Asturias y la sonoridad de su lenguaje. Pequeñas historias (II): “El Escorialín” de Oviedo

abril 26, 2020

Como ya dijimos en el post dedicado a “El Carbayón” de Oviedo y “La Escalerona” de Gijón, la sonoridad del lenguaje asturiano resulta llamativa para las personas que vienen de fuera. Siguiendo con una de sus costumbres más arraigadas como es el uso del aumentativo y diminutivo para poner mayor énfasis en el tamaño de las cosas, a continuación relataremos la curiosa historia de:

“El Escorialín” de Oviedo

El Campo de San Francisco es un parque urbano situado en el centro de la ciudad de Oviedo y uno de sus lugares más emblemáticos. En una de sus esquinas, en el cruce de calles del Paseo de los Álamos con la calle Marqués de Santa Cruz, se encuentra “El Escorialín”, un edificio con cierta solera de los años 50 del siglo pasado. A pesar de ser un local de pequeñas dimensiones, o quizás por eso, los ovetenses le bautizaron así debido a la tardanza en la finalización de su construcción. Se demoraron tanto los trabajos a ojos de los ciudadanos, que de forma irónica comenzaron a compararlo con la grandiosidad de las obras del Monasterio del Escorial de Madrid. Un apodo que mueve siempre a la sonrisa para un edificio de no mucho valor arquitectónico, con un diseño original, y donde la lentitud de las obras fue la tónica dominante.

A la izquierda, en primer término, “El Escorialín”. A la derecha la Calle Uría.

En un artículo publicado en el diario La Nueva España, Pin Villanueva, periodista que vivió en primera persona la llegada de la II República y la Guerra Civil, cronista de los detalles más cotidianos de la ciudad, en su crónica local del 14 de agosto de 1953 convertía en noticia para la ‘historia’, al referirse a la construcción de lo que ya comenzaba a llamarse “El Escorialín”, confirmando que… “… reanudación de las obras después de un parón de varios meses, obra que desde hace años se viene realizando y que por fin se inaugurará en las próximas fiestas de San Mateo”. Pocos meses después, el 28 de octubre de 1953, daba cuenta de la puesta en servicio del quiosco con los calificativos de “moderno, artístico y original”, y eso que aún no se había puesto en funcionamiento su famosa veleta. Un quiosco que incluiría a otros más pequeños, bastante anticuados, casi en desuso, ubicados en la Plaza de la Escandalera, algunos muy emblemáticos y conocidos por todos los ovetenses, como el quiosco de limpiabotas de Alfredo y el puesto de prensa de Gene. El quiosco de limpiabotas se había inaugurado en 1915 y su último titular era el citado Alfredo. Su desaparición forzaba a los clientes a limpiar el calzado en los cafés, lo que, aunque no exigido, les obligaba en cierta manera a realizar un consumo no siempre deseado. Tras su clausura y traslado a “El Escorialín” continuó funcionando durante varias décadas más. En cuanto al puesto de prensa de Gene, fueron varias las generaciones que adquirieron la prensa en su quiosco durante los 45 años que estuvo al frente desde el año 1908. ‘Gene’ Generosa Bengoa Ferrera en una entrevista concedida en 1953 a Alfonso Iglesias, recordado dibujante, famoso entre los asturianos por las historietas de ‘Telva, Pinón y Pinín’, comentaba que en aquellos años los periódicos generalistas de mayor venta eran ABC, El Debate y Ya, aunque el diario deportivo Marca les superaba a todos con creces. El día de Nochebuena de 1953 fue cuando el Ayuntamiento procedió al derribo de los viejos quioscos de la Escandalera, entre ellos los dos citados.

“El Escorialín” y la entrada al Parque San Francisco, a su izquierda el palacio sede actual de la Junta General del Principado.

Son muchos aún los ovetenses a los que le gusta “El Escorialín” porque como dice la abogada Mónica Junquera en un artículo publicado en La Nueva España…forma parte de la ciudad de nuestra infancia. Es un ‘pegotín’ en el Campo de San Francisco que alegra con solo mirarlo, es parte de nosotros y, además, cumple una función esencial. Oviedo es la capital del turismo y tiene que seguir siéndolo’. Les alegra verlo incólume a la entrada del Parque San Francisco. Y como dicen algunos… ‘¡aunque sea un pegotín!’, una palabra, ‘pegotín’, otro ejemplo más de lo ‘aficionados’ que son los asturianos en sus conversaciones cotidianas al uso del aumentativo y diminutivo. Aunque sea para hacer referencia de un modo simpático a algo añadido de manera tosca, que no hace ‘juego’ con el resto del conjunto. Situado enfrente de otro edificio emblemático: el palacio que alberga la sede de la Junta General del Principado de Asturias, ahí sigue “El Escorialín” al pie del cañón cumpliendo con su historia viva.


La sestaferia y Asturias

noviembre 1, 2019

Se conoce como sestaferia a un trabajo hecho por los vecinos de una comunidad o pueblo para la reparación de caminos y zonas comunales al que se dedica un día entero, por lo general los viernes. De ahí el nombre de sestaferia (sexto día desde el domingo). Forma parte del derecho consuetudinario asturiano de usos y costumbres, normas jurídicas no escritas que al haberse hecho costumbre a lo largo del tiempo son de obligado cumplimiento. Tuvo mucha importancia, y la sigue teniendo, en muchos pueblos. Hasta el punto de haber sido aprobado por la Diputación Provincial de la provincia de Oviedo el 1 de enero de 1839 un Reglamento de Sexta-ferias para la construcción, reparación y conservación de caminos y puentes.

No hace mucho la sestaferia se ha hecho mucho más visible gracias a la popularidad del programa televisivo ‘Volando voy’ y de su presentador Jesús Calleja, personaje conocido por los programas relacionados con la naturaleza, además de por sus logros como montañero y aventurero. En uno de ellos nos conduce hasta Asturias y el espectacular paisaje del Parque Natural de Redes, una de las zonas donde se producen mayores desprendimientos de rocas (se calcula que alrededor de 200 al año) que en algunas ocasiones dejan a los pueblos aislados al quedar cortadas sus carreteras. Algo que no hace tanto ocurrió en una de las vías de comunicación principal entre los concejos de Caso y Sobrescobio, quedando incomunicados durante más de un mes los vecinos de la zona. Fue entonces cuando Calleja propuso recuperar mediante la antigua tradición de la sestaferia el Camín Real del Sellón, un antiguo camino real que unía Belerda y Campo de Caso. Mientras ponía de acuerdo a sus vecinos para llevar a cabo el trabajo, aprovechó para introducirse en sus vidas cotidianas, en sus casas, y conocer su idiosincrasia escuchando sus historias. Pudo comprobar como la sestaferia sigue teniendo raigambre en Asturias con las variantes lógicas del paso del tiempo, resultando imprescindible para la vida de algunos pueblos, sus senderos a los pastos, caminos, muros de piedra para proteger el ganado y no se despeñe, prevención contra las crecidas de los ríos,…

Jesús Calleja acompañado de un grupo de vecinos al final de la jornada de sestaferia tras haber reparado y recuperado el antiguo Camín Real del Sellón en el Parque Natural de Redes.

Parece ser que la denominación ‘feria’ aplicada a los días de la semana tiene su origen en el calendario eclesiástico que el Papa San Silvestre estableció en el siglo IV y con el que pretendía cristianizar los nombres paganos romanos con los que popularmente se les conocía: lunes (Luna), martes (Marte), miércoles (Mercurio) o jueves (Júpiter), que pasaron a denominarse secunda feria, tertia feria, cuarta feria y quinta feria, siendo el domingo (dies domini- Día del Señor) el día de prima feria a partir del cual se enumera el resto de la semana, correspondiendo por tanto al viernes el nombre de sexta feria, tradicionalmente elegido para efectuar los trabajos comunales. Si bien en los últimos tiempos algunos pueblos la celebran los sábados o domingos por las dificultades que supone para algunos vecinos, por sus trabajos habituales, disponer de tiempo libre ese día.

La sestaferia es una prestación personal de carácter obligatorio para todos los vecinos comprendidos entre unos límites de edad previamente establecidos por las costumbres del lugar. En ella todos tienen que arrimar el hombro para las cosas de uso común. Mantener en buenas condiciones lo público era una necesidad y una exigencia y la sestaferia se sentía como propia. En el Reglamento de Sextaferias de 1839 así se citaba: “Reuniones periódicas y vecinales de costumbre inmemorial y nunca interrumpida para reparar los caminos públicos, conservarlos en buen estado y construir de nuevo los que la conveniencia pública reclame”.

Sestaferia en La Cabaña, concejo de Langreo, para hacer limpieza en el pueblo. Año 1958-60. Fuente: Memoria Digital Asturias.

El escritor, jurista y político español Jovellanos, asturiano por más señas, en su Informe sobre la Ley Agraria (1795) defendía su utilidad por la necesidad de mantener en buen estado caminos de uso común (escuela, iglesia, mercado, monte,…) sobre todo allí donde la población rural se encontraba muy dispersa. El propio Jovellanos decía al respecto (ver ‘Obras de Gaspar Melchor de Jovellanos’ de Venceslao Linares y Pacheco): “En Asturias hay un día a la semana dedicado a estas obras conocido por el nombre de sestaferia, acaso por haber sido en lo antiguo el viernes de cada una. En él se congregan los vecinos de la feligresía para reparar los caminos; y esta institución es ciertamente muy saludable, si se cuidase de evitar los abusos a los que está expuesta, y que en alguna parten existen, a saber: 1º) Que no concurren en manera alguna a estas obras los propietarios no residentes en las feligresías, ni los eclesiásticos residentes, cuando la razón y la justicia exigen que concurran unos y otros como los demás por medio de sus criados, porque al fin se trata del común interés, 2º) Que si el labrador tiene carro concurra a los trabajos con él y como esto haga una diferencia de doscientos por ciento, porque si el jornal de un bracero se regula en tres y medio reales, el de un carretero vale once, resulta una desigualdad enorme en la contribución, 3ª) Que citándose los vecinos de un gran distrito a un punto solo, que suele distar dos leguas de la residencia de algunos, es todavía más enorme la desigualdad indicada, pues el que no tiene carro necesita por lo menos andar de noche para amanecer en el punto de trabajo, y otras tantas para volver a su casa, lo que equivale bien a dos días de contribución, 4ª) Y en fin que por éste medio se ha pretendido construir ya los caminos de privada y personal utilidad, esto es, los que dirigen a caseríos o heredades particulares, ya los de utilidad general de las provincias, llegando alguna vez al abuso de forzar a los aldeanos a trabajar en los caminos públicos y generales, con ofensa de la razón y aun de la humanidad”.

Vecinos de La Focella (Teverga) durante una jornada de sestaferia para el arreglo comunitario del pueblo en el año 2016.

Como colofón tan solo añadir que la sestaferia es una institución tradicional que forma parte de las costumbres que aún se practican en muchas zonas rurales de Asturias.


Universidad Laboral de Tarragona: Encuentro Asturias’19- Brañaseca y los vaqueiros de alzada

septiembre 17, 2019

Si algo ha caracterizado el éxito de los encuentros anuales de la III Promoción de Peritos Industriales de la Universidad Laboral de Tarragona es por aunar dos aspectos claves: un marco incomparable para revivir los recuerdos de su etapa estudiantil y elección de lugares con una historia interesante que contar con la ayuda de guías expertos y amenos. Así ocurrió en Asturias’19 o en el anterior encuentro en Jaca’18 con su ruta impregnada de arte románico.

Tras la cena de despedida en el hotel Palacio de la Magdalena que ponía el colofón ‘oficial’ a Asturias’19, para todos aquellos que desearon prolongar su estancia un día más, que fueron la mayoría, se había programado una visita al pueblo de Brañaseca donde nos esperaba Fran González, guía buen conocedor del entorno, quien, al igual que Sonia Cernuda en Cudillero, nos dejó su impronta experta sobre el mundo de los vaqueiros de alzada.

Grupo III Promoción Peritos Industriales ULT en el patio interior del hotel Palacio de La Magdalena.

La visita a Brañaseca, pueblo perteneciente al concejo de Cudillero, tuvo una parada previa en la parroquia de San Martín de Luiña, en su iglesia de Santa María, donde nos esperaba nuestro guía. Un templo barroco de principios del siglo XVIII levantado entre 1718 y 1726 (fecha que aparece inscrita en el dintel de la puerta principal), edificado en el solar de otro anterior medieval del que no se conservan restos, aunque se cree que era una capilla o ermita construida sobre un antiguo manantial al que se atribuían connotaciones divinas. Declarada Bien de Interés Cultural en 1999, está considerado uno de los templos prototipo de la iglesia costera asturiana con la que comparte rasgos comunes como pórticos laterales y torre a los pies. Consta de tres naves y capilla única, una planta de cruz latina incluida en un rectángulo y muros de mampostería.

