Villancicos de ayer, de hoy y de siempre: “Noche de paz”

diciembre 5, 2018

Este año 2018 se celebra el bicentenario de “Noche de Paz”, el villancico posiblemente más famoso del mundo, una de las canciones siempre presente cuando se acerca la Navidad.

Los villancicos son una forma musical tradicional de España y Portugal y países latinoamericanos, que se hicieron populares entre los siglos XV y XVIII. Aunque han sufrido una gran evolución, muchos, no todos, en su origen fueron compuestos para ser cantados y solían hacer referencia al amor, la religión, la Navidad y la naturaleza. Utilizados en sus obras por grandes escritores como Lope de Vega, Góngora, Quevedo o Sor Juana Inés de la Cruz, en general eran canciones profanas con un estribillo y entonadas a varias voces. A partir del siglo XVIII se produce una marcada decadencia de este género musical, más tarde rescatado al comenzar a cantarse en las iglesias y ser especialmente asociados con la Navidad.

Las primeras composiciones de villancicos datan de la segunda mitad del siglo XV como evolución de temas populares mucho más antiguos. Hay estudiosos que afirman que los primeros indicios aparecen en pequeñas canciones mozárabes del siglo XI. Su estructura básica está formada por dos elementos: el estribillo y las coplas. Parece que su nombre procede de composiciones cantadas por villanos (habitantes de villas), campesinos y otros habitantes del medio rural y en su primera época narraban temas de todo tipo: acontecimientos locales, canciones de amor, sátiras,… con pocas alusiones a la religión y menos aún a temas navideños. Es a partir de la segunda mitad del siglo XVI cuando las autoridades eclesiásticas empiezan a impulsar su uso en los oficios religiosos, de manera especial en la Navidad y otras festividades importantes como el Corpus Christi. A partir del siglo XVIII s cuando fueron quedando relegado a las fiestas navideñas. De ahí que la memoria popular considere al villancico como el género musical por excelencia de esas celebraciones.

“Noche de paz” es una canción compuesta por el maestro de escuela y organista Franz Xaver Gruber y letra del sacerdote Joseph Mohr. Aunque su origen aún no está del todo claro, si lo suficiente a partir de 1995, fecha clave, como más adelante veremos. Al respecto circulan diversas leyendas sobre este famoso villancico que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 2011. Fue interpretado por primera vez el 24 de diciembre de 1818 en la iglesia de San Nicolás de Oberndorf (Austria). Joseph Mohr, que había compuesto su letra en 1816, lo quería ‘estrenar’ en el servicio de la iglesia que iba a tener lugar el día de Navidad. Parece ser que habiendo quedado inutilizado el órgano de la iglesia, Mohr recurrió a Gruber la víspera para que compusiese su música para un acompañamiento de guitarra. Sin embargo, otras fuentes señalan que, con el fin de aportar algo nuevo a la ceremonia, aquella noche Mohr le mostró a Gruber su poema titulado ‘Stille Nacht’ (‘Noche de silencio’) que había escrito dos años atrás cuando estaba en la parroquia de la pequeña aldea de Mariapfarr. Se cuenta que Gruber, en poco más de dos horas, compuso la melodía y los arreglos para ser cantado por un tenor y una soprano con acompañamiento de coro y guitarra. En cualquier caso, lo cierto es que cuando se escuchó por primera vez ante el público fue Mohr quien lo interpretó a la guitarra. Así lo explica Brigitte Winkler, guía de la casa museo de GrubeSegún, en un artículo publicado por la BBC: “A Joseph Mohr le gustaba tocar la guitarra, y cuando le dio la canción a Franz Gruber para que compusiera la música insistió en que debía ser para guitarra, algo extraordinario para 1818, un cura tocando una guitarra era algo completamente inusual”.

Su difusión al exterior, y con ella el largo recorrido de la fama, comenzó en 1833, cuando la canción llegó al Tirol a través de los ya reconocidos cantantes nacionales tiroleses, familias de campesinos que viajaban por toda Europa como vendedores ambulantes al tiempo que actuaban ante el público por sus grandes dotes musicales. Fueron los hermanos Strasser y los cantantes Rainer, del valle Zillertal, quienes dieron a conocer “Noche de paz” a nivel internacional desde Europa hasta América y Rusia. Circula una leyenda que señala que en una de las ocasiones en que se estropeó el viejo órgano de la iglesia de San Nicolás, Karl Mauracher (gran experto y maestro organista) acudió a repararlo, encontrándose con la partitura del villancico, que copió y luego interpretó al órgano en Fügen, población donde residía. Más tarde le pasó una copia a la familia Rainer, saga de afamados cantantes tiroleses que recorría Europa interpretando canciones populares, que la incorporaron a su repertorio. Cuentan que la llegaron a cantar ante el emperador Francisco I de Austria y el zar de Rusia Alejandro I, incluso en Estados Unidos, durante una gira en 1839.

