laurel. Después de haber conseguido el triunfo y el reconocimiento general, esa persona dejaba de trabajar y esforzarse y se dedicaba a “vivir de las rentas”, diciéndose entonces que se “dormía en los laureles” (de su corona).

Echar con cajas destempladas 01“Echar con cajas destempladas”
En la actualidad, esta expresión se aplica para despedir a alguien de determinado lugar, acompañando de acritud y malos modos, cuando no con gritos e insultos.
En el pasado, las “cajas destempladas” se relacionaban con los tambores. Cuando un militar incurría en un delito de infamia, los superiores disponían separarlo del Cuerpo y se procedía a “destemplar” el parche de las cajas o tambores. Entonces, redoblando sobre ellos, se realizaba la degradación pública del acusado, y el soldado era expulsado con deshonor. Asimismo, con el acompañamiento de las “cajas destempladas” (o desafinadas) eran conducidos hasta el patíbulo los reos condenados a muerte. Según la RAE “destemplar” es “destruir la concordancia o armonía con que están templados los instrumentos musicales”.

“Esto es Jauja”
Se suele usar este dicho cuando nos encontramos ante una situación de satisfacción que no parece tener fin o en algún lugar placentero sin ninguna preocupación.
Jauja es una ciudad peruana fundada por el conquistador Francisco Pizarro cuya fama se debe a las excelentes minas que en época de los conquistadores les proporcionó una vida ociosa y regalada. Fue la primera capital de Nueva Castilla y estaba situada en un entorno idílico, famoso por su belleza. En algunas ocasiones, se exageraban las virtudes de la región para hacer más atrayente a los marinos la larga travesía que les esperaba. Tanto es así que se desvirtuó hasta hacerla parecer el paraíso. De ahí a la frase “esto es jauja” tan solohubo un paso.

“Hay gato encerrado”
Se dice cuando desconfiamos de alguna cosa o nos da en la nariz que hay algo turbio en algún asunto, alguna causa o razón oculta.
Para encontrar el origen de esta expresión debemos trasladarnos a los siglos XVI y XVII (Siglo de Oro) cuando se puso de moda llamar “gato” a la bolsa o talego en que se guardaba el dinero. Era habitual llevarlo, como remedio a posibles hurtos, escondido entre las ropas o guardado a buen recaudo en algún lugar de la casa. La víctima en el punto de mira de los ladrones solía ser vigilada para ver si tenía dinero y donde lo llevaba. La consigna que se daban entre sí los amigos de lo ajeno consistía en decir si allí había ”gato encerrado” o, lo que es lo mismo, una bolsa con dinero escondido. Hechas con piel de ese animal, se les empezó a llamar popularmente “gatos” a las que podían contener riquezas desconocidas. Aunque hay quien afirma que por ese nombre también se conocía a los pequeños rateros que hurtaban con astucia y engaño (la RAE así lo recoge), una habilidad que recuerda al comportamiento de los gatos.

“Estar a dos velas”
Se usa para referirse a estar sin blanca, es decir, sin dinero, ni recursos de ningún tipo.
No está del todo clara su procedencia. Aunque no parece muy convincente, algunos dicen que se trata de un símil marinero y significa que la embarcación navega tan solo con dos velas sin utilizar el resto de los recursos. Otros señalan que es el gesto que se hace para demostrar que no se tiene dinero, metiendo las manos en los bolsillos y estirando los forros hacia fuera volviéndolos del revés. Su forma triangular y el color blanco serían comparables a las velas de una embarcación. Aunque lo mas probable, y así lo cuenta José María Iribarren en su libro “El por qué de los dichos”, es que aluda al juego y al hecho de que antiguamente el que hacía de banca en las timbas y partidas de naipes “ilegales” tenia una vela a cada lado para poder contar el dinero. De ahí que “dejarle a dos velas” significaría dejarle sin dinero. Hay incluso quien lo relaciona con los niños desatendidos que, por no tener, no tienen ni quien les limpie los mocos, y en ese caso la frase solía ir acompañada por el gesto de pasar los dedos índice y corazón de arriba a abajo, uno por cada lado de la nariz.