Cuenta Fran González que la historia de la iglesia de Santa María en realidad está escrita en su suelo, pues lo que se encuentra a la vista no son más que antiguas sepulturas, todas numeradas para su control y registro, donde se enterraba a la gente. A su alrededor se pueden observar una serie de placas con su distribución según el estamento social al que pertenecían. Así, por ejemplo, se sabe que en la parte delantera se enterraba a los curas; desde el altar hasta unas columnas concretas al grupo de fieles que más contribuían en las labores de la iglesia y desde éstas a otras también fijadas a los vaqueiros, quedando una parte final hacia atrás para los forasteros o viandantes que por unas u otras razones fallecían en el lugar. En las destinadas en la nave central a los vaqueiros figuraba la siguiente inscripción: ”División de sepulturas entre forasteros y vaqueiros”. Al estar discriminados con los xaldos (agricultores,…), que era como se denominaba a la población asentada en el lugar, se podía leer también una advertencia que marcaba sus límites: “No pasar de aquí a oír misa los vaqueiros”, lo que de alguna manera solventaba, al menos dentro de la iglesia, el problema debido a las rencillas entre unos y otros.

Iglesia de Santa María en San Martín de Luiña. En la última foto se puede ver a un grupo de personas leyendo las inscripciones relativas a los vaqueiros que aún se conservan en el suelo de la iglesia.

Tras la visita a la iglesia de Santa María se puso rumbo a Brañaseca a través de una carretera con muchas curvas y desnivel por lo que nuestro guía prefirió ir abriendo camino hasta llegar a un Mirador a su entrada, a 500 m. de altitud, con unas vistas panorámicas de extraordinaria belleza desde donde se puede ver como confluyen la montaña y el mar, algo que no siempre es posible apreciar porque la niebla lo impide con frecuencia. Por fortuna en esta ocasión no ocurrió. A continuación, Fran González, promotor de ‘Brañaseca Experience’, una iniciativa que ha merecido ser financiada por el proyecto Leader europeo, nos propuso realizar un pequeño recorrido por los alrededores y así mostrarnos las peculiaridades de un pueblo vaqueiro que, acostumbrados a vivir en una sociedad demasiado dinámica, la mayor parte de las veces pasamos por alto.

Seguimos pues el recorrido a pie pasando entre construcciones tan típicas como hórreos y paneras, no muy usuales en el mundo vaqueiro, pero si muy comunes en la arquitectura tradicional asturiana. Algo fácil de entender, pues los vaqueiros, que se dedican fundamentalmente a la ganadería, no pueden almacenar el grano de cereal por las grandes dificultades de cultivo en estas áreas tan agrestes. De ahí que fuesen una comunidad sin excedentes productivos ni por tanto necesidad de almacenarlos. Para ellos dedicarse a la agricultura en lugares de pendientes extremas siempre representó un problema, sobre todo en un alimento tan fundamental como el pan. Durante el paseo, pudimos contemplar una de las reliquias del pueblo: una fantástica haya que se cree data de hace 400-450 años, así como un ejemplar de la auténtica raza de vaca asturiana, que no es la vaca ‘pinta’ como se cree, sino una vaca ‘amarronada’ de aptitud cárnica. Finalizamos la primera parte de la visita en una antigua casa vaqueira con todas sus dependencias: vivienda, cuadra para el ganado y pajar para almacenar las provisiones. Unas casas de piedra con pequeñas ventanas, rodeadas de pastizales, para un pueblo que se alimentaba principalmente de embutidos y potes de berzas. Todas ellas tradiciones del mundo perdido de las brañas donde el visitante va descubriendo las particulares formas de vida de los vaqueiros, su cultura y sus costumbres.

Diversos momentos del paseo por los alrededores de Brañaseca que finalizó al pie de una casa vaqueira.

La segunda parte de la experiencia, que marca el final de la ruta, consistió en una comida típica, un menú gastronómico con productos de la zona,  tras un aperitivo al aire libre bien regado con sidra, a base de entrantes de embutidos, pancha y tortos con picadillo, seguido de pote asturiano y carne gobernada, para terminar con un postre de requexón y natas vaqueiras. Todo degustado en una antigua casa vaqueira restaurada en pleno corazón de la braña.

Final de la visita a Brañaseca con la celebración de una comida vaqueira.

El concejo de Cudillero, cuya villa pixueta se convirtió en uno de los principales centros pesqueros de la costa asturiana tras las obras de remodelación del puerto que se iniciaron en 1787 y que según Gaspar Melchor de Jovellanos, asturiano, destacado escritor y político, costaron 400.000 reales, dispone de 11 brañas, 9 en la parroquia de San Martín de Luiña, una de ellas Brañaseca, donde, al igual que en otros concejos, los vaqueiros de alzada, comunidad de profundas raíces y costumbres ancestrales cuyo origen no está del todo claro, sufrían constantes humillaciones por el resto de vecinos. Jovellanos los definió como ‘vaqueiros’ porque vivían de la cría de ganado vacuno y ‘de alzada’ porque su ‘asiento’ no era fijo, sino que al llegar la primavera ‘alzaban’ su residencia para emigrar con sus familias y ganado a los altos pastos y luego regresar de cara al invierno a las brañas próximas a la costa donde desarrollaban sus actividades. En sus cartas los describe como un pueblo libre: “Créame usted, amigo mío, estas gentes lo serían del todo, y su independencia será la medida de su felicidad, si con tantas precauciones no los forzase todavía la necesidad a buscar otros medios de subsistir una fortuna más amarga y ganada con mayor afán. Los vaqueiros de alzada constituyen una de las culturas vivas más importantes de Asturias por su inalterable variación a lo largo de los siglos y pese a las discriminaciones sufridas por la Iglesia y los xaldos, población asentada en las zonas agrícolas de Asturias desde la Edad Media”. Toda su existencia está supeditada a que su ganado prospere y organizan su vida en función de sus necesidades. El vaqueiro vive por y para sus vacas.

Grupo III Promoción Peritos Industriales ULT posando en el pueblo de Brañaseca. Aunque no con suficiente nitidez, al fondo se puede observar la confluencia del mar con la cercana montaña.

Son muchos los que afirman que el paisaje asturiano hay que entenderlo como un paisaje cultural frente a la idea extendida de ‘paraíso natural’. Un paisaje moldeado con el trabajo y el esfuerzo de la gente del campo. Un ejemplo es Brañaseca, un proyecto singular cuyo objetivo es dar a conocer la cultura vaqueira a través de su paisaje. Pueblo en el que llegaron a vivir 200 vecinos, hoy apenas permanecen una docena, excepto fines de semana y meses de verano en que muchas casas se vuelven a abrir. Sin duda, la experiencia del proyecto que promueve Fran González ha despertado entre todos ilusión y una pequeña esperanza.


Universidad Laboral de Tarragona: Encuentro Asturias’19- Cudillero, histórico pueblo de pescadores

julio 18, 2019

Tras la celebración en 2016 del 50 Aniversario, las Bodas de Oro, un año más la III Promoción de Peritos Industriales de la Universidad Laboral de Tarragona celebró su encuentro anual. En esta ocasión en Asturias (6 a 8 de junio) con el hotel Palacio de la Magdalena en Soto del Barco como centro de operaciones. Al igual que decíamos en uno de nuestros post dedicados a la ULT, hay cosas que apenas cambian en el transcurso del tiempo y una de ellas son los reencuentros donde los ritos casi siempre se repiten y más en un colectivo cuya unión era y es un signo de identidad. ¡¡Tarragona, ¡Ay, que lejana y tan cerca te siento,…!!, ¡de allí viene esa perseverante amistad!

Asturias’19 fue un encuentro emotivo que, aparte de disfrutar de sus típicos manjares como la rica fabada y la embriagadora sidra, alma y vida de esta tierra, tuvo como eje central las visitas a la histórica villa de Cudillero y al pueblo de Brañaseca, al mundo de las brañas y los vaqueiros, su cultura, tradiciones y paisaje, que relataremos en otro post.

Recepción la tarde de la llegada en el bonito patio interior del hotel Palacio de la Magdalena.

Recibidos por una Asturias brumosa y verde, iniciamos la tarde con un paseo en barca por el río Nalón en su desembocadura en San Esteban de Pravia,  pueblo de histórico pasado, de gran auge hasta mediados del siglo XX como puerto industrial de salida al mar del carbón extraído en las cuencas mineras. Finalizó con una espicha de sidra que alegró todas las penas, en la que los recuerdos de aquellos años 60 salieron a borbotones con la esencia del ‘llagar’ al pie de un tonel de sidra, las viandas directamente en las mesas, sin primero ni segundo plato, todo a base de chorizos, jamón, lacón, quesos, huevos cocidos, tortilla de patata, empanadas y otras componendas. Donde nada es ‘oficial’, solo impera la camaradería, y todos en el mismo sentido ‘reman’: ¡la Universidad Laboral y los tiempos pasados en ella!

Paseo en barca por San Esteban de Pravia y espicha de sidra celebrada bajo el hórreo de la sidrería ‘Los Manzanos Del Bosque’.

Al día siguiente, Sonia Cernuda, simpática guía del Principado de Asturias, ‘La Roxia’ (‘rubia’) como sus ‘ascendientes’ vikingos, o al menos de eso presumía, fue la encargada de desgranarnos la historia de Cudillero de una manera didáctica y entretenida con sus sabrosas anécdotas, que a continuación reflejamos en distintos pasajes sobre este pueblo de pescadores, patrimonio cultural de Asturias.

Cudillero y los vikingos
Cuando la vida depende del trabajo en el mar, no queda otro remedio que ganarle terreno a la montaña. Eso fue lo ocurrió con la villa de Cudillero con sus casas dispuestas como colgando de las laderas de las montañas colindantes. Todo un anfiteatro volcado al mar, lleno de callejuelas. Pueblo pesquero por excelencia en sus inicios, uno de los principales puertos del norte de España, en su lonja esperan cada mañana camiones refrigerados para llevar el pescado a otras localidades de España como la capital Madrid. A sus habitantes se les conoce como ‘pixuetos’, aunque en realidad en un principio la villa estaba dividida en dos barrios: el de los ‘pixuetos’, familias pescadoras que ocupaban la zona próxima al puerto, y el de los ‘caízos’ o ‘terrestres’ (barrio de ‘La Cai’), formado por gentes de varios oficios con quienes aquellos, al igual que con los labradores de la comarca, no tenían ningún tipo de relación. Con los ‘caízos’ se llevaban tan mal que cuando se construyó la iglesia, casi toda costeada por los marineros, pese a haber contribuido también los terrestres no les concedieron ningún derecho, ni siquiera llevar a San Pedro o el estandarte en las procesiones. Es más, en Semana Santa y otras fiestas solemnes no les dejaban pasar del ‘puente de la carnicería’, donde había un molino, que los ‘pixuetos’ señalaban como límite entre los dos barrios. El gentilicio de la palabra pixueto parece que responde a la actividad mayoritaria de la villa y procede del latín  ‘piscis’ (pez) y la terminación germánica ‘ottu’.

Diversos momentos del paseo por Cudillero y sus estrechas y empinadas calles.

Cuenta una leyenda que tiempo atrás en Cudillero se asentó una expedición vikinga. Orgullosos de su descendencia, dicen que en la Alta Edad Media, bajo el reinado en Asturias de Alfonso III, normandos procedentes de Dinamarca se asentaron allí y lo tomaron como base para repostar sus barcos rumbo a otras conquistas por tierras de España. Lejos de someter a la población nativa, los vikingos no solo se establecieron sino que se fusionaron con sus vecinos mediante lazos de matrimonio. Refieren que el ‘pixueto’, un dialecto único del pueblo, sin similitud con el de ninguna otra población cercana, combina palabras de lengua romance con otras de origen nórdico. En cualquier caso, es posible que los asentamientos vikingos en las costas cantábricas dataran desde el principio de su llegada a mediados del siglo IX. Sin datos para poder contrastar, todo hace pensar de la posible existencia de puertos o asentamientos vikingos en las costas, que no solo dejaron como herencia el ‘pixueto’ en Cudillero, sino también la genética. De ahí que a muchos de sus habitantes se les llame ‘roxios’, como nuestra guía contaba con cierta sorna al hacer referencia a su cara sonrosada, sus ojos y su pelo, pues es una de las cosas de las que presumen algunos.

Cudillero y la Virgen de Covadonga
Durante el breve paseo por la zona del puerto, y después de una concisa explicación sobre las circunstancias que rodearon a la construcción del puerto ‘nuevo’, que convive con el ‘viejo’ de los pescadores de antaño, conocimos una de las tradiciones de más arraigo en el pueblo: la celebración de la Virgen de Covadonga (8 de septiembre), día en que un grupo de buzos sacan la imagen de ‘La Santina’ del fondo del mar hasta la rampa de ‘La Ribera’ del viejo puerto donde la esperan centenares de personas para venerarla. Una imagen que durante el resto del año se encuentra sumergida y que antes de ‘venir’ a Cudillero parece que estaba en Cabo Peñas hasta que un temporal la arrastró, decidiendo entonces buscarle refugio en zona más segura. Se trata de una talla de bronce que mide 50 centímetros y 80 kilos de peso, siendo este día el único del año en que se la puede besar antes de devolverla a las aguas. Mientras los buzos la sacan, el pueblo se vuelca en esta tradición llevándola en procesión hasta la iglesia de San Pedro donde se celebra la Santa Misa en su honor. Luego, acompañada por un grupo de gaiteros regresa al mar de nuevo, se canta el himno de Asturias, y como colofón se procede a la degustación de una sabrosa sardinada para todos los presentes.