Sin embargo, y a pesar de su éxito que traspasaba fronteras, la identidad de sus creadores era totalmente desconocida. Hasta que en 1995 no se recuperó el manuscrito original (se había perdido), documento que los analistas dataron hacia el año 1820, no se pudo atribuir su autoría a Joseph Mohr, que lo había compuesto en 1816 tras haberle sido asignada la parroquia de Santa María. En él, además de contener la letra escrita por el propio Mohr, también se testimonia que el compositor de la melodía había sido Franz Gruber en 1818. Tan solo añadir que la iglesia de San Nicolás, donde se presentó el célebre villancico, ya no existe. Fue demolida a principios del siglo XX tras una grave inundación, siendo edificada una capilla nueva en el centro de la población en un lugar más seguro. Se le dio el nombre de “Stille-Nacht-Gedächtniskapelle” (‘Capilla Memorial Noche de Paz’) en homenaje a la antigua iglesia y al cura y al maestro que crearon la canción.

“Noche de Paz” es quizás el villancico más popular en todo el mundo. Tanto que su fama le llevó a ser cantado en dos idiomas diferentes a la vez (inglés y alemán) durante la tregua de Navidad de 1914 en la 1ª Guerra Mundial. ¡Era el único villancico, el más conocido, por los soldados de ambos frentes! Una canción que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2011.

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La araña, el mosquito y la trasparencia

noviembre 25, 2018

Hace tiempo publicamos un problema similar que resultó más complejo de lo esperado. Su entretenido enunciado incitaba el interés, pues ‘inclinaba’ hacia la solución más lógica a primera vista, que no siempre es la verdadera, ni tampoco la más ingeniosa. En esta ocasión se trata de un problema más sencillo, que bajo el aspecto de la simetría es más fácil de resolver. Dice así:

“La figura muestra un cilindro de vidrio de 1.20 m. de alto y 1,80 m. de circunferencia. En el exterior del cilindro se encuentra una araña a 2,5 cm. de la base y en el interior del cilindro hay un mosquito en el diámetro opuesto a 2,5 cm del borde superior. La araña al ver el mosquito toma la ruta mas corta en el cilindro y lo atrapa.

¿Qué ruta siguió la araña y que distancia recorrió?”

La solución en un próximo post.

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A continuación mostramos la solución al problema planteado en el post: “La contraseña y el contrasentido”.

Un problema que, aunque simple, como ya hemos comentado antes puede desviar nuestra primera ‘intención’ si no tenemos en cuenta el tantas veces citado pensamiento ‘lateral’.

La respuesta correcta no es la mitad del número que les dicen los delincuentes a los policías como estos pensaron en un principio, sino que es el número de letras que contiene su nombre; el número 18 (dieciocho) tiene 9 letras, que coincide con su mitad y lo mismo ocurre con 8 (ocho) que tiene 4 y 14 (catorce) que tiene 7.

De ahí que cuando a un agente le dicen 0 (cero) la respuesta no debiera de haber sido 0 sino 4 (cuatro) que es su número de letras, y lo mismo con el siguiente que debiera haber contestado también 4 cuando le dicen 6 (seis). En resumen, se trata de… ¡un caso de mala suerte! ¡un contrasentido… común!


La peseta, la ‘rubia’ y la ‘perra gorda’

noviembre 15, 2018

Este año 2018 se hubieran cumplido 150 años (siglo y medio) de la peseta, la unidad monetaria vigente en España hasta nuestra entrada en el euro hace ya más de 15 años. Bastantes españoles aún las ‘atesoran’ por su valor sentimental, además del económico que no han perdido. Aunque tiene los días contados para su canje definitivo: el Banco de España lo dejará de hacer en el año 2020. Una moneda que ha acompañado durante tantos años a los ciudadanos bien merece contar su, a veces, curiosa historia desde aquel 19 de octubre de 1968 en que ‘salió a la luz’.