Irse de picos pardos 01

“Irse de picos pardos”
Expresión equivalente a ir de parranda en busca de personas del otro sexo.
Hay quien afirma que el origen de este dicho viene de la Edad Media (siglos V al X) cuando a las prostitutas se les obligaba a llevar en las vestiduras un trozo de tela en forma de pico de color marrón o pardo, de ahí lo de “irse de picos pardos”. Sin embargo, otros sostienen que fue en el período siguiente del Renacimiento (siglos XV y XVI) cuando las mujeres llevaban una falda en forma de lienzo cuadrado con una abertura en el centro que se ajustaba a la cintura, de tal modo que la falda resultante tenía cuatro picos. En El Quijote se habla de la condesa Trifaldi y se dice en concreto que lleva una falda con tres picos en vez de cuatro. Según el diccionario de la RAE, con “andarse, o irse, a picos pardos” se da a entender que hay quien, pudiendo dedicarse a cosas útiles y provechosas, prefiere entregarse a las más inútiles e insustanciales con tal de no trabajar. Luis Montoto, notario eclesiástico, concejal del Ayuntamiento de Sevilla y cronista oficial de la ciudad, en su obra “Un paquete de cartas” escribe: “Los picos o los mantos con picos pardos fueron distintivo de las mujeres de vida airada, mozas de partido, etc. En tiempos pasados, las tales tenían que vestir como se les ordenaba. Según las Ordenanzas de la Casa Pública de Sevilla, no habían de usar vestidos talares, ni sombrillas, ni guantes, sino una mantilla para los hombros, corta y encarnada”. Fue Carlos III quien impuso a las prostitutas la obligación de distinguirse mediante sayas de color pardo cortadas por los bajos en picos. Aunque también se dice que “ir de picos pardos” tiene que ver con las costumbres ligeras de los estudiantes del Siglo de Oro y sus acompañantes, donde las prostitutas para identificar su condición llevaban un cintillo pardo en el borde de la falda.

“La ocasión la pintan calva”
Dicho muy antiguo, aunque inexacto. Alude a la posibilidad inminente de alcanzar un logro y que por ninguna causa se puede desperdiciar la oportunidad.
Los romanos personificaban a la diosa Ocasión como una mujer hermosa, totalmente desnuda y con alas, como símbolo de la fugacidad con que pasan ante el hombre las buenas oportunidades. Situada de puntillas, sobre una rueda y con un cuchillo en la mano, tenía su cabeza adornada por delante con una cabellera abundante, mientras que por detrás era totalmente calva. Con ello se quería dar a entender que había que esperarla de frente porque se tendría la oportunidad de cogerla, mientras que una vez había pasado, al no tener pelos por detrás, sería imposible de agarrar. Con el tiempo, esta expresión perdió parte de su sentido original y comenzó a usarse para dar a entender que una cosa se logra más por suerte que por capacidad.

“Las cosas claras y el chocolate espeso”
Llamar a las cosas por su nombre.
Cuando el monje español fray Aguilar envió desde América las primeras muestras de la planta de cacao a sus compañeros de congregación del Monasterio de Piedra para que las dieran a conocer, al principio no gustó mucho por su sabor amargo, siendo utilizada solo con fines medicinales. Más tarde, a unas monjas del convento de Guajaca (luego Oaxaca, nombre que le dio Carlos V en 1532 por su extensa zona de árboles de guajes) se les ocurrió agregar azúcar al preparado de cacao, causando furor el nuevo producto en España y poco más tarde en toda Europa. Fueron tiempos en que la Iglesia se debatió entre si la bebida rompía o no el ayuno pascual, al tiempo que el pueblo discutía sobre cual era la mejor forma de tomarlo: espeso o claro. Para unos el chocolate se debía tomar muy cargado de cacao, chocolate espeso o “a la española”; mientras otros se inclinaban por la forma “a la francesa”, más claro y diluido en leche. Finalmente ganaron los que se inclinaron por el chocolate “cargado”, y la frase “las cosas claras, y el chocolates espeso” para llamar a las cosas por su nombre. No hace muchos años aún circulaba una variante en la que la palabra “cosas” se sustituía por “cuentas” para referirse a las deudas de las personas.

Las cosas claras y el chocolate espeso 01

“Las paredes oyen”
Señal de advertencia para que se tenga cuidado con lo que se dice en determinado momento y lugar.
Procede de Francia, del tiempo de las persecuciones contra los hugonotes que culminó en la histórica “Noche de San Bartolomé”, episodio sangriento de las luchas religiosas que asolaron en la segunda mitad del siglo XVI. Cuentan los cronistas que fueron la reina Catalina de Médicis, esposa de Enrique II, rey de Francia, desconfiada y perseguidora implacable de sus rivales, y el duque de Guisa, quienes instigaron a los católicos a llevar a cabo la matanza de hugonotes (seguidores de Calvino) la noche del 24 de agosto de 1572. Con el fin de poder escuchar a las personas de las que más sospechaba, mandó construir conductos acústicos secretos en las paredes de sus palacios y así prevenir cualquier conjura que se estuviera tramando en su contra.