Grupo III Promoción Peritos Industriales ULT en el patio interior del hotel Palacio de La Magdalena.

Iglesia de San Pedro y L’Amuravela
Tras un breve caminar por sus calles empedradas, una parada obligada fue la visita a la Iglesia de San Pedro. De mediados del siglo XVI, de época renacentista pero de estilo gótico, los vecinos de la comarca fueron los que financiaron su construcción. Consta de una nave central y dos capillas laterales habiendo pasado por varias reformas. Una de ellas a causa de un incendio durante la guerra Civil en el que varias de las imágenes más importantes se perdieron, aunque aún se siguen conservando tallas barrocas de gran calidad. Por sus connotaciones, allí, en su interior, nuestra guía nos dio a conocer la historia de una de las tradiciones más antiguas de este pueblo de pescadores: L’Amuravela, declarada fiesta de Interés Turístico Nacional en 1976, que tiene lugar el mismo día de la festividad de San Pedro, el 29 de junio, día grande de las fiestas patronales que se celebran entre el 29 de junio y el 1 de julio en honor a San Pedro, San Pablo y San Pablín.

Iglesia de San Pedro.

L’Amuravela es una fiesta que se cree se remonta al año 1569 coincidiendo con la construcción de la iglesia. Cada año, después de la misa solemne, la imagen de San Pedro junto a las de San Francisco y la Virgen del Rosario son llevadas a hombros en procesión acompañadas de gaitas y tambores desde la iglesia hasta la rampa de ‘La Ribera’. Una vez allí, a pie de rampa, un barco engalanado con cintas y banderas, flanqueado por dos gigantes de cartón, les espera, colocando a San Pedro en la popa, único que goza de este fuero, mientras las demás imágenes se mantienen a una distancia respetable. Es entonces cuando una persona de la localidad comienza a recitar en verso pixueto el Sermón de L’Amuravela que se inicia con la estrofa:
“En el nombri de Jesús
y la Virgen Soberana
vou ichar L’Amuravela
comu San Pedro asperaba”.

Para seguidamente recitarle a San Pedro con mucho humor y una fuerte carga de ironía los acontecimientos más importantes sucedidos durante el año en el pueblo en un sermón que comienza a la una de la tarde. Dura unos 30 minutos y finaliza pidiéndole protección al Santo a la par que se realiza la ‘maniobra de saludo’ que dicen está relacionada con el capitán Alonso Menéndez Marqués, sobrino de Pedro Menéndez de Avilés, conquistador de La Florida, cuando a su regreso a Cudillero con la nave ‘El Espíritu Santo’ construida en el pueblo, en la que se encontraban enrolados muchos de sus vecinos que durante ese viaje aprendieron el saludo que se hacía al Almirante y quisieron hacer lo mismo con San Pedro.
¡Amura vela!,
¡isa vela!,
¡fuego a babor!,
¡fuego a estribor!,
¡Viva Pedro!

Los actos finalizan con una gran traca, quemándose los gigantes entre llamas y con San Pedro regresando a la iglesia hasta el próximo año. Una fiesta que no ha estado exenta de polémicas, pues a lo largo de los años el sermón ha sido suspendido en varias ocasiones al considerar el párroco que su contenido no era el apropiado.

‘Sermón de L’Amuravela’ que cada 29 de junio se celebra en Cudillero.

Al día siguiente de L’Amuravela se celebra San Pablo con una misa, finalizando las fiestas el 1 de julio, día de San Pablin, con una procesión floral y una misa en el puerto en recuerdo de los marineros fallecidos en el mar.

El Anfiteatro y el ‘Curadillo’
Como remate final, nuestra guía propone un paseo por las empinadas callejuelas del Anfiteatro formado en la ladera con sus casas superpuestas construidas unas sobre otras aprovechando cada rincón de las laderas. Se asemejan a los palcos de un teatro y la plaza del pueblo al escenario de una obra llena de colorido. Considerado conjunto Histórico Artístico, es un lugar lleno de encanto donde se encuentra también la ‘Ruta de los Miradores’ ubicada entre las callejuelas en sentido ascendente por un camino lleno de historia viva. Un paisaje singular desde el que se puede disfrutar de algunas de las mejores vistas de Cudillero y la costa cercana. Durante su recorrido pudimos apreciar en algunas casas otra de las costumbres emblemáticas como es la técnica del ‘Curadillo’ aplicada a un pez, un pequeño tiburón, del que durante muchos años vivieron básicamente los pescadores, que desde tiempos inmemoriales forma parte de la cultura pixueta. Con una silueta poco común, una vez limpio se pone a secar en las ventanas de las casas sin más que el aire que lo deshidrata. Un pez que cumplía tres requisitos principales: extracción del aceite de su hígado con el que se freía y también se utilizaba para el alumbrado público, uso de su piel para limpiar y pulir y alimento de recurso en determinadas ocasiones.

Arriba, a la izquierda, Cudillero con el Anfiteatro al fondo y en primer término la rampa de ‘La Ribera’ del puerto viejo. A la derecha, técnica del ‘Curadillo’ y abajo vista de Cudillero desde uno de los Miradores.

La visita a Cudillero, uno de los pueblos más turísticos de Asturias, se puede resumir como una reunión de costumbres y tradiciones, llena de color y vida en un anfiteatro repleto de casas escalonadas y gentes con el mar por escenario. Un día que culminó con una cena de despedida en el hotel del Palacio de la Magdalena hasta el próximo encuentro en Murcia’20.

Cena de despedida en el hotel Palacio de la Magdalena.

PD.-
Dedicaremos un próximo post a la visita al pueblo de Brañaseca y la historia de los vaqueiros de alzada en compañía de la mano experta de Fran González, promotor del proyecto ‘Brañaseca Experience’ financiado a través del proyecto europeo Leader.


Oviedo y ‘El Desarme’, una fiesta con historia

mayo 10, 2019

‘El Desarme’ es una de las fiestas gastronómicas tradicionales de la ciudad de Oviedo. Cada 19 de octubre es habitual encontrarse a la entrada de los restaurantes con un cartel que dice: ¡Hay desarme!, un espléndido menú a base de garbanzos con bacalao y espinacas, callos a la asturiana y arroz con leche. Sobre su origen no hay nada del todo claro. Se sabe que emana de las guerras carlistas (3) acaecidas en el siglo XIX entre los partidarios de Carlos de Borbón (carlistas), defensores de un régimen absolutista, y los de Isabel II (isabelinos), hija de Fernando VII, partidarios de un régimen liberal. Aunque no se conoce bien el ‘punto de partida’ de este suculento menú (circulan varias leyendas), mejor contemos su pequeña intrahistoria en lo que hace referencia a la ciudad de Oviedo.

Tras la muerte de Fernando VII (1833), que había abolido la Ley Sálica, se produce la división entre su hija Isabel y Carlos, hermano del monarca. Mientras los carlistas apoyaban los derechos al trono del príncipe, los isabelinos defendían la legitimidad de su hija, lo que dio lugar a la 1ª guerra carlista (1833-1840), hasta un total de tres que llegaron a 1876 en distintas épocas en las que Asturias estuvo siempre involucrada. No es seguro, pero parece que fue durante la 1ª guerra cuando surge el ‘Desarme’ y el comienzo de su leyenda. O al menos la primera referencia que se conoce. Con Isabel II aliada con los liberales, la ciudad de Oviedo intenta mantenerse fiel al trono en unos años donde las fuerzas de seguridad escaseaban, siendo práctica habitual armar a grupos de ciudadanos para mantener el orden, formando lo que se llamaron ‘milicias nacionales’ o ‘urbanas’ cuyo objetivo principal era ‘desarmar’ al contrario. Es a la muerte del rey cuando el Ayto de Oviedo temiendo una reacción de los carlistas ordena a las milicias una vigilancia especial, produciéndose el 1 de noviembre de ese año el desarme de sus brigadas que habían dejado sus armas en la plaza de la Fortaleza (al lado de la actual plaza Porlier) mientras oían misa en la iglesia de San Francisco. Aunque hay quien también sitúa la acción en un pabellón, donde las habían dejado para comer el rancho de forma más cómoda. En cualquier caso, ni ha quedado constancia del menú, ni coinciden las fechas con las de la actual celebración, pero lo que si se puede afirmar es que sin duda… hubo ‘desarme’.

En 1836, en plena guerra, aparecen algunos datos que pueden acercarnos un poco al origen del menú del ‘Desarme’. Son dos hechos, dos incursiones carlistas, que pueden tener una cierta relación. El primero ocurrió el 6 de julio cuando varios batallones carlistas integrados por milicianos de las zonas limítrofes (Oviedo, Avilés, Gijón, Pola de Siero, Mieres,…) se establecieron en Lugo de Llanera (localidad cercana a Oviedo) esperando órdenes para caer sobre la ciudad. Los vecinos, defensores liberales y partidarios de Isabel II, que no ofrecieron ningún tipo de resistencia, planificaron entonces preparar un rancho ‘especial’ de garbanzos con espinacas y bacalao, a lo que sumaron grandes caceroladas de callos, todo regado con abundante vino. Cuentan que los batallones carlistas, ante un festejo tan poco habitual, disfrutaron de lo lindo, ‘rematándolo’ con una estupenda siesta, momento que los vecinos aprovecharon para requisarles el armamento e impidiéndoles entrar en la ciudad, aunque luego lo lograron en una segunda intentona, pero fue por poco tiempo al ser expulsados casi de inmediato por las tropas del general Espartero. Este testimonio parece coincidir con el menú del ‘Desarme’, pero no con su fecha. El otro hecho acaecido ese año ocurrió el 18 de octubre, cuando la columna del general carlista Pablo Sanz y Baeza entra en Oviedo siendo rechazados por la resistencia tras fuertes enfrentamientos con fusil y bayoneta y teniendo que salir hacia Gijón, ciudad que si tomaron. Al día siguiente, 19, cuentan que la ciudad de Oviedo agasajó a sus soldados con una comida especial para conmemorar la victoria de las tropas isabelinas. Un relato que si bien coincide la fecha, no así con el menú. Se sabe que en años posteriores se sucedieron acontecimientos similares, pero sin nada que haga referencia expresa al ‘Desarme’.

Como se puede ver existe una gran controversia acerca del origen del menú. Uno de los mayores estudiosos del tema, el periodista, escritor e historiador, Adolfo Casaprima, cuenta en su libro “Origen y evolución del Desarme, la fiesta gastronómica de Oviedo” que es un hecho que esta fiesta tiene su origen en las guerras carlistas, pero… ¡no está claro cuando! Cuenta que las distintas leyendas hablan hasta de un cuádruple origen a lo largo del siglo XIX cuyos hitos principales estuvieron en 1836, 1841, 1876 y 1897, siendo difícil decantarse por uno, aunque alguno tiene más defensores que otros. Lo señalaba en una conferencia que dio en el Club de Prensa del diario La Nueva España de la que extraemos algunas conclusiones.

“Es difícil revertir las diversas teorías sobre el origen del Desarme”, dice Casaprima. Para ello pone un ejemplo jocoso como el ‘aparecido’ en el antiguo diario Voluntad de Gijón que llegó a… “situar la fiesta en Llanera y hablaba de tropas asturianas que desarman a tropas napoleónicas en 1835, a pesar de que Napoleón había muerto en 1821”. Y es que con tal quitarle protagonismo a Oviedo valía… todo. En su libro señala cuatro posibles orígenes con un punto de partida en el año 1836 cuando los carlistas intentan tomar la ciudad. Y añade… “el 10 de octubre -cumpleaños de la Reina Isabel II-, las autoridades deciden dar un rancho extraordinario a los soldados a base de ‘garbanzos, tocino, carne y patatas’. Pocos días después, el 19, se produce un nuevo ataque carlista con numerosos muertos, entre ellos cuatro milicianos, en cuyos estatutos se contempla que los fallecidos de ese cuerpo reciban un homenaje y una compensación para sus familias”. La continuación a esta leyenda parece que lleva a 1841 cuando… “el Ayuntamiento decreta que todos los 19 de octubre se celebre un acto religioso en San Isidoro con una misa de réquiem y otras actividades, como una descarga de fusilería, para a continuación, los milicianos presentes en los actos, irse a comer a sus casas”.

Sin embargo, otras fuentes se refieren a 1876, tras finalizar la tercera guerra carlista, como el origen de la fiesta: “… la gente de Oviedo se echó a las calles para celebrarlo, y la Diputación y el Ayuntamiento deciden dar un rancho a los soldados y también a los presos carlistas. Las Hijas de la Caridad, como era marzo y Cuaresma, preparan garbanzos con abadejo. Además, cuando el batallón Asturias, que había luchado contra los carlistas, entra en Oviedo, la ciudad prepara un arco de triunfo y una suelta de palomas y les dan a todos garbanzos con bacalao. Después, el 19 de octubre de ese año se les da ese rancho extraordinario del Desarme a un regimiento acuartelado en Oviedo. Ahí parece ser es donde se produce la fijación del plato principal y el nombre de Desarme”.