Tras el de derrocamiento de la Reina Isabel II, y con ésta en el exilio, el gobierno provisional surgido de la Revolución de 1868, presidido por Francisco Serrano, promulgó el llamado decreto Figueroa (en reconocimiento a Laureano Figueroa, entonces ministro de Hacienda) por el que se creaba la peseta, la nueva unidad monetaria. Sobre el origen de su nombre existen varias teorías. Si bien hay quienes señalan distintas procedencias, una de las más significadas se remonta a la época de la colonización española de América, cuando de regreso a la Península también llegaron monedas de plata bautizadas como ‘pesos’ por su pureza y ‘buen peso’. De ahí al neologismo ‘peseta’ fue solo un paso.

La primera peseta de curso legal estaba inspirada en las monedas del emperador Adriano. Mostraba en su anverso la figura de una matrona romana recostada, con una rama de olivo en las manos, que representaba al territorio de Hispania con Gibraltar a sus pies y apoyada en los Pirineos. En su reverso aparecía el escudo de España conforme a lo establecido por el Gobierno. Decir que su ‘cara’ o anverso ha ido cambiando en el tiempo en función del régimen político vigente. Así, por ejemplo, en 1875, durante el reinado de Alfonso XII, ya se pusieron en circulación piezas con la efigie del monarca. En 1933 se acuñaron las primeras pesetas republicanas, de nuevo con la figura de la matrona inicial. Las míticas ‘rubias’ nacieron ya estallada la Guerra Civil y su apodo procede del color oro de la aleación de cobre y níquel. Se emitieron para sustituir a la peseta de papel que circuló durante la guerra debido a la escasez de metal. Más tarde vino la época de la dictadura con la efigie del general Franco, siendo la última peseta acuñada de esta etapa en 1966. Con la ctransin y la democracia y el retorno a la monarquía, en 1978 aparecen las monedas con la figura del rey Juan Carlos de Borbón. En 1980 se puso en circulación una peseta para conmemorar el mundial de fútbol celebrado en 1982 y la última moneda que vio la luz se acuñó en 1989.

A continuación reflejamos algunas anécdotas y curiosos apodos sobre la peseta:

Olvido del nombre de España
Ocurrió en 1968, con el arranque de la moneda, cuando al Gobierno Provisional se le olvidó incluir el nombre de España en su anverso. Aunque las autoridades pararon casi de inmediato la emisión, las monedas puestas en circulación siguieron en curso no siendo retiradas hasta el reinado de Alfonso XII.

La ‘rubia’
De forma coloquial, la peseta ha recibido diversos nombres: ‘pela’, ‘cala’,… Uno de sus apodos más conocidos fue el de ‘rubia’ en la época de la República; no solo por el color de su aleación de latón, sino porque se decía que era la perdición de los hombres, pues reunía las ‘cualidades’ del dinero, la mujer y el vino (éste por el racimo de uvas que sostenía la mujer de su ‘cara’). La imaginación popular llegó a tal punto que hasta convirtió en rubia la larga melena de su figura.

El ‘pelón’, el ‘bucle’ y el ‘tupé’
Así se conocía a la peseta en tiempos de Alfonso XIII, el rey cuya efigie se acuño en más ocasiones. El grabado del ‘pelón’, apenas un bebé, corresponde a cuando contaba 1 año, el ‘bucle’, un niño con rizos, cuando tenía 5 años y el ‘tupé’, con un mechón de cabello sobre la frente, cuando el monarca tenía 9 años. Alfonso XIII fue rey desde que nació, de ahí que hubiera muchas monedas con su figura a medida que iba creciendo.

La ‘lenteja’
Fue la última peseta emitida (1989). Con forma de ‘lenteja plateada’ (aleación de aluminio), de ahí su apodo, su pequeño tamaño (14 mm de diámetro) hizo que tuviese muy poca aceptación.

La ‘perra gorda’ y la ‘perra chica’
Como toda unidad monetaria la peseta tenía sus monedas múltiplos y divisores. Las más populares fueron la ‘perra gorda’ (10 céntimos) y la ‘perra chica’ (5 céntimos), que en Asturias, tan dada a los aumentativos y diminutivos, eran más conocidas como la ‘perrona’ y la ‘perrina’. Emitidas en 1870, en su reverso figuraba un león alzado sobre sus patas sosteniendo el escudo de España. Parece ser que, con el uso, el león iba ‘perdiendo’ la melena, adquiriendo un aspecto que se asemejaba más a un perro.De ahí el mote.