“Más feo que Picio”
Utilizamos este dicho cuando queremos destacar la fealdad de alguien.
Se cuenta que Francisco Picio, un zapatero natural de Alhendín (Granada), fue condenado a muerte injustamente en la primera mitad del Siglo XIX. Narra la leyenda que estando en la capilla recibió la noticia de su indulto. Fue tal la impresión que recibió que le cayó el pelo, cejas y pestañas y su cara se llenó de pústulas y granos. Su visión era tan espantosa que a partir de entonces se ocultó con un pañuelo para evitar las reacciones de la gente. Murió en Granada excluido por todos, hasta el punto que el párroco cuando fue a darle la extremaunción ató el crucifijo a la punta de un palo para no acercarse a su rostro. Es muy posible que esta explicación proceda más de un relato folklórico que de un personaje real.

Mandar a la porra 01“Mandar a la porra”
Expresión que encierra un matiz totalmente despectivo.
Su origen viene de muy antiguo cuando los regimientos militares tenían un encargado de tocar el tambor con un largo bastón con el puño de plata al que llamaban “porra” que se clavaba en un lugar alejado del campamento. Si algún soldado era arrestado, durante el tiempo de castigo se le solía mandar al lugar donde estaba hincada la “porra”, al tiempo que el oficial le decía: “Vaya usted a la porra”. Más tarde estas formas cambiaron y la expresión pasó a usarse en el lenguaje del pueblo como un matiz de desprecio. Circula también otra versión que dice que el sargento mayor de cada tercio dirigía los compases de sus hombres con un gran garrote a modo de batuta y cuando paraban hincaba la “porra” para señalar el sitio donde se iba a hacer la guardia y enviaba a los soldados arrestados para que se sentaran a su alrededor.

“Meterse en camisa de once varas”
Expresión coloquial que señala la poca conveniencia de complicarse la vida innecesariamente.
Tuvo su origen en la Edad Media durante la ceremonia de adopción de un niño. El padre debía meter al niño adoptado dentro de la manga de una camisa grande, hecha muy holgada para la ocasión, sacando al pequeño por la cabeza, al tiempo que le daba un fuerte beso en la frente como prueba de su paternidad aceptada. La “vara” (835,9 mm) era una barra de madera o metal que servia para medir y la alusión “once varas” de la frase era para exagerar la dimensión de la camisa que, si bien era grande, no podía medir tanto (mas de nueve metros). En algunas regiones de Europa la ceremonia continúa vigente pero en este caso con la madre para simular el parto.

“Ni chicha, ni limonada”
Equivale a decir no vale para nada, no tener un valor específico, ser una media tinta. También se usa en el sentido de no ser una cosa ni otra.
La chicha según el diccionario, además de la voz que desde antiguo se emplea en el lenguaje infantil para llamar a la carne comestible, es la bebida alcohólica resultante de la fermentación del maíz en agua azucarada; mientras que la limonada, bebida mucho más conocida, está hecha a base de limón. El dicho “ni chicha ni limonada” surgió en ciertas reuniones festivas de algunos países de Latinoamérica para advertir a los concurrentes que no hay o no quedaban ni bebidas alcohólicas ni refrescantes.

“No hay tu tía”
Se utiliza para hablar de algo que no tiene solución o esperanza de cambio.
El dicho “no hay tu tía”, modificación de no hay atutía, remedio que se usaba para todos los males, se decía para señalar que una enfermedad no tenía solución ni siquiera aplicando el virtuoso preparado. Una de las personas que lo hizo suyo, aunque algo deformado, fue Manuel Fraga Iribarne cuando después de salir elegido José María Aznar con su beneplácito como referente del Partido Popular mostró a los compromisarios de su partido una carta manuscrita de Aznar en la que presentaba su dimisión y se sometía a la voluntad del fundador. A lo que Fraga respondió diciendo: “Aquí no hay tutelas, ni tu tías, aquí está el líder del partido, que ya solo por este gesto merece serlo”.

Hasta aquí algunos de los dichos populares más conocidos. Seguro que los hemos escuchado o practicado en más de una ocasión, pero también que una gran mayoría desconocíamos el transfondo histórico o leyenda popular que les rodea.
En un próximo post publicaremos una segunda entrega

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