Ya pasados muchos años, la cuarta teoría sobre el Desarme fija 1897 cuando… “pasa como rancho de los cuarteles a los locales hosteleros por un cruce de situaciones. Los carlistas se habían integrado en el Estado y participan en elecciones. Concretamente, en Oviedo obtienen tres concejales y en un pleno del Ayuntamiento al que no asisten varios ediles, los carlistas aprueban celebrar un acto ‘para todos los muertos de las guerras civiles’, lo cual causó un jaleo terrible que tuvo repercusión nacional. Al acto religioso municipal le surge una oposición cuando la familia Canella hizo su propio acto religioso por los liberales en San Tirso, no en San Isidoro. Pero el Ejército no acude a los actos y entonces la hostelera Marica Uría anuncia que dará el menú del Desarme en su local. Al año siguiente, 1898, ya son tres los anuncios, y seis en 1899. ¿Y los callos? Proceden de las ferias ganaderas de Oviedo por San Lucas, Santa Teresa y Todos los Santos, con recuas de miles y miles de animales y ganaderos de toda España. Cuando el Desarme de cada 19 de octubre pasa a ser festividad local, los hosteleros ofrecen ‘callos y Desarme’, con ‘callos a la asturiana o a la moda de Oviedo'”. Finalmente destaca Casaprima que esta gran cita culinaria es la “celebración de la paz, del final de las armas, y de los ovetenses unidos, ya que se dio la misma comida también a presos y vencidos”.

Como conclusión, se puede decir que no existe constancia clara, con cierta base histórica, sobre la celebración del Desarme en un día determinado del año. Tampoco hay apenas documentación acerca del menú. Si acaso algunos retazos entresacados de publicaciones recientes. Así por ejemplo, se sabe que la costumbre de comer los garbanzos con bacalao procede del final de la contienda carlista (1876) cuando para celebrar la ‘paz’ y el ‘desarme’ de la población se ofreció un almuerzo general, un rancho extraordinario, a todo el pueblo y al ejército. Unos años en que el menú por excelencia era la ‘olla podrida’ a base de un potaje de hortalizas y legumbres y carne y tocino, que al coincidir con la Cuaresma cambiaron las carnes y embutidos por pescado. Poco tiempo después fue cuando se inició la costumbre en la ciudad de comenzar la temporada de callos en octubre, siendo los hosteleros los primeros en ofrecer ambos platos como menú. Sea como fuere, lo cierto es que, tras su suspensión por la guerra civil y los años de postguerra, en los años 1950 se recupera la festividad del 19 de octubre como fecha de ‘El Desarme’, que no deja de ser una leyenda épica con diferentes historias y que hoy se recuerda con un suculento menú: garbanzos con bacalao y espinacas, callos y arroz con leche. Una obligada cita gastronómica en la ciudad de Oviedo.


Asturias, breve intrahistoria de la fabada, comida por excelencia

febrero 25, 2019

A nadie se le escapa que la fabada, al igual que la sidra (a la que hemos dedicado otro post), son dos importantes referencias de Asturias: la sidra, su bebida tradicional, y la fabada, su comida típica, el yantar por excelencia.

De la fabada se ha dicho de todo y casi todo bueno. De ahí que este artículo solo pretenda dar unas pequeñas pinceladas de esta estupenda comida de la gastronomía asturiana. Hablar de la fabada es ‘encontrarse’ con su paisaje y los familiares y amigos que nos rodean. Demasiado apetitosa en cualquier época, lo es de manera especial cuando llegan las brumas y las lluvias otoñales. En esos momentos no hay mejor yantar que una fabada bien compartida. Mientras ‘reconfortan’ el estómago y ‘animan’ el espíritu, ‘les fabes’ con su correspondiente ‘compangu’ (acompañamiento) nos transportan a otro ‘mundo’ en una mezcla perfecta con los productos del ‘gochu’ (cerdo). La fabada es la tradición culinaria de Asturias. Su esencia.

En el pregón realizado por Carlos Cuesta, presidente de la ASPET (Asociación Asturiana de Periodistas y Escritores de Turismo), en la ‘Feria de Les Fabes 2006’, se señalaba: “Hablar de la fabada es referirse a la esencia de Asturias en toda su dimensión… Somos lo que comemos y cómo lo comemos”. A lo que Falo Faes, procurador de los tribunales, contestaba con un soneto titulado “De la faba a la fabada”:

Qué más puedo decir de esta legumbre / tan blanca, rechoncha y ovalada, / convirtiéndose en épica fabada / al calor amoroso de la lumbre.
Y si hay alguien que a la misma encumbre / la deje en el todo o en la nada: el compango que a ella se le añada y elimine la pena o pesadumbre.
Con la oreja, el tocino y el chorizo cualquier buen cocinero riza el rizo con el rabu de gochu y la morcilla. Y después de cocer en la cazuela / se sirva al final en la escudilla y ya está la fabada pa comela.

La fabada es un plato que no se puede calificar de ‘antiguo’, sino relativamente ‘’joven’. La primera referencia escrita parece ser que data de 1884. Fue un 24 de julio cuando el periódico ‘El Comercio’ publicó un anuncio de Justa ‘La Bartola’ que decía: ‘…la tradicional fabada en la no menos tradicional romería de Granda a 2,50 pesetillas el cubierto’. Aunque su origen no está del todo claro, según las últimas evidencias documentales todo apunta a que su receta surgió a mediados del siglo XIX, cronología que es posible cambie a medida que aparezcan nuevos escritos. Paco Ignacio Taibo, escritor, gastrónomo e historiador, en su ensayo ‘Breviario de la fabada’ confirma que eso no quiere decir que antes de la fecha citada no hubiera ‘fabes’ en Asturias, ni tampoco ‘compangu’, sino que nadie era tan dispendioso como para comérselo todo de un solo golpe. Y así era. Ya Jovellanos en 1811, antes de que apareciera el término ‘fabada’, comentaba que había ‘pucheros de faves’. Y antes, en 1783, otro asturiano, Manuel Rubín de Celis, decía que existían pocas cosas que les gustasen más a los asturianos que ‘las fabiquinas con tocín’. Más tarde, en 1843, se publicaba una queja en la revista ‘La Risa’ porque algunos se habían atrevido a señalar que en Asturias a las habas se les llamaba alubias, a lo que un enojado lector contestaba con una especie de poema reivindicando ‘les fabes’ mientras rogaba a Dios diciendo…: ‘Que nos fartuque de elles, ye nos llene bien lles pances, ye nos dea per sustentu en ñuestres necesidades fabes, tocin ya morciella, morciella, tocin ya fabes’.

La realidad es que ‘les fabes’ llegaron al Nuevo Mundo, al continente americano, tres siglos antes que la fabada se popularizase en Asturias. Hasta entonces predominaba la llamada ‘comida de subsistencia’, la mínima necesaria para vivir, a base de potaje de castañas, patatas, ‘fabes de mayo’ (distintas a las traídas de América) y mucha ‘fariña’ (harina). Es muy posible que la fabada apareciese con la mejora de la situación económica en respuesta a la época anterior de mucha precariedad. Sin embargo, aún hoy se sigue manteniendo la tradición de sus orígenes con una preparación muy simple a base de ‘fabes de la granja’ (que se producen exclusivamente en Asturias) y el ‘compangu’ de chorizo asturiano casero, morcilla asturiana también casera, lacón, tocino y algún otro pequeño ingrediente. ¡Nada más, ni… nada menos! Eso si: ¡todo en su punto! Hay que ser fieles a la tradición, sobre todo si el ‘fruto’ es bueno. ¡Lo mejor! Un plato que no admite ‘innovaciones’, aunque siempre haya quien se quiere hacer ‘notar’. Y es que la receta de la fabada, la más segura, la mejor, es… ¡la de siempre!

La Felguera, pueblo que siempre ha destacado por su apoyo a la fabada, es famosa en todo el Principado de Asturias por sus jornadas gastronómicas. Desde hace muchos años, va por la 38 edición, se viene celebrando el concurso regional que pronto será declarado fiesta de Interés Turístico. En las fotos se pueden ver distintos momentos de la fiesta con el jurado del concurso deliberando, personas observando los platos cocinados, comensales degustando una suculenta fabada en un restaurante de la zona y público en general saboreando la sidra que corre a raudales esos días.

Muchas personas conocen aquello de ‘el yin y el yang’, dos conceptos del taoísmo para referirse a la dualidad, a las dos fuerzas principales, opuestas y complementarias, que suelen encontrarse en todas las cosas. Un principio que sostiene la idea de que cada ser, objeto o pensamiento tiene un complemento del que depende para su existencia y que a su vez se encuentra dentro de si mismo. Es decir, nada hay en estado puro ni en absoluta quietud, sino en una continua transformación. El yin representa el principio femenino, la tierra, la oscuridad, la pasividad y la absorción, mientras el yang es el masculino, el cielo, la luz, la actividad y la penetración. Pues bien, hablando de la fabada hay quien dice que es el ‘yang’ y la sidra, el otro referente asturiano por excelencia, el ‘yin’. La fabada el ‘cuerpo’ y la sidra el ‘alma’… la tierra y el mar, y así en una continua comparación. La fabada es encontrarse con los valores de Asturias, con su idiosincrasia, con ese conjunto de comportamientos y actitudes propios de una persona o grupo humano que les identifica. En una palabra… ¡su esencia! Hablar de la fabada es hablar de Asturias.

Corría el mes de septiembre de 1965 y, como se decía en una crónica del diario ‘La Voz de Asturias’, durante la fiesta y comida popular celebrada en uno de los barrios de Oviedo:
“La musiquilla sonando. Son las dos y media. Hace calor y quizá sea la fabada el plato menos apetecible. Pero es igual. Hoy manda la tradición. Indiscretamente, nos asomamos a la cocina. Late todo a un ritmo trepidante. Afuera, en las mesas, en mangas de camisa, corbata floja, con una botella de vino, enfrente, cientos de personas esperan el momento de sentarse. Una gran hermandad es aquello. Mesas largas, corridas, unos al lado de otros, es la fiesta. Y es la fabada. Dos cosas tan nuestras que no tienen más remedio que hermanar, aunque no se quiera. La cocina está caliente. Hay fuentes enteras de morcillas. Y de chorizo. Y de llacón. Y una gran perola. Enorme. Y llena. Toda llena. Oviedo pasa por allí a comer la fabada. Es obligada. Hay mucha gente. La barra está llena de gente que con unos ‘culinos’ de sidra espera una mesa libre. Es todo así. La musiquilla de las barracas sigue sonando. Las botellas de vino corren. Y no es extraño, porque bajo un sol que ‘pica’ y una buena fabada no hay quien se resista. ¿A como la ración? A cuarenta pesetas, pero mire, mire usted que ración. La miramos y nos vamos, porque nuestra boca no es ya agua, sino fuente entera. Es verdad la frase de un amigo: ‘La fabada, huele que alimenta”.

La fabada es el plato tradicional de la gastronomía asturiana, su comida por excelencia y es verdad que… ¡huele que alimenta! ¡Buen provecho!


Asturias y la sonoridad de su lenguaje. Pequeñas historias (I): “El Carbayón” y “La Escalerona”

agosto 6, 2018

Uso del aumentativo y diminutivo- I
“El Carbayón” de Oviedo y “La Escalerona” de Gijón.

La sonoridad del lenguaje asturiano suele resultar llamativa para las personas que vienen de fuera. Tanto que, además de sentirse atraídas, a veces se ‘atreven’ a pronunciar algunas palabras, incluso expresiones con mayor o menor fortuna, entre sonrisas de los presentes. Con este post iniciamos una serie de curiosas historias sobre algunos apelativos famosos a nivel popular con los que los asturianos se suelen referir a determinados personajes, lugares o cosas.

Comenzaremos por una de las costumbres más arraigadas como es la utilización del aumentativo y diminutivo, que permite a modo de ‘sonora’ conclusión enfatizar sobre el tamaño de las cosas. Es un hecho que el asturiano, lengua romance, tiene una particular capacidad para su uso. Un recurso de significado claro con implicaciones semánticas y no solo sintácticas. Así por ejemplo en Asturias no es lo mismo decir Aurelión, que el gran Aurelio o Aurelio el grande. Ni tampoco casona que casa grande. El sufijo, cuando se añade a un substantivo, es uno de los recursos más empleado en la formación de palabras nuevas; sin embargo, su contigüidad o añadido, como en el caso del asturiano, mantiene inalterable en su esencia al substantivo, al tiempo que lo califica incorporando un ‘matiz’ que en el caso del aumentativo ‘suena’ como algo inaccesible, si bien no expresa un tamaño medible sino que se refiere a cosas en cierto modo poco ‘abarcables’. Es decir, pasa de un sentido físico a otro más atribuible a la ‘imaginación’. En el lenguaje asturiano el añadido al substantivo de las partículas on-ona es la forma habitual del aumentativo, mientras que con in-ina se rige en los mismos términos en el caso del diminutivo.