En aquel entonces, se hizo famosa una expresión que perduró en el tiempo: “Para ti la perra gorda”. Se utilizaba cuando se quería zanjar una discusión en la que, lejos de dar la razón al oponente, servía para hacer ver a un interlocutor obstinado en sus apreciaciones que estaba equivocado. Más o menos se le ‘daba’ la razón, pero solo para zanjarla, pues en caso contrario se volvía interminable. Como dato curioso decir que en 1941 ambas monedas se sustituyeron por otras del mismo valor, pero de aluminio, cambiando su diseño en cuyo anverso aparecía un jinete íbero con una lanza y en el reverso el escudo de España con el águila de San Juan. Durante más de siete décadas fueron monedas de uso muy común entre los ciudadanos. Solo añadir que la frase: ’No tener una perra’, que significa ‘no tener dinero’, sigue siendo hoy una expresión bastante utilizada.

La peseta nació en 1868 y con ella la conquista de los sueños de muchas generaciones. Un símbolo de modernidad está a punto de desaparecer. Sin embargo, muchos españoles siguen sin cambiarlas: se calcula que más de 1600 millones de pesetas aún rondan por ahí. Pero deben darse prisa: el Banco de España lo dejará de hacer en el año 2020. Con la llegada del euro se comenzó a elaborar otro futuro. ¡La peseta: 150 años de historia!


Canciones con historia: “Speedy Gonzales”. Pat Boone

noviembre 5, 2018

Año 1962, triunfaba entonces el twist, cuando una canción irrumpía con una fuerza arrolladora en la España de los 60. Era… “Speedy Gonzales”. Interpretada por el estadounidense Pat Boone ponía en ‘órbita’ un tema inconfundible no solo por su ritmo contagioso sino porque su protagonista era un simpático ratón de dibujos animados famoso por sus desgracias ‘domésticas’.

Canción escrita en 1961 por Ethel Lee, Buddy Kaye y David Hess, fue grabada ese mismo año por el cantante David Dante sin apenas resonancia. Pat Boone la escuchó por casualidad en un bar de Filipinas y se la envío a Randy Wood, productor de la discográfica Dot Records. Quedó tan entusiasmado que a la hora de lanzar su nuevo disco, para el que solo tenían decidido dos de los cuatro temas previstos, no dudaron en incorporarla. A su grabación, que se hizo en Londres, fue invitado también Mel Blanc (‘el hombre de las mil voces’), que era el encargado de poner la voz original al ratón en la serie de TV.

“Speedy Gonzales”

Personaje principal de la serie ‘Looney Tunes’ (Warner Brothers), caracterizado por su inconfundible acento mejicano y su velocidad ultrarrápida, siempre vestido de blanco, con un gran sombrero amarillo, ‘Speedy Gonzales’ era el ratón ‘más rápido de todo Méjico’. La serie fue retirada en 1999 por las muchas críticas recibidas al entender que mostraba a los ratones como grandes bebedores y tremendos mujeriegos. Si bien hay que decir que no todo el mundo estaba de acuerdo. Había quien decía que en general se daba una buena imagen del pueblo mejicano. Prueba de ello fue que, no llegó a los tres años, la serie regresó a la televisión, aunque retirada del horario infantil porque la conducta del famoso ratón no era la más apropiada para los niños. El lanzamiento de “Speedy Gonzales” resultó un éxito en todo el mundo, alcanzando los puestos más altos de las listas y llegando al Nº 6 en las Billboard (EEUU) donde permaneció durante más de tres semanas. Solo añadir que la voz femenina que se oye en alguna de las estrofas es la Robin Ward, una joven cantante que años después obtendría un gran triunfo con el tema ‘Wonderful Summer’.

En la contraportada de su disco ‘Grandes Éxitos’ (1995), Pat Boone hace una referencia expresa a la historia de “Speedy Gonzales”:
“Escuché esta canción en un bar de Filipinas. Me gustó tanto que decidí comprar una copia del disco de ese artista que la interpretaba y la llevé a casa para que la escuchara Randy Woods (propietario de Dot Records) quien quedó impactado con el ritmo y me dijo: ‘Pat esto ser una bomba’ y yo le dije que había que grabarla porque sería todo un éxito. Pero Woods no quedó muy conforme y decidimos dejarla en carpeta. Pero cuando estábamos grabando nuevo material para algún disco, nos dimos cuenta que solo teníamos dos canciones y en eso junto a Woods decidimos grabar ‘Speedy Gonzales’, luego de convencerlo. Para eso, fuimos a buscar el disco que había comprado y demoramos harto en encontrarlo ya que tenía muchos discos en mi armario. Al final lo encontramos y a la noche siguiente la grabamos…”

Con la llegada del rock, en especial tras la irrupción del gran mito de Elvis Presley, muchos cantantes incorporaron la música negra a su repertorio por su gran sensualidad y ritmo trepidante. Una música que pronto enardeció a la juventud blanca, un poco alejada hasta entonces de las actitudes rebeldes que luego marcaron una época. Surgieron cantantes por doquier, bien peinados, con buena presencia, imitando a aquellas primeras figuras encarnadas por solistas de color como Fats Domino o Little Richard. De todos ellos, el más destacado quizás fue Pat Boone (Charles Eugene Patrick Boone), uno de los más célebres, además de compositor y actor, en los años 1950 e inicios de los 60. Nacido en 1934 en Jacksonville (Florida), a los dos años se trasladó con su familia a Tennessee y poco después a Tejas. Irrumpió con fuerza en el panorama musical en el año 1954 tras uno de los muchos concursos que proliferaban para jóvenes talentos. Vestido a la nueva moda, con zapatos blancos, una de sus características más personales, su actuación fue muy destacada por la crítica. Al año siguiente consiguió gran popularidad versionando éxitos de rhythm and blues de cantantes negros, como “Ain’t That a Shame” (Fats Domino) que le llevó al número 1 de las listas Billboard. El año triunfal de su carrera fue sin duda 1957 donde alcanzó lo más alto con tres canciones: “April Love”, “Don’t Forbid Me” y “Love Letters In The Sand”. Sin embargo, los años siguientes no fueron tan exitosos. Si bien consiguió algún triunfo esporádico, poco a poco fue desapareciendo de los primeros puestos hasta 1961, año en que llegó de nuevo al Nº 1 con “Moody River”. Su canción “Speedy Gonzales” (Nº 6- 1962) fue su último gran triunfo. Continuó con su carrera musical con sus giras en directo pero, como a tantos otros grandes cantantes, la llegada de The Beatles y la revolución musical pop le hizo desaparecer casi por completo. Según las listas Billboard, Pat Boone fue el segundo artista de mayor popularidad de los años 50, sólo por detrás de Elvis Presley, y aún mantiene la marca de 220 semanas consecutivas con una o más canciones cada semana. Hoy, aunque aún sigue actuando, es toda una personalidad de la TV como comentarista político.

Se puede afirmar que, con el paso del tiempo,  “Speedy Gonzales” se ha convertido en un clásico de la música de los 60’s.


“La caída de los gigantes”. Ken Follet

octubre 26, 2018

Tras ‘Los pilares de la Tierra’ y ‘Un mundo sin fin’, Ken Follet abre otra etapa en su carrera literaria con “La caída de los gigantes”, primera entrega de una nueva trilogía. Espléndida. Engancha desde el principio. Con su estilo narrativo, muy fluido, enseguida nos traslada al lugar de la acción con sus magníficas descripciones del entorno, una facilidad que tienen pocos escritores y que tanto influyen en la calidad de una obra. Novela de ficción, su parte histórica, bien construida y documentada, se desarrolla en los entresijos de la 1ª Guerra Mundial. Una lectura apasionante.

Sinopsis
La historia empieza en 1914, el día de la coronación del rey Jorge V en la abadía de Westminster. El destino de los Williams, una familia minera de Gales, está unido por el amor y la enemistad con los Fitzherbert, aristócratas y propietarios de las minas. Lady Maud Fitzherbert se enamorará de Walter von Ulrich, un joven espía en la embajada alemana en Londres. Sus vidas se entrelazarán con la de un asesor progresista del presidente de Estados Unidos, Wondrow Wilson, y la de dos hermanos rusos a los que la guerra y la revolución les ha arrebatado su sueño de buscar fortuna en América.