A continuación iniciamos con dos pequeñas historias un ejemplo de aumentativos y diminutivos muy conocidos entre los asturianos.

1) “El Carbayón” de Oviedo.

Foto de “El Carbayón”de Jean Laurent en el año 1862. Copia en papel a la albúmina. Aún no existía, ni siquiera en proyecto, la calle Uría, ni por supuesto la nueva estación de ferrocarril.

Era uno de lo símbolos de de Oviedo. “Carbayón”, aumentativo de ‘carbayu’ (‘roble’ en asturiano) es el nombre con el que se conocía a un árbol centenario de gran presencia y tamaño situado en la C) Uría, principal arteria comercial del centro de la ciudad, al lado del ‘Campo de San Francisco’, parque muy frecuentado como lugar de recreo por los ovetenses.

Cuando en 1874 se construyó la estación de ferrocarril (‘Estación del Norte’) a poco más de 1 Km. del centro, se proyectó también una calle para unirlos, la C) Uría, una obligada necesidad para conectar a los viajeros y mercancías que llegaban en los trenes procedentes de la Meseta Central. Un proyecto que al pretender, como era lógico, mantener un trazado rectilíneo, bordeando el ‘Campo de San Francisco’ por su parte inferior, dejaba aislado del resto del parque a un roble enorme de más de 500 años, con una base de 12 m. de circunferencia, tronco (eran 2 principales) de 6 m., altura de 30 m. y una circunferencia máxima en su copa de 38 m. A la vista de la situación, en 1879, el Ayuntamiento decide reunirse para decidir que hacer con aquel árbol, que no era otro que “El Carbayón”, pues entorpecía, y mucho, la circulación por la calle. Los concejales se encontraban muy divididos: unos, los llamados ‘progresistas’, favorables a la tala, y los ‘conservadores’, contrarios a ella. Tras encendidas polémicas y dos votaciones nulas, en la tercera la comisión votó a favor de la tala por 14 votos contra 9. Hay que decir que tampoco había mucho acuerdo entre los propios jardineros municipales: mientras el jefe del grupo era favorable a la tala, no así muchos de sus compañeros, que incluso iniciaron una protesta el mes anterior a su derribo definitivo. Una de las razones esgrimidas para la tala fue el avanzado estado de la carcoma en su interior, que más tarde se confirmó y dificultó conocer su edad exacta. A pesar de que el 13 de septiembre de 1879 el jardinero municipal había manifestado la necesidad del derribo de “El Carbayón” (en su informe señalaba que el árbol estaba enfermo), no todos opinan de la misma forma. Es el caso de Carmen Ruiz-Tilve Arias, nombrada cronista oficial de Oviedo en 2002, que escribía: ”Lo real es que ocupaba parte de la acera de Uría y en lugar de modificar unos metros el trazado, ganó la chapuza como siempre”. Lo cierto es que al final, pese a la oposición de gran parte de los ciudadanos y en medio de una gran controversia, “El Carbayón” fue talado el 2 de octubre 1879, tras subasta previa por un importe de 192,50 pesetas (la puja partió de 75), desapareciendo en menos de un mes (la tala duró 4 días) con tantas prisas que impidieron un posible indulto y con sus raíces bien ancladas como correspondía a un árbol de 5 siglos.

Foto de “El Carbayón”, con sus dos troncos principales, y la calle Uría. Copia en papel a la albúmina de Fernando del Fresno. Al fondo se puede ver la estación de ferrocarril (‘Estación del Norte’) y a la izquierda del “Carbayón”, al otro lado de la calle, asoma el extremo inferior del parque del ‘Campo San Francisco’.

Tal era la fama de “El Carbayón” entre los ovetenses que dio nombre al gentilicio “carbayones” con el que se les conoce a nivel popular. Cuenta Carmen Ruiz-Tilve que antes de usarse tal gentilicio se les llamaba (a los hombres) ‘gatos del forno’: “A los paisanos se les llamaba así, las mujeres no teníamos ni nombre”. Tras el incendio que devastó Oviedo en 1521, los hornos de pan (‘fornos’) tuvieron que ser trasladados fuera del recinto de la ciudad e instalados en el camino de San Lázaro, justo en el trayecto que los hombres realizaban después de frecuentar las zonas de alterne: “Venían de los alrededores y muchas veces se encontraban la Puerta Nueva cerrada. Dormían al calor de los hornos, de ahí el apelativo”, explica Ruiz-Tilve. Más tarde, cuando Oviedo empezó a crecer, en el ‘Campo de San Francisco’ había muchos ‘carbayos’, la mayoría muy antiguos. “De ahí viene el gentilicio”, señala. Con el tiempo muchos fueron desapareciendo dejando al final al gran “Carbayón” solo y aislado.

A raíz de la pérdida de uno de los símbolos de la ciudad, se publicó un semanario, más tarde periódico, con el nombre de ‘El Carbayón’ (dejó de editarse el 18 de julio de 1936) que pretendía rememorar al famoso árbol y que en su primera edición le recordaba con estos versos:

Aquí estuvo el Carbayón,
seiscientos años con vida
y cayó sin compasión
bajo el hacha fratricida
de nuestra corporación.
Este pasquín respetad,
si sois buenos ovetenses,
y en su memoria llorad
todos los aquí presentes
por el que honró a la ciudad

Fermín Canella, escritor, catedrático y cronista asturiano entre otros del diario ‘El Carbayón’, tras un vendaval que se llevó por delante a más de 30 de árboles del ‘Campo de San Francisco’ en 1865, describía al popular árbol, insignia de la ciudad, de esta manera: “Cayó el negrillo, pero el Carbayón no caerá tan fácilmente: es el árbol secular y sagrado de la ciudad, testigo de todos los acontecimientos de nuestra historia, que, a más vivir con la savia de esta madre tierra, parece que vive con la savia de recuerdos antiguos y de nuestro cariño. Allí está; al extremo del Campo, tocando el pueblo de quien es patrono”.

En cualquier caso la premura en la ejecución de la tala de “El Carbayón” nunca consiguió ‘talar’ su ‘presencia’ en la ciudad. En 1949 el Ayuntamiento acordó poner una placa conmemorativa en el lugar exacto donde se ubicaba, que aún se puede leer en la C) Uría con la siguiente inscripción: “Aquí estuvo durante siglos el Carbayón, árbol simbólico de la ciudad, derribado el II de octubre de MDCCCLXXIX. La Corporación municipal acordó el XXIV de marzo de MCMXLIX la colocación de esta placa que perpetúe su memoria”. Y al año siguiente, en 1950, se plantó un roble en los jardines del Teatro Campoamor, al que se apodó cariñosamente “El Carbayín”, un ejemplo más de lo aficionados que son los asturianos al uso de aumentativos y diminutivos, en torno al cual se colocó una verja y un  letrero que decía: “Como continuador de aquel árbol simbólico que nos dio el título de carbayones, el Ayuntamiento plantó este roble el día XI de febrero del año de gracia de MCML”. Por desgracia, este roble no hundiría sus raíces tan profundas como el primero. De hecho pocos años después se secó, siendo sustituido en 1970 por otro que contaba con más de 100 años y que ahí sigue en la parte trasera del teatro y da nombre a la plaza que lo acoge.

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2) “La Escalerona” de Gijón.

Aspecto que presentaba “La Escalerona” al poco tiempo de su entrada en funcionamiento. Se puede apreciar la extraordinaria afluencia de bañistas a la playa de San Lorenzo, una de las razones más importantes por las que se decidió su construcción.

La playa de San Lorenzo, situada en pleno centro de Gijón, es una de las más emblemáticas de Asturias. Con forma de concha y una longitud de 1550 metros, se prolonga desde la escalera 0 (“La Cantábrica”), junto a la Iglesia de San Pedro, hasta la escalera 16 (“El Tostaderu”) en la desembocadura del río Piles, así llamada por ser la más expuesta al sol y resguardada al viento. La escalera 4, más conocida como “La Escalerona”, es la más concurrida por sus condiciones para el baño. También la más popular. Su apodo en aumentativo, tan dado a poner por los asturianos cuando algo se quiere resaltar por su presencia, cuenta también con su pequeña historia.

Cuando en 1907 se iniciaba la construcción del paseo que circunda la playa de San Lorenzo, más conocido como “El Muro”, con sus escaleras de acceso a la playa, los gijoneses no eran del todo conscientes que se iniciaba una de las operaciones urbanísticas más importantes de la ciudad, cuya consecuencia sería uno de los sitios más emblemáticos del Gijón contemporáneo, que luego se fue completando en los años siguientes con otras actuaciones entre las que destaca la llevada a cabo en 1933 al decidir Ayuntamiento la sustitución d la escalera 4 construida en 1915 por otra nueva y así solucionar los problemas que presentaba el masivo acceso al arenal. La anterior escalera, además de obsoleta, se había quedado pequeña, provocando en muchos días de verano una excesiva aglomeración de bañistas. Fue de esa manera como se comenzó a gestar “La Escalerona”, punto de encuentro de las muchas personas que se acercan a dar un paseo por la zona. En su diseño, además de moderno y funcional y resolver los problemas suscitados, se buscaba que también ‘resaltara’ el paseo del “Muro”. Pero había un problema importante: eran tiempos de precariedad económica y laboral. Es en ese contexto donde surge la figura del arquitecto municipal, José Avelino Díaz Fernández-Omaña, de su creatividad, quien tras las correspondientes refriegas políticas presenta varios bocetos para la futura “Escalerona”, la ‘escalera de abanico’ que siete meses después se hizo realidad. Eso si, no sin antes solventar algún que otro obstáculo como el desalojo de los bañistas, que si bien lo facilitaba, y mucho, contaba con el inconveniente de que su rampa en ‘abanico’ predisponía la entrada del agua del mar al paseo y el consiguiente perjuicio para los residentes. De ahí que Fernández-Omaña aportase tres tipos de soluciones: una la ya citada y las otros dos que incluían una base central y una meseta superior al nivel de la acera. Los diferentes proyectos fueron expuestos en el Ayuntamiento, que optó al final por una base central completada con una torre para albergar los distintos aparatos de medida: reloj, barómetro y termómetro.

A la derecha vista en planta del proyecto original de “La Escalerona” y a la izquierda foto de Constantino Suárez de agosto de 1933, al mes siguiente de su inauguración (15 de julo), donde se puede ver su frente desde la playa.

Aunque en el Ayuntamiento siguieron las voces discordantes, no por el proyecto en sí, ni por la decisión tomada, sino porque un pequeño grupo de concejales creía que era más urgente construir una nueva Casa de Socorro, la obra salió a concurso público siendo adjudicada en 70.000 pesetas. Ejecutada en un tiempo record, a los pocos días de su inauguración (15 de julio de 1933), y a pesar de que en los registros municipales figure como escalera 4, ya se le empezó a conocer a nivel popular como “La Escalerona’’ por ser ‘muy grande’ (‘grandona’) y maciza. De esa manera culminó la historia de una escalera ‘monumental’ compuesta por tres tramos principales: el primero, inferior o basamento, casi siempre cubierto (en una parte) por la arena de las mareas; el segundo, que corresponde a su desarrollo, interrumpido en su eje central por un cuerpo cilíndrico que hace de mirador; y el tercero, la zona superior, donde se encuentra el esbelto pilar que incorpora la iluminación nocturna, los aparatos de medida y un mástil con la bandera de Gijón y una terraza circular que recuerda a la proa de un barco, conjunto cerrado por una barandilla que hace de excelente ‘observatorio’ para los viandantes. Y aunque ahora se dice que tiene un estilo clásico del siglo XX, en su época “La Escalerona” fue calificada como muy ‘moderna’.

Acceso en el paseo del “Muro” a la playa de San Lorenzo desde la parte superior de “La Escalerona”. También excelente ‘observatorio’ y ‘atalaya’ para los viandantes como se puede comprobar.

En próximos post seguiremos hablando de de aumentativos y diminutivos, cuando menos curiosos, de distintas personas y lugares muy conocidos entre los asturianos como ‘El Escorialín’ de Oviedo, ‘La Santina’ de Covadonga, ‘La Machucona’ y el ‘Pradón’ de La Felguera, ‘La Iglesiona’ de Gijón, ‘Xuanón’ de Cabañaquinta,… resaltando la historia de su nombre popular.


Retazos de Asturias y su cultura (I): el hórreo, la ‘esfoyaza’ y la política sin sentido

abril 30, 2018

El hórreo asturiano está siendo objeto de un ataque frontal a su historia y a sus raíces a causa de una medida polémica que atenta a su idiosincrasia (modo de ser característico de un pueblo, persona o cosa). Todo ello aderezado en medio de una tormenta política que ha llegado hasta el Parlamento nacional con anécdota incluida que retrata la falta de ética, pues uno de sus representantes fue acusado de plagiar informaciones, siendo su única defensa la falta de tiempo a causa de encontrarse sometido a un gran estrés en su trabajo. Concebido hace más de 500 años como un bien mueble, pues se puede desmontar y mover con relativa facilidad, para Hacienda ha pasado a ser un bien inmueble (como lo son las viviendas) al que hasta ahora se le había ‘perdonado’ el IBI.