Desde Washington hasta San Petersburgo, desde la inmundicia y los peligros de las minas de carbón hasta los candelabros lujosos de los palacios de la aristocracia, pasando por los pasillos de la Casa Blanca y el parlamento de Westminster, Ken Follet nos ofrece en su novela más ambiciosa, un esmerado retrato de una época y de las pasiones que espolearon la vida de sus personajes.

Ken Follet nació en Cardiff (Gales). Cuando tenía diez años su familia se trasladó a Londres. Se licenció en Filosofía y posteriormente fue reportero del South Wales Echo, periódico de su ciudad natal. Trabajó en el Evening News de la capital inglesa, época en la que publicó, sin mucho éxito, su primera novela. Dejó el periodismo para incorporarse a una pequeña editorial, Everest Books, al tiempo que continuó escribiendo. Es uno de los autores más admirados en todo el mundo y sus libros superan ya los cien millones de ejemplares. Una información más amplia de su biografía se puede leer en nuestro post dedicado a ‘Un mundo sin fin’.

La historia de “La caída de los gigantes”, fácil de seguir porque sus capítulos siguen una cronología en el tiempo, es un libro dividido en tres partes que nos introducen en el ambiente de preguerra en Europa mientras se gesta lo que acabará siendo la 1ª Guerra Mundial y en paralelo la Revolución rusa. Una historia contada a través de unos personajes que representan a la sociedad del Reino Unido, Estados Unidos, Alemania y Rusia, los países más influyentes entonces. Familias pertenecientes a estratos tan diferentes como la aristocracia y la clase trabajadora, sus protagonistas tienen una relación más o menos intensa entre a ellos. A pesar del gran número de personajes que aparecen en la obra, algo que puede ser en principio muy lioso, no lo es gracias al buen hacer de Ken Follet.

En el libro aparece una nota del autor hablando de los diferentes personajes históricos y como se puede separar en la lectura la historia de la ficción. Extraemos algunos datos que consideramos interesantes.

“En estas páginas aparecen varios personajes históricos, y en ocasiones los lectores me preguntan donde trazo la línea entre historia y ficción. Es una pregunta razonable, y he aquí mi respuesta:

En algunos casos, por ejemplo cuando sir Edward Grey se dirige a la Cámara de los Comunes, mis personajes ficticios están presenciando un acontecimiento que sucedió de verdad. Lo que sir Edward dice en esta novela se ajusta a las actas parlamentarias, aunque he abreviado el discurso, sin que se haya perdido nada importante, espero.

En ciertos momentos un personaje real va a un lugar ficticio, como cuando Winston Churchill visita Ty Gwyn. En tal caso, me he asegurado de que visitó casas de campo con frecuencia y de que pudo haberlo hecho alrededor de esa fecha.

Cuando los personajes reales mantienen conversaciones con mis personajes ficticios, acostumbran a decir cosas que realmente dijeron en algún momento. La explicación que Lloyd George le da a Fitz sobre los motivos por los que no quiere deportar a Lev Kámenev está basada en lo que escribió Lloyd George en un memorando citado en la biografía de Peter Rowland.

Mi regla es: bien la escena sucedió o bien podría haber sucedido; o se pronunciaron esas palabras, o se podrían haber pronunciado. Y si encuentro algún motivo por el que la escena no podría haber tenido lugar en la vida real, o por el que las palabras no podrían haberse pronunciado- si, por ejemplo, el personaje se encontraba en otro país en ese momento- la elimino.

“La caída de los gigantes” es una novela épica que narra la historia de cinco familias durante los turbulentos años de la 1ª Guerra Mundial, la Revolución rusa y la lucha de los hombres y mujeres por sus derechos. Como señala el propio Ken Follet: “Esta es la historia de mis abuelos y de los vuestros, de nuestros padres y de nuestras propia vidas. De alguna forma es la historia de todos nosotros”.


Cantabria en el recuerdo: “Los raqueros de Santander”

octubre 15, 2018

Con este post iniciamos una serie de pequeñas historias sobre algunos de los personajes o lugares típicos de la Cantabria de antaño. Y lo hacemos con los “raqueros de Santander”, unos niños pobres, marginales, muchos de ellos huérfanos, que en los siglos XIX y XX frecuentaban los muelles de su bahía, sobreviviendo a base de pequeños hurtos y de las monedas que los transeúntes, sobre todo los tripulantes y pasajeros de los barcos atracados, les arrojaban al mar para que las sacasen buceando.

El término ‘raquero’ con el que fueron apodados aquellos niños parece ser que les fue puesto por los tripulantes de los barcos ingleses a los que robaban. Según algunos, les comenzaron a llamar ‘raquers’, término castellanizado del inglés ‘wrecker’ (ladrón de barcos, saqueador de naufragios), aunque otros sostienen que se trata de una palabra derivada del latín ‘rapio-is’ (arrebatar, arrastrar, llevar violenta o precipitadamente). La realidad es que en el diccionario de la RAE figuran tres acepciones para la palabra raquero: dos de ellas referentes a personas y una en concreto a ‘ratero que hurta en puertos y costas’.

Niños ‘raqueros’ buceando en el muelle de la bahía de Santander en busca de monedas.

Personajes típicos santanderinos, estos niños fueron descritos por José María de Pereda en uno de los cuentos incluidos en su obra ‘Escenas montañesas’. Así lo cuenta:

“El Muelle de las Naos, efecto de su libérrimo gobierno, ha sido siempre, para los hijos de Santander, el teatro de sus proezas infantiles. Allí se corría la cátedra; allí se verificaban nuestros desafíos a trompada suelta; allí nos familiarizábamos con los peligros de la mar; allí se desgarraban nuestros vestidos; allí quedaba nuestra roñosa moneda, después de jugarla al palmo o a la rayuela; allí, en una palabra, nos entregábamos de lleno a las exigencias de la edad, pues el bastón del polizonte nunca pasó de la esquina de la Pescadería; y no sé, en verdad, si porque los vigilantes juzgaban el territorio hecho una balsa de aceite, o porque, a fuer de prudentes, huían de él. Esta razón es la más probable; y no porque nosotros fuéramos tan bravos que osáramos prender a la justicia: es que sobre ésta y sobre nosotros mismos, medio aclimatados ya a aquella temperatura, estaba el verdadero señor del territorio haciendo siempre de las suyas; el que intervenía en todos nuestros juegos como socio industrial; el que pagaba si perdía, con el crédito que nadie le prestaba, pero que, por de pronto, ganaba cuanto jugábamos; el que con sólo un silbido hacía surgir detrás de cada montón de escombros media docena le los suyos, dispuestos a emprenderla con el mismo Goliat; el que era tan indispensable al Muelle de las Naos como las ranas a los pantanos, como a las ruinas las lagartijas; EL RAQUERO, en fin. Este era el terror de los guindillas, el aluvión de nuestras fiestas, la rama de aquellos pantanos, la lagartija de aquellos escombros; el original del retrato que, con permiso de ustedes, voy a intentar con mejor ánimo que colorido.

La palabra raquero viene del verbo raquear; y éste, a su vez, aunque con enérgica protesta de mi tipo, del latino rapio is, que significa tomar lo ajeno contra la voluntad de su dueño. Yo soy de la opinión del raquero: su destino, como escobón de barrendero, es apropiarse de cuanto no tenga dueño conocido: si alguna vez se extralimita hasta lo dudoso, o se apropia lo del vecino, razones habrá que le disculpen; y, sobre todo, una golondrina no hace verano. El raquero de pura raza nace, precisamente, en la calle Alta o en la de la Mar. Su vida es tan escasa de interés como la de cualquier otro ser, hasta que sabe correr como una ardilla: entonces deja al materno hogar por el Muelle de las Naos, y el nombre de pila por el gráfico mote con que le confirman sus compañeros; mote que, fundado en algún hecho culminante de su vida, tiene que adoptar a puñetazos, si a lógicos argumentos se resisten. Lo mismo hicieron sus padres y los vecinos de sus padres. En aquellos barrios todos son paganos, a juzgar por los santos de sus nombres”.

Monumento en homenaje a los “raqueros”.

Aunque se trata de personajes habituales en las ciudades con mar, el término ‘raquero’ es de uso acuñado solo en Cantabria, en concreto en Santander. Tal fue su fama que hoy se puede contemplar su recuerdo en un pequeño monumento (2007) en el que reza una placa que dice:
“Personajes típicos santanderinos, descritos por José María de Pereda, que en los siglos XIX Y XX frecuentaban las machinas y acostumbraban a darse un cole en Puerto Chico, buceando en las aguas de la bahía para recoger las monedas que los curiosos les lanzaban”.
Situado al final del Paseo de Pereda, entre el Palacete del Embarcadero y el Club Náutico de Santander, próximo a Puertochico, frente a la dársena donde amarraban los barcos para carga y descarga, allí están inmortalizadas en un lugar privilegiado cuatro figuras de bronce de tamaño natural, obra del escultor José Cobo Calderón: en una se puede ver a un ‘raquero’ de pie, mirando al mar, en otras dos están sentados y el último en posición de lanzarse al agua. Unos ‘raqueros’ que forman parte de la historia de la ciudad y de la memoria colectiva.