A la izquierda, partes principales de un hórreo y, a la derecha vista general de una panera.

Pero antes de seguir adelante con esta medida confiscatoria hagamos un poco de historia. El hórreo es una construcción destinada a guardar y conservar los alimentos y mantenerlos en las mejores condiciones para su consumo alejados de la humedad y de los animales (especialmente ratones y otros roedores). Su utilización, sobre todo en las zonas rurales, se explicaba antaño por la pronta llegada de un invierno, largo, frío y húmedo que obligaba a adelantar las cosechas. En la actualidad se pueden ver, aunque cada vez menos, por la zona norte, en especial en Asturias y Galicia, regiones lluviosas por excelencia. El significado más aceptado de la palabra ‘hórreo’ es el de granero para frutos y otro tipo de cereales. Se han encontrado referencias a su origen en graneros elevados y ventilados de los poblados celtíberos, antes de la llegada de los romanos, aunque no existe documentación que permita establecer una relación con el hórreo actual. Marco Terencio Varrón, que en el siglo I a.C. recorrió Hispania con Pompeyo, hablaba de forma ambigua de un tipo de graneros sobre tierra empleados por los galaicos. En la misma época también Marco Vitruvio, arquitecto y tratadista romano, alababa su conveniencia y lo recomendaba para la explotación agrícola. La primera prueba de la existencia de hórreos en España se encuentra en un documento del año 800 relacionado con la fundación del monasterio de Taranco, en el Valle de Mena (Burgos), si bien tampoco existe unanimidad entre los diversos autores sobre si se trata de un hórreo tal y como hoy lo conocemos. No es hasta el siglo XIII cuando se encuentra la primera representación gráfica. Su consolidación se produce en el siglo XVII a partir de los cambios en el cultivo del maíz (‘panoya’), que desplazará al maíz menudo (‘mijo’) como alimento primario de las clases populares, principalmente en Asturias y Galicia, asumiendo entonces los graneros elevados sobre el suelo la función de conservación de un cereal que necesita ventilación y secado para ser apto para la molienda.

Las peculiaridades de la propiedad de la tierra y la dispersión de la población permitieron que el hórreo mantuviera su razón de ser en Asturias. La primera descripción detallada la hizo en 1792 Gaspar Melchor de Jovellanos, asturiano, escritor, jurista y político reconocido, enumerando sus partes con una explicación de como construirlo. Compuesto de un cuerpo cúbico cerrado por tablones verticales y un tejado a cuatro aguas rematado en pico, cubierto normalmente con tejas, su estructura se levanta sobre cuatro o más pilares de piedra (‘pegollos’) con forma de tronco de pirámide de cuatro caras. Entre los ‘pegollos’ y la base se colocan unas losas horizontales más anchas (‘muelas’) para impedir la subida de roedores y protegerlo de la humedad. El acceso al hórreo se hace por medio de una escalera de piedra, separada a cierta altura de la entrada, cuya puerta está orientada al este o al sur para evitar en lo posible las inclemencias del tiempo. En la parte opuesta suele haber otra puerta con el fin de crear una corriente de aire y de esa manera ventilar mejor el interior cuando se considere necesario. En el hueco que queda bajo la estructura, abierto, protegido de la lluvia, se suelen colocar el carro, arados, rastrillos, leña y otros utensilios. El hórreo fue, ahora ya no tanto, de enorme utilidad en aquellas zonas rurales que no disponían de medios avanzados para la conservación de algunos alimentos caseros necesarios a lo largo del año (‘matanzas’, quesos, granos, harinas,…). Su proliferación ha ido disminuyendo a medida que las nuevas técnicas de conservación fueron apareciendo. Una de sus características, muy importante para sustentar determinadas tesis de este post, es que se puede trasladar de un lugar a otro con relativa facilidad, dado que se puede desmontar pues las piezas de madera se ensamblan sín utilizar ningún tipo de clavo o tornillo.

Imagen típica de una panera, uno de los tipos de hórreo, en la que se pueden contemplar sus partes más importantes, con las riestras de maíz colgadas y secando al aire y diversos utensilios bajo su estructura.

En Asturias predominan dos tipos de hórreo. El ‘clásico‘, el más extendido, de planta cuadrada, sostenido sobre cuatro pilares o ‘pegollos. En principio era exclusivo de las clases más acomodadas, para extenderse a partir de la época renacentista con el incremento de producción de la tierra. El otro tipo es la ‘panera’. Se empezó a utilizar en la segunda mitad del siglo XVI como consecuencia del fuerte aumento de la producción de maíz y, más tarde, en el siglo XVIII, de la patata. Ambas plantas, traídas de América, se adaptaron muy bien al clima atlántico, obligando para su almacenaje a una mayor necesidad de espacio bien dentro o colgando las riestras de maíz en las paredes o en el corredor exterior. En realidad, la panera es una evolución del hórreo con una superficie en planta rectangular en lugar de cuadrada, apoyada sobre seis ‘pegollos’ en lugar de cuatro y la cubierta rematada con una viga cumbrera y dos picos, manteniendo el tejado a cuatro aguas. Hay una tercera variante en la zona oeste asturiana, el cabazo, menos frecuente, de planta rectangular más estrecha, y más parecido al hórreo gallego.

Según la zona en que se encuentren, existen tres estilos de hórreos asturianos:
a) Estilo Villaviciosa.- Es el más antiguo. Se remonta a la Edad Media, siglos XV y XVI, con pinturas y tallas en las vigas y tablas en las paredes. Están concentrados en la zona de Villaviciosa, Piloña y Cabranes, aunque también hay alguno disperso por otros concejos del centro y este de Asturias.
b) Estilo Carreño.- Empezó a proliferar a partir del siglo XVIII, con la construcción de las grandes paneras en la zona costera del centro de Asturias, llegando hasta mediados del siglo XX. Su fachada está cubierta por tallas de florones, jarros y otras formas geométricas pintadas en llamativos colores.
c) Estilo Allande.- De la misma época que el estilo ‘Carreño’. Se puede ver en la zona de Allande y en general en todo el occidente de Asturias, Su decoración está basada en grandes discos tallados en las paredes.

La aparición del corredor exterior alrededor de la estructura del hórreo, con las típicas riestras de ‘panoyas’ (mazorcas) de maíz, cambia por completo su decoración, pues el adorno pasa a centrarse en el conjunto con las barandillas de columnas y balaustres torneados. Una decoración que nos da pie para hablar de la ‘esfoyaza’, una de las tradiciones más arraigadas durante siglos en la Asturias rural cuando el maíz era un sustento importante para las familias y, en menor medida, de los animales. Un trabajo que se hacía en comunidad por los vecinos en las distintas casas del pueblo. Todos participaban, pues no solo era trabajo, también era un lugar de encuentro, incluso de festejos, que finalizaba con un ‘convite’ con el que los dueños de la casa invitaban a los que les ayudaban degustando sabrosas tortillas y otros ‘menesteres, sin que faltase nunca la sidra.

Estampa de la ‘esfoyaza’ y una recreación actual.

Durante la ‘esfoyaza’ los vecinos se sentaban alrededor de los grandes montones de maíz recogidos y se ponían a la tarea de ‘esfoyar panoyas’ (deshojar mazorcas), quitándoles casi todas las hojas excepto dos o tres (las más fuertes) que dejaban para facilitar la labor de hacer las ‘riestras’ de maíz y llevarlas luego al hórreo o hasta en la propia casa. Otra utilidad de la ‘esfoyaza’ es que una vez concluida se recogían las mejores hojas para usar como relleno de los jergones, que era sustituido todos los años. Las ‘riestras’ permanecían colgadas en los corredores del hórreo o panera hasta que estuvieran totalmente secas para poder deshacer las ‘panoyas’, separando el grano del ‘tarucu’ (cuerpo de la ‘panoya’) que iba cayendo a unos sacos que luego se llevaba a moler. Algunas familias tenían sus propios molinos, pero el resto lo hacían en los molinos del pueblo, normalmente comunitarios. Como ya hemos dicho, en la ‘esfoyaza’ había momentos para todo, era un espacio de trabajo, pero también de diversión, incluso hasta de cortejo, también de baile, donde se contaban leyendas, chismes y cuentos y se cantaban canciones populares.

Gaspar Melchor de Jovellanos, al que ya hemos mencionado, haciendo referencia a la ‘esfoyaza’ contaba en uno de sus diarios:
“…Síguese a ésto, la operación de la esfoyaza, que se hace por turnos en las casas de los labradores, concurriendo los mozos de la redonda a ella: las mujeres desenvuelven las hojas, descubriendo el grano de la mazorca, separando las inútiles y dejando tres o cuatro, y los hombres tejen estas hojas unas a otras formando riestras (ristras) de cuatro o cinco varas de largo, a las que llaman piñones cuando son más cortas. Esta operación es de mucha alegría; se canta mucho; se tiran unos a otros las panoyas; se retoza y se merienda tortillas de sardinas o jamón con boroña, precisamente caliente, queso y peras o manzanas cocidas con la misma boroña. En otras partes, en lugar de merienda, se da a cada uno un panecillo como de media libra, y en otras garulla, esto es corbates y peras manzanas crudas. Esta esfoyaza es siempre de noche, y acaba a la una o las dos. Entonces los galanes acompañan a las mozas hasta sus casas, que suelen ser distantes, y al amanecer están en el trabajo”.

Sin  embargo, un reciente ‘disparate‘ está a punto de acabar con el hórreo: la última revisión catastral de Hacienda ha abierto la puerta a los ayuntamientos asturianos para cobrar el impuesto de bienes inmuebles (IBI). Una medida que podría ser el final a una tradición de más de 500 años. De hecho, algunos la han querido aplicar de de inmediato. ¡Todo sea por la recaudación! Xuan Ignaciu Llope, etnógrafo y escritor, señala: “Es la típica medida hecha desde la ignorancia y la desinformación. Los ayuntamientos buscan sacar dinero de donde sea… sin medir las consecuencias. Es la sentencia de muerte a cientos de hórreos. El hórreo es hoy día un trasto inútil para los paisanos: les estorba en la ‘corrada’ (corral), les estorba en el centro del pueblo, no tiene ninguna funcionalidad salvo como almacén de trastos, y ni eso. Si encima empezamos a cobrarles, pues pasa lo que pasa: que los hórreos se derrumban misteriosamente por las noches, como ocurre donde yo vivo (Tineo), que ya se han caído unos cuantos. ¡Qué mala suerte! Un paisano del medio rural que cobra 600 euros de pensión y paga 200 de IBI por su casa, que aquí las casas son enormes, ¿crees que va a pagar encima 70 u 80 euros de IBI por su hórreo? ¿Cuánto tiempo va a tardar ese hórreo en desaparecer? Van a caer por cientos”. Y añade: “Digan lo que digan, el hórreo es un bien mueble, igual que una silla, porque se puede trasladar. Según el derecho consuetudinario asturiano, no es necesario que el propietario del suelo y el propietario del hórreo sean la misma persona. Los hórreos se pueden desmontar, trasladar y volver a montar, algo que tiene que ver con su uso tradicional como graneros”.

Pintura al óleo del autor de este artículo. Paisaje típico de una zona rural asturiana en el que se puede ver un hórreo ‘clásico’.

Y es que al hórreo asturiano se le marginó y olvidó durante mucho tiempo. Solo comenzó a tomar de nuevo protagonismo con su revalorización popular y cultural. Como integrante del patrimonio etnográfico, actualmente dispone de un régimen específico de protección recogido por ley del Principado de Asturias. Además, desde 1863 la jurisprudencia le había catalogado como un bien mueble, sin embargo la última revisión del Catastro le considera un bien inmueble y por tanto sujeto al pago de impuestos. ¡Toda una contradicción!  Por una parte se imponen medidas para conservar el patrimonio y por otra se potencia dejar ‘caer’ los hórreos para evitar el pago del IBI. Como bien señala la abogada Yolanda González Huergo: “Los dueños suelen ser gente mayor, jubilados, que ya no viven del campo. Muchos optan por dejar caer los hórreos dada la gran cantidad de trámites para su conservación y traslado. No permiten nuevos usos, solo puedes almacenar una cosecha que ya no tienes, y para colmo ahora tienes que pagar el IBI. No puede ser que el hórreo sea una carga imposible de llevar”.

El hórreo es un bien cultural que identifica al paisaje asturiano. Aunque algunos han denunciado la situación actual con más o menos fortuna, a ningún partido político le interesa que se le asocie con una medida tan poco popular. La mayoría piensa que es un ataque a la tradición. De ahí que se muestren de acuerdo en que hay que frenar el IBI. A pesar de que haya ayuntamientos que lo hayan empezado a cobrar (por cierto, gobernados por esos mismos partidos), se están empezando a tomar medidas que eximen su pago no solo a aquellos hórreos con más de cien años de antigüedad (ya lo tenían por ley), sino que muchos concejos están aplicando bonificaciones para aminorar el impacto del impuesto (por ejemplo en Oviedo se puede optar hasta un 90 %). Ahora bien, aunque la medida fiscal entraría en vigor a todos los efectos a partir del año 2018, no todos los ayuntamientos tienen clara su posición: los hay partidarios de cobrar el IBI, aunque son las excepciones. Todo un sin sentido.