La máquina quitanieves, su avance y la caída de nieve regular

octubre 4, 2018

En esta sección lo habitual es plantear el enunciado de un problema ‘sencillo, lógico y de entretenimiento’ y a continuación reflejar la solución del anterior publicado. Por su mayor complejidad, solo ha habido dos excepciones en las que se decidió incluir el planteamiento y la solución en un mismo post: “El camino más corto entre la araña y la mosca” y “El cocodrilo y la cebra”. En esta ocasión traemos un problema que ha generado muchas discusiones en algunos foros matemáticos: desde aquellos que ofrecen una respuesta sencilla hasta los que recurren a ‘fórmulas’ complicadas. La dificultad se presenta a la hora de comparar las distintas respuestas, en apariencia correctas, y no saber por cual optar.

Problema:
Un día empieza a nevar regularmente, es decir cae siempre la misma cantidad de nieve por unidad de tiempo. A las doce sale una máquina quitanieves que en la primera hora recorre una cierta distancia y en la segunda solo la mitad.
¿A que hora empezó a nevar?

Solución:
En primer lugar reflejaremos la solución aportada por un compañero de la UL de Tarragona en dos variantes: una que denomina ‘por la cuenta de la vieja’, que solo precisa de nociones elementales de geometría, y la otra, ‘más compleja’, basada en el cálculo de integrales.

En una de las condiciones del enunciado se señala que… ‘nieva de forma regular’. Por tanto la altura (y) que va alcanzando la nieve en el trascurso del tiempo (t) se puede representar por una recta y=kt, cuya pendiente (k) será una constante equivalente a la cantidad de nieve ‘regular’ que cae por unidad de tiempo (ver figura de abajo). También se indica que la máquina quitanieves sale a las 12 y que durante la segunda hora de su recorrido avanza solo la mitad que en la primera. Además, está claro que el volumen que extraerá la máquina en su avance por unidad de tiempo siempre será el mismo.

Si llamamos t al tiempo transcurrido desde que comenzó a nevar hasta el momento en que arranca la máquina (12 horas) y t+1 y t+2 al cabo de 1 y 2 horas de su recorrido, teniendo en cuenta que la nieve caída en el tiempo es proporcional al área de la sección por un plano vertical (trapecio) de la figura y que la máquina avanza en la segunda hora la mitad que en la primera (o lo que es lo mismo: el área del trapecio B es el doble que la del trapecio A), podemos realizar el siguiente planteamiento:

Área trapecio A= ((kt + k(t + 1))/2 =( kt + kt + k )/2 = k(2t + 1)/2
Área trapecio B= ((k(t + 1) + k(t + 2))/2 = ((kt + k + kt + 2k))/2= k( 2t + 3)/2
Como el trapecio B es el doble del trapecio A, resulta:
2k(2t + 1)/2 = k (2t + 3)/2
2t + 1 = ( 2t + 3)/2

Es decir:
t = ½ hora

Por tanto cuando arrancó la máquina quitanieves ya llevaba media hora nevando. Y como había salido a las 12 quiere decir que a las 11 y media comenzó a nevar. Aunque no se corresponda exactamente con ‘la cuenta de la vieja’, lo cierto es que se trata de un planteamiento bastante sencillo que se basa en un tema de geometría simple y una sencilla ecuación.

A continuación reflejamos la solución basada en el cálculo integral (ver su desarrollo en la figura de la izquierda) según la segunda variante aportada por nuestro compañero de la UL de Tarragona. Se puede observar que es coincidente con la indicada en la primera variante. Es decir, a las 11 y media comenzó a nevar.

Otra vía distinta para resolver este problema objeto de discusión en diversos foros matemáticos se apoya en la ecuación diferencial que define la velocidad de la máquina. Se puede ver en la siguiente dirección o en esta otra. Aunque no existe gran diferencia con las anteriores, es ligeramente distinta. Esperemos que alguien pueda aclarar cual es la solución correcta para un problema que ha generado fuertes controversias.