Por suerte parece que se atisba una vía de solución después de que el pasado mes de junio la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados haya aprobado una proposición no de ley para eximir del pago del IBI a los hórreos, paneras y cabazos de Asturias y Galicia. Una medida de choque que evitaría la continua degradación de este patrimonio histórico que siempre ha sido un bien mueble, aunque ahora la ley los considere un bien inmueble por otro tipo de conveniencias. Una afirmación de simple sentido común (se pueden transportar) a la que no es de recibo se opongan ‘complejas’ razones jurídicas que solo enmascaran un afán recaudatorio. El cobro del IBI es un auténtico disparate, que solo puede llevar a la desaparición del hórreo. Un signo de identidad de Asturias y una tradición popular.


La Felguera, la Asociación La Salle y el futbol sala

junio 12, 2015

En los años 60 en La Felguera no existía el futbol sala,… ni se le esperaba. Tampoco en el resto de España. A nivel federado ni se le había oído nombrar. A lo sumo se jugaba un sucedáneo en los patios de los colegios en un “todos contra todos”. Solo el futbol reinaba en su esplendor.

Conocido en sus inicios como futbito, se cree que tuvo su origen en los años 30 del siglo pasado en Uruguay tras ganar su selección el campeonato del mundo de futbol. Se desencadenó tal fervor en el país, que los niños, sin apenas campos en los que jugar, ocupaban las calles y plazas para dar rienda suelta a su pasión. En 1952 Brasil elaboró el primer reglamento y en 1971 se creó la primera Federación Internacional. En España, que no se llegó a integrar en la misma, el futbol sala se empezó a practicar a principios de esa década, aunque solo por diversión. Y así siguió hasta 1979 cuando se celebró el primer campeonato de clubs gracias al impulso de dos periodistas deportivos de renombre: José María García y Juan Manuel Gozalo, que además lo practicaban en sus equipos Interviú- Hora 25 (primer campeón) y Unión Sport.  Compuestos en su mayor parte por jugadores brasileños y famosos futbolistas retirados como Amancio y Peinado (R. Madrid) o Adelardo y Ufarte (At. Madrid), su sola presencia contribuyó en gran medida al rápido crecimiento y auge de este deporte. Es en 1989 cuando la FIFA, que había puesto fuertes trabas a su expansión y reconocimiento, viendo que su ascenso era imparable decide dar un paso adelante y hacerse con su control.

Colegio La Salle 03Edificio del antiguo colegio La Salle. En primer término, puerta de entrada a la Asociación de Antiguos Alumnos (AA).

Pues bien, en los años 60, mucho antes de que el futbol sala fuese reconocido en nuestro país, en La Felguera, un pueblo asturiano de la cuenca minera, al igual que en el Uruguay de sus inicios, había un lugar donde también se practicaba de manera muy “sui géneris”; sin muchas reglas (si acaso el número de jugadores, 5 o 6 por equipo), un pequeño y pesado balón (fue evolucionando en el tiempo), un árbitro (tan solo a veces, las menos), un par de porterías (similares al balonmano, con su marco adherido a la pared), y… muy poco más. Casi todas las tardes de verano un grupo de entusiastas acudía al patio del antiguo colegio La Salle situado en pleno centro a practicar su deporte favorito en un terreno de juego ‘singular’: ¡basta con ver el dibujo, pues no tiene desperdicio! De forma irregular; esquinas, paredes, frontón, y otros accesorios “ad hoc”, formaban un conjunto solo apto para los virtuosos del balón. Si a eso le añadimos unas escaleras de entrada a las aulas que hacían de gradas improvisadas siempre abarrotadas, daban a aquel conglomerado un aire entre especial y expectante.

Miembros de la Asociación de Antiguos Alumnos (AA) del colegio y otros que no lo eran competían a diario en unas muy cualificadas “partidas”, porque aunque suene raro a cada equipo así se le denominaba: “partida”. Sus integrantes eran elegidos de manera popular tras toda una parafernalia repetida tarde a tarde. Al inicio se decidía un “líder” para cada uno de los equipos (bastantes a tenor de los jugadores presentes), y a continuación los ‘elegidos’ lanzaban una moneda hasta una raya trazada a cierta distancia (era normal en los primeros años usar una de 10 céntimos de peseta, en Asturias conocida como “perrona”). Aquel que quedaba más cerca tenía la opción de escoger en primer lugar al jugador que consideraba más destacado. Y así se seguía hasta completar todos los equipos por el orden resultante. El juego se iniciaba por los dos equipos seleccionados también por sorteo y cada vez que se marcaba un gol el perdedor tenía que abandonar la cancha para ceder su sitio al siguiente. Una fórmula original, equilibrada, para unos conjuntos integrados por jóvenes y veteranos ilusionados por practicar el deporte del balón hasta el anochecer en aquellos veranos de los 60. ¡Puro espectáculo!

Sin título-3Dibujo del patio del antiguo colegio La Salle, ‘singular’ terreno de juego donde se celebraban las famosas ‘partidas’, embrión de lo que años más tarde fue el futbol sala.

Si algo caracteriza al futbol sala es la habilidad y el dominio del balón; también los gestos técnicos y la velocidad y precisión en la ejecución. Un deporte en el que no hay tiempo para aburrirse; un juego atractivo con muchos goles donde el ritmo nunca decae; y siempre con la diversión asegurada para el público y el disfrute del jugador al máximo: ¡a menudo más que en el propio fútbol! Todo esto ocurría en el patio del colegio La Salle, incluso aumentado pues se precisaba además de otro “arte”. ¡Y no es exageración! Bastaba observar las ‘carambolas’, paredes, y otras filigranas, ejecutadas en aquel campo para entenderlo. Con otro añadido más: siempre procurando evitar, ¡eso si que era habilidad!, una posible rotura de cristales en las ventanas del edificio ocupado por los Hermanos Lasalianos, blanco de los disparos en una de las porterías que, aunque con una malla protectora metálica, no siempre iban bien dirigidos. Había veces que fallaba la puntería y algún balón, pocos, se escapaba hacia lo alto en la dirección no correcta. Ahora bien la calidad del juego merecía la pena correr algunos riesgos, que a decir vredad siempre fueron bien aceptados.

Por aquel recordado escenario pasaron muchos y muy buenos jugadores; bastantes lograron un merecido reconocimiento en el futbol regional y nacional. Realizar una lista pormenorizada no tendría sentido, ni tampoco el objetivo, pero si dar unas pinceladas de los que por su calidad, profesionales o no, destacaron por su técnica e ingenio en un ¡patio! donde paredes, frontón, la capilla, amén de las escaleras, y a veces hasta el tejado, jugaban,… ¡y de que manera!.  No había límites establecidos: ¡Todo valía, con tal de arrancar el aplauso! ¡No digamos nada del rebote: diversión y máximo virtuosismo!

Fiestas de Lada 1964. TininAño 1964. Equipo formado para festejar uno de los actos de las fiestas de Lada, pueblo cercano a La Felguera. Integrado por bastantes profesionales del futbol, también se encuentran algunos de los jugadores más destacados del ‘embrión’ de futbol sala que se practicaba en el patio del colegio La Salle. Entre otros, Valentín Piquero, Lolo del Bosque, Miro y alguno más.

Vaya por delante un merecido reconocimiento para aquellos que en los comienzos, siempre difíciles en cualquier actividad, impulsaron con entusiasmo aquel peculiar deporte que más tarde se llamó futbito y hoy se conoce como futbol sala. Todos asiduos practicantes en las tardes de verano de los 60 donde los más veteranos, algunos muy curtidos en las ligas regionales de futbol, con su astucia, codos, y también calidad, trataban de hacer frente a una juventud pujante que a nada se descuidasen les sacaban los colores. Entre los primeros, y como en Asturias se es muy dado al apelativo, queremos recordar a Luis “El Roxiu” y Mario Canga “Cangona”, sino por su juego si por su empeño, Jorge “El de la Madreñona”, buena técnica y un adelantado en su tiempo en jugar al primer toque, Santirso, un defensa “purasangre”, Avelino “El Toriau”, que no le iba a la zaga, Joaquín “El Indio”, fino estilista, un artista pisando la pelota con ambas piernas, capaz de driblar sin moverse en un palmo de terreno, Cholo “El Piringüelu””, ex jugador del Círculo Popular y luego reconocido cantante de “Los Juvachos”, Miro, veloz extremo, y de manera especial a Valentín Piquero, ex jugador del Círculo Popular, y Lolo del Bosque, ambos sentaron cátedra como grandes conocedores del patio y sus trucos. Sin olvidar a los porteros, puesto clave; de sus cualidades aunque el juego no fuese satisfactorio dependía muchas veces que un equipo permaneciese mayor tiempo imbatido en la cancha. De ahí que una buena elección ocupase lugar preferente en el sorteo de las “partidas”. Por citar solo a algunos de los grandes cancerberos, recordar en los inicios a Egocheaga “Ego”, y más tarde a Iglesias Luelmo, hoy reconocido escultor. Ambos marcaron tendencia con sus diferentes estilos, en un caso la practicidad y en el otro la agilidad y reflejos. Más o menos como ahora, pues para gustos… están los colores.

Ahora bien, el núcleo principal estaba formado por jugadores en edad juvenil y veinteañeros, muchos de gran calidad; incluso algunos participaban al tiempo en las competiciones oficiales de futbol. Resultaba curioso ver como componentes de equipos juveniles de la comarca, como Cruz Blanca (campeón de Asturias 1963) y Alcázar, aún a costa de sufrir inoportunos “chivatazos” (tenían prohibida su práctica por el riesgo de lesiones), les era muy difícil resistir la tentación de competir en aquel apasionado ambiente. ¡Era una forma también de demostrar sus cualidades! Aunque no todos lo conseguían: la calidad individual y el dominio del esférico, tan importantes en el futbol-sala, no son fáciles, ni siempre se presuponen. Destacados jugadores del futbol nacional de alto nivel años más tarde hicieron allí alguna vez sus pinitos, como Junquera “Pinón”, portero del Real Madrid, ganador del Trofeo Zamora , Severino, en el mismo club, Falito, en el Granada, Dolfi, en el Celta de Vigo, y varios más de una amplia lista.

Cruz Blanca 1963. Del HoyoCruz Blanca, campeón juvenil de Asturias año 1963, en cuyas filas formó Junquera (primero a la izquierda), más tarde portero del Real Madrid, y otros jugadores destacados a nivel nacional, como Lavandera en el Celta de Vigo y Sporting de Gijón.

En algunas facetas del juego de aquel singular futbito había apreciados “especialistas” capaces de de desequilibrar la balanza de un partido. Sabido es que acciones inesperadas, difíciles de ejecución, pueden desembocar en gol a pesar de que el contrario esté dominando el juego. Sucedía con el rebote entre paredes, pero también con los poseedores de un gran disparo, aunque ésta fuese su única cualidad (la voluntad siempre se presupone). Fue el caso de Juan “Raco”, quien pese a sus gafas de muchas dioptrías tenía una zurda impresionante; en un quítame allá esas pajas era capaz de mandar al otro equipo a tomar las Villadiego. También el de Jorge “Reija”, personaje singular, quien, con la misma pierna que Raco, ‘pegaba’ unos zapatazos de aquí te espero; no siempre bien dirigidos, pues alguno se ‘escapaba’, incluso a la espinilla de enfrente. Ocurría algo similar con los jugadores técnicos y habilidosos capaces de arrancar en su portería y llegar hasta la contraria sorteando uno a uno a sus rivales. Como Javier Granda, al que era muy difícil quitarle el balón de los pies; también Manolo Palacios, buen jugador y dominador de la técnica; o muchos de los componentes del equipo juvenil Cruz Blanca como Jamart, Frani, Tinín, Fonso, Honorino o Fueyo.

Escuela de Maestría 1966. SenénEquipo de la Escuela de Maestría Industrial de La Felguera, campeón de los Juegos Laborales Nacionales de 1966, del que formaban parte destacados jugadores años más tarde como Falito (Granada), Nieves (Zaragoza), Dolfi (Celta de Vigo), y otros pertenecientes al equipo juvenil Cruz Blanca como Jamart, Fonso, Tinín, Fueyo,… muchos de ellos asiduos participantes en los partidos veraniegos de futbol sala en el patio del colegio La Salle.

Seguro que quien lea este artículo tendrá suficientes razones para pensar que faltan otros grandes jugadores, incluso mejores que los citados, pero la memoria es selectiva y los recuerdos también. De ahí el intento de reflejar solo ciertos hechos destacables sin otro ánimo que ensalzar un deporte en ciernes como el futbol sala que ya despuntaba en La Felguera en la década de los 60. Bastantes años antes de lograr el reconocimiento popular. Años espléndidos los de aquellas tardes de verano en que el patio del antiguo colegio La Salle, ¡el ‘patio’ por excelencia!, se convertía en centro neurálgico del balón, dominio de la técnica, habilidad en el rebote, donde se jugaba sin límites como si las paredes no existieran. Años de adolescencia y juventud y también de recuerdos.


“Asturias, patria querida”, La Felguera y Rimsky-Korsakov

enero 9, 2015

Alguien se preguntará por la relación entre el gran compositor Rimsky-Korsakov, La Felguera y el himno de Asturias. La verdad es que en su conjunto: no mucha, sin embargo analizada la frase con detalle tienen un nexo común: la música. Hasta no hace tanto tiempo, el origen de “Asturias, patria querida” se acercaba a la leyenda; algo que aún persiste entre Rimsky-Korsakov, Asturias y su himno a La Felguera, un pueblo de la cuenca minera. Pero vayamos por partes.

“Asturias patria querida”, himno del Principado desde el año 1984, es una canción que siempre se entona con gran emoción por todos los asturianos. Y si es a pie de calle, rodeado de amigos, y acompañado de unas botellas de sidra… mucho mejor. Porque escuchar el himno de Asturias “presta” mucho, pero cantarlo es todo un sentimiento. Canción muy arraigada, popular, festiva, y al tiempo solemne, su origen según las investigaciones realizadas por el folklorista Fernando de la Puente Hevia se encuentra en Cuba. Algo que aún hoy muchos desconocen. Fue Ignacio Piñeiro, músico cubano, quien la compuso en homenaje a su padre, Marcelino Rodríguez, natural de Grado, un emigrante asturiano que había decidido marcharse a su tierra para morir y que desde muy temprana edad le había inculcado a su hijo el amor por la patria de sus amores cantándole esa tonada. El apellido Piñeiro tan solo lo había adoptado Ignacio para su carrera musical como fundador, director y destacado contrabajista de la famosa orquesta “Septeto Nacional” de La Habana. Aunque en realidad, y ahora lo explicaremos, si bien “Asturias, patria querida” es el fruto de un canto nacido de la emigración, los orígenes de su música y su letra son distintos.

Septeto Nacional 01
Conjunto del “Septeto Nacional”, fundado por Ignacio Piñeiro, en el pabellón de Cuba de la Feria de Sevilla, año 1929. Fuente: Cubarte.

Como ya hemos dicho la letra expresa el canto de un hijo al padre que se ha marchado, que ha abandonado Cuba, para regresar a su querida tierra asturiana. Ignacio Piñeiro, también cantante de boleros y pionero de la rumba, empezó a tocarla en las fiestas de la colonia asturiana en La Habana al compás del son cubano, un ritmo que su “Septeto Nacional” popularizó y puso de moda. Más tarde, en 1929, a los pocos años de irse su padre, inicia una gira por España con su grupo con una sola condición: poder encontrarse en Asturias con su progenitor, y así se lo hace firmar a la compañía que le trae. Un deseo que no puede ver cumplido porque al llegar a la zona de Grado se encuentra conque éste había fallecido. Aparte de Asturias, durante su periplo musical recorre diversas ciudades españolas, actuando en la Feria de Sevilla, luego se marcha a Galicia y pasa finalmente por Santander donde decide entonar “Asturias patria querida” con una nueva letra en la que habla de la mujer asturiana y la tierra que acaba de conocer. No es hasta 1930 cuando Piñeiro deja registrada su canción de forma oficial.

Esta es la historia de su letra, pero falta la de su música que en un principio se creía procedía de un son cubano. Es Fernando de la Puente Hevia quien cuenta como pudo “deshacer el entuerto” tras una investigación en Cuba: ”Cuando volvimos a Asturias teníamos la confirmación del origen de la letra pero nos faltaba rastrear la melodía, ya que en principio ‘Asturias, patria querida’ era un son cubano. De forma circunstancial me llega la información de que músicos polacos residentes en Asturias señalan que la melodía de nuestro himno se cantaba mucho en Polonia”. Y hasta tierras polacas se fue Hevia, pues sabía que entre Asturias y Polonia siempre ha habido muchos intercambios. En especial cuando mineros polacos se asentaron en tierras asturianas en el siglo XIX, para más tarde retornar a su país a la zona de Silesia. Es en esta región donde por fin Hevia pudo hallar la base musical de “Asturias patria querida” en un tema cuya letra era una mezcla de la canción de Piñeiro y otra entonada en Asturias durante la revolución de 1934.


“Asturias patria querida” interpretada por la Coral Cima de Parres de Arriondas.

Se puede decir que el himno de Asturias es hijo de la emigración. Por una parte de los polacos que vinieron a Asturias y por otra de los asturianos que se fueron a Cuba. La hipótesis más verosímil es que mineros polacos llegados a Asturias con su cultura y su música se encontraron con una letra de “Asturias, patria querida” procedente de un son cubano, un ritmo nuevo que en aquel tiempo todavía no “llegaba” a la gente. De ahí que lo más normal, sigue contando Puente Hevia, y esta es su hipótesis, fuese que: “los mineros polacos asentados en la cuenca minera asturiana trajesen la melodía, que luego juntan con la letra que antes había llegado de Cuba”. Para contrastar que estaba en lo cierto no dudó en marcharse a Polonia y allí intentar confirmar que la melodía estaba documentada antes de 1920. Algo que al final consigue. El director de la Academia de Música de Cracovia, Mieczylaw Szlezer, le ratifica que se trata de una melodía tradicional de Opole, capital histórica de la Alta Silesia, de mediados del siglo XIX. Luego, la casualidad le proporciona la confirmación definitiva. Se la dan unos músicos callejeros, bastante mayores, a los que en uno de sus paseos encuentra tocando un estribillo muy parecido a “Asturias, patria querida”. Son ellos quienes le aseguran que esa música la habían aprendido de su madre y que más tarde corrobora con expertos musicólogos con los que estaba citado.

Sin título-2En cuanto a la letra, “Asturias patria querida” ha sufrido algunos cambios a lo largo del tiempo. Es posible que el padre de Ignacio Piñeiro, asturiano, que ya la conocía de su tierra, se la tararease a su hijo en Cuba, quien luego la adaptó a ritmo del son. Esa primera versión no grabada por Piñeiro, solo la llegó a cantar, parece que puede ser la génesis de la letra del actual himno asturiano. Según Fernando de la Puente, éste al conocer en Asturias que su padre había muerto, después de actuar en Oviedo, Cangas de Narcea y Grado, decidió grabar una segunda versión a su paso por Madrid, también en clave de son, pero con un ritmo distinto a la melodía original y una letra que solo coincide en una frase: “Asturias patria querida”. Se trata sobre todo de un canto de tristeza, que quedará registrado en la Habana en 1930, al año siguiente de regresar de su gira por España. Sin embargo, la canción original volverá de nuevo a Asturias gracias a los emigrantes.

Más tarde, en 1934, se pudo escuchar otro texto distinto durante la Revolución de Octubre. Los milicianos la entonaban con un estribillo que decía “Asturias, tierra bravía; Asturias, de luchadores; no hay otra como Asturias, para las revoluciones”, convirtiéndose así en un himno con dos mensajes: “Asturias, patria querida” y “Asturias, tierra bravía”, que comparten protagonismo durante un tiempo hasta que años después retorna de nuevo a su origen. En la década de los años 50 ya se canta en toda en la región como algo propio, y en 1958 Dionisio de la Huerta, alma mater de la conocida prueba deportiva “Descenso del Sella”, animará a todos los participantes y seguidores a entonar momentos antes de la salida “Asturias, patria querida”, quedando institucionalizado desde entonces como himno de la “Fiesta de la Piraguas”. Una popularidad que se consolidará aún más cuando el 27 de abril de 1984 es designada como himno oficial del Principado de Asturias.

Algo similar ha sucedido, con distinto desenlace a día de hoy, con el genial músico Rimsky-Korsakov (1844-1908) y su himno a La Felguera. En este caso se acerca más a una leyenda, pues está solo documentado de forma colateral. Gran compositor y director de orquesta, miembro del grupo de compositores rusos conocido como “Los Cinco”, está considerado un maestro de la orquestación. Entre sus obras más conocidas figura el “Capricho español” basado en melodías de nuestro país. El propio Rimsky-Korsakov lo reflejaba así en su autobiografía “Crónicas de mi vida musical”: “Los temas españoles, más que nada de carácter danzante, me proporcionaron ricos materiales para conseguir algunos efectos orquestales“. Una música que descubrió, en parte, en sus viajes por el mundo como oficial de la marina rusa, con la que hizo al menos una parada técnica en las costas asturianas de la que existe constancia escrita. El “Capricho español” consta de cinco movimientos, de los que cuatro están basados en melodías asturianas. El primero y el tercero recogen una alborada para gaita, que expresa el optimismo de la salida del sol tras la noche de bodas, y en el segundo es bien reconocible la “Danza Prima” que se canta en Asturias alrededor de la hoguera de San Juan. Pero sobre todos sobresale el “Fandango asturiano”, un baile vivo también para gaita con el que concluye la obra.

Rimsky-Korsakov. Retrato de Valentín Seróv, 1898. 01Rimsky-Korsakov, músico ruso autor del “Capricho español”. Retrato de Valentín Seróv, 1898.

En el libro “Aires da Terra. La poesía musical de Galicia”, José Luis Calle dice lo siguiente:
“Según el P. Luis Mª Fernández Espinosa, no sólo Felipe Pedrell le pidió temas para su colección, sino que Rimsky-Korsakov compuso su ‘Capricho Español’ con melodías cedidas a tal efecto por Perfecto Feijoo, siendo intermediario Ramón de Arana. A decir verdad, Korsakov nunca desveló el origen de los temas de su ‘Capricho’, limitándose a afirmar que eran materiales del auténtico folklore español. En realidad están extraídos del cancionero de José Inzenga. La ‘Alborada’ (primera y tercera parte de la obra) y las ‘Variazioni’ (segunda parte) se corresponden con una alborada asturiana para gaita y con una danza prima del mismo origen. La ‘Scena e canto gitano’ (cuarta parte) es una canción en 6/8 tomada de la sección dedicada a Andalucía en el mismo cancionero. Finalmente, el ‘Fandango Asturiano’ procede de una pieza para gaita que también se encuentra en la colección de Inzenga. Estos datos se hicieron públicos por primera vez en el ámbito de la música culta gracias al artículo publicado por la investigadora E. Gordeieva en el número de junio de 1958 de la revista Sovietskaia Muzika”.

Es casi seguro que las partituras originales del “Capricho Español” salieron del cancionero armonizado “Ecos de España” del músico madrileño José Inzenga. Sin embargo, en Asturias circuló la teoría de que las melodías asturianas del “Capricho” podrían venir de una relación epistolar con el también compositor asturiano Anselmo González del Valle; aunque, que se sepa, no ha quedado nada escrito. Del Valle era un gran coleccionista de partituras de todos los géneros de finales del siglo XIX y primeros del XX y su biblioteca musical estaba considerada una de las más importantes de España. De su posible relación con Korsakov recoge algo el diario “El Carbayón” de 20 febrero de 1895, cuando comentando la interpretación de la Sociedad de Conciertos de Madrid del “Capricho español” afirmaba que la partitura de esta obra fue donada por González del Valle a la citada Sociedad. De ahí que se pueda llegar a entender que una obra de esa esencia sea proclive a crear todo un mito a su alrededor. La pura realidad es que la mejor pieza orquestal de música asturiana, o al menos la más conocida, fue compuesta por Rimsky-Korsakov. Se habla incluso de una supuesta estancia suya en Asturias. Una leyenda que llega hasta pueblo de La Felguera, en el concejo de Langreo, donde cuentan que recaló para alejarse del mundanal ruido acompañando a Pedro Duro, fundador de Duro Felguera, una de las empresas siderometalúrgicas más importantes de España. Parece que dos circunstancias podrían sustentar esta afirmación: un himno dedicado a La Felguera y una casa conocida como el “Palacio de Villa”, en la localidad de Riaño, cerca de La Felguera, al pie del monte “Picu Villa”, un paraje muy hermoso entonces, posible testimonio de lo que fuera una pequeña estancia temporal y que aún hoy algunos siguen llamando “La casa de Rimsky”.

Palacio de Villa 01Palacio de Villa en Riaño, perteneciente a Francisco Bernaldo de Quirós, marqués de Camposagrado, donde cuentan que descansó durante una temporada el conocido músico ruso Rimsky-Korsakov. Al fondo se puede ver el hermoso paraje del “Picu Villa”.

Ha quedado claro que Ignacio Piñeiro, músico cubano, es el autor reconocido de “Asturias, patria querida”, una canción de letra sencilla, popular, que identifica a los asturianos y enciende sus sentimientos. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de Rimsky-Korsakov y su himno a La Felguera. Sea o no una leyenda, pues no ha quedado constancia escrita, el gran compositor ruso siempre estará ligado a Asturias por su música. Tal y como expresa un dicho: “En Asturias se entra siempre deprisa para estar el mayor tiempo posible y se sale con dificultad por su hechizo